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Miriam Duch
Ilustración: Ernesto Medina
La Jornada Maya

Viernes 7 de octubre, 2016

“Todo era vasto en casa de los Ramos. Incluso en esos tiempos de escasez, su madre se organizaba para hacer comidas de siete platos y cenas de cinco, cuando menos. Esa noche había una sopa de hongos, torta de masa, rajas con jitomate y frijoles refritos. Terminaba el menú con chocolate de agua y unos panes azules…”. Así cuenta Ángeles Masttreta, en [i]Mujeres de ojos grandes[/i], los excesos gastronómicos en que caía la familia: después de la comilona “se iban a dormir y a engordar sin recato”.

En el diccionario esencial de la Real Academia Española, la palabra comilona tiene dos entradas. Una se refiere a la comida muy abundante. Similar a la del párrafo inicial. Se complementa con “comilón, comilona”: se entiende con claridad que se trata de la persona que come mucho o desordenadamente. Igual que yo. (En Yucatán, en lenguaje coloquial, se dice “comelón, comelona”).

De tragones, pues, hay muchos ejemplos también en la literatura. Citemos sólo uno. Sancho Panza, el fiel escudero de don Quijote, engullía todo lo que podía. Cuando se le presentaba la ocasión, no le hacía ascos a las “ollas podridas” (suculentos potajes). Dejó el gobierno de la ínsula Barataria porque quería “hartarse de gazpachos”. Tenía miedo de terminar sus días muerto de hambre, por culpa del doctor que controlaba sus comidas.

En la inmortal obra cervantina, capítulo XX de la segunda parte, donde se habla de las Bodas de Camacho, Sancho Panza acepta el ofrecimiento de un cocinero: le da para llevar, “mientras se llega la hora del yantar”, tres gallinas y dos gansos. Cuando un banquete resulta especialmente opíparo se suele equiparar, precisamente, con el del Camacho cervantino. Este personaje ordenó que se cocinara, en seis medias tinajas, todo un rastro de carne para sus invitados: no faltaron carneros, liebres, gallinas, aves de caza, lechones, un novillo… Los cocineros y cocineras pasaban de 50.

Si de literatura contemporánea se trata, podemos detenernos en un libro de Paco Ignacio Taibo II, La lejanía del tesoro. En el capítulo VII se habla de un extraño atentado mediante varias comilonas ligadas, servidas en “platos extensos como plazas, jarras como torres, vasos como pozos profundos”. Después del banquete, el comensal forastero sale a caminar un poco y encomendarse a Dios. Siente que se muere… También pide que su anfitrión no vaya a reventar como una bomba, pues como singular “cereza” del pastel, se tragó en un santiamén todo un platón de arroz con leche.

Cuando regresa el visitante, lo están esperando con la merienda: tamalitos, chocolate, un poco de dulce… Sólo para abrir boca antes de la cena.

¿Cómo concluye esta singular aventura de glotonería? El invitado lo explica: “Salí huyendo, convencido de que había un oculto designio de exterminarme”.

Mérida, Yucatán


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