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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Huntington Library, Art Collections
La Jornada Maya

Viernes 30 de septiembre, 2016

Ayer, uno de los protagonistas de esta columna fue Vladimir Nabokov, ninfolepto y entomólogo. Él decía: “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido, hablo como un niño”. No me comparo con él, faltaría más. Pero sí creo que me expreso mejor escribiendo que hablando. Por eso me puse muy nervioso cuando el periodista Manuel Triay Peniche me invitó a su programa [i]Nada personal[/i], que emite Telesur. Me citó a las 9:45 de la noche, en los estudios del canal, en Prolongación Montejo. El programa comenzaba a las 10 y abordaría el tema de las elecciones estadunidenses. También participaría el diplomático Eduardo del Buey, vecino columnista en [i]La Jornada Maya[/i]. Para darme valor, al llegar a casa me tomé varios oportos seguidos. Llegué relajado. Tal vez demasiado relajado. Seguramente en exceso relajado.

Cuando me recibió don Manuel, lo saludé como quien intenta esconder su aliento. Tal vez, al principio, no se dio cuenta, pero la verdad salió a flote cuando comenzó el programa. En mi primera intervención, quise citar a Andrea Camilleri, novelista italiano que sabe de gobernantes payasos. Y fue entonces cuando me referí a Donald Trump como Silvio Berlusconi. Reaccioné a las caras de asombro de don Manuel y Eduardo, y solté un instintivo “¡no mames!”. Me atemperé, posteriormente, sostenido en mis muletillas. Don Manuel hizo un espectacular papel al conducir el programa y yo escuché, con la atención que me permitía el oporto que recorría mis venas, a Eduardo, que dictó, como siempre, cátedra. Al final, me convencí que soy mucho mejor escribiendo que hablando, y que daba pasos firmes para convertirme en un buen discípulo de Charles Bukowski. Este poeta maldito, tal vez el último, cruzó el Atlántico a finales de 1978. Cargó maletas con sus sucios escritos, y se propuso escandalizar a los europeos. Fue un periplo rodeado de alcohol y de polémicas. La que más se recuerda fue la que protagonizó en el programa [i]Aphostrophes[/i].

“El viernes por la noche tenía que salir en un conocido programa, televisado para todo el país. Era un programa de entrevistas de carácter literario que duraba 90 minutos. Pedí que me proporcionaran dos botellas de un buen vino blanco en la tele. Entre 50 y 60 millones de franceses vieron el programa”, recordó, años después, Bukowski en su libro Shakespeare nunca lo hizo. El programa [i]Aphostrophes [/i]era dirigido y presentado por Bernard Pivot; se emitió desde el 10 de enero de 1975 hasta junio de 1990. Ahí, relató Bukowski, “mi primera afirmación fue: [i]Conozco a muchos escritores americanos importantes a los que les gustaría estar en este programa. Para mí no significa gran cosa[/i]”. Y, efectivamente, así se comportó. El escritor estadunidense sólo estuvo presente 20 minutos de la hora y media que duró el programa, los suficientes para beberse las dos botellas y fumarse 24 cigarrillos.

“Empezó a hablar una escritora. Yo estaba bastante borracho y no estoy muy seguro de qué escribía, pero creo que era sobre animales, la señora escribía historias de animales. Le dije que si me enseñaba las piernas un poco más podría decirle si era una buena escritora o no”, escribió, en la marisma de la cruda. Y es que ese poeta maldito, el último, desentonaba en ese ambiente, a pesar de la nube de humo con la que se esmeró cubrir el set. El tal Pivot, un esnob a toda regla, arropando de elogios a un viejo indecente que sólo quería hablar de poesía. Los compañeros de la tertulia, además de la señora que escribía historias de animales, eran clichés: un aspirante a poeta con mostachos de morsa, un crítico con suéter de cuello de tortuga, con un vago parecido a López Portillo; un catedrático endogámico. Todos ellos se arrebataban la palabra, esgrimiendo un francés cursi y pesadito; casposo. Bukowski intentaba pasar el mal trago ahogándose en el vino.

Mientras los literatos discutían nimiedades, él se servía una y otra vez el vaso, hasta llegar al grado de tomar directamente de la botella. Cuando encontró insoportable, insufrible esa pantomima, explotó, riéndose de sus compañeros de set, burlándose de ellos. Al final se levantó, despeinó el peluquín del crítico de cuello de tortuga y se fue, rumiando [i]fucks[/i], [i]shits [/i]y [i]assholes[/i]. Antes, fuera de foco, sacó una navajita y amenazó a Pivot con cercenarle la garganta.

En mi debut televisivo no llegué a esos excesos; no le pedí a Eduardo que me enseñara las piernas ni esgrimí una navajita ante mi magnífico anfitrión. En el programa [i]Nada personal[/i] se abordaron temas muy interesantes. Por ejemplo, para don Manuel el muro que amenaza construir Trump es una metáfora: el candidato republicano no pretende erigir una muralla, sino establecer una pesada carga impositiva para los productos mexicanos. Eduardo, por su parte, señaló algo muy interesante: el mejor termómetro para los analistas políticos estadunidenses que cubren esta contienda electoral es el desempeño del peso mexicano.

En [i]Nada personal[/i] se habló de los vaivenes aislacionistas en la historia de los Estados Unidos, los estados que serán clave en el resultado final —todos ellos golpeados por el desempleo— y el bajo perfil —“de príncipe consorte”— que ha tenido Bill Clinton en esta campaña. Fuera de cámaras, se especuló sobre qué se había metido Trump antes del debate, pues se le veía nervioso, tomando mucha agua y tocándose la nariz. Habría que ver una repetición, y enfocarnos en sus pupilas. Obviamente, no fue oporto.

Se habló en el programa de las fortalezas y debilidades de cada uno de los candidatos a suceder a Barack Obama. En el caso de Hillary, no logra hacer click con los votantes jóvenes, tal vez por su recatada estrategia en redes sociales; en ese talón de Aquiles será clave el papel que desempeñe Bernie Sanders, ese septuagenario que se metió al bolsillo a los universitarios. Trump, por su parte, la tiene más difícil, pues ese candidato misógino y racista tiene que convencer a los importantes sectores de mujeres y afroamericanos indecisos. Aún faltan dos debates más entre la demócrata y el republicano, y uno de sus propuestas a vicepresidentes. La moneda —el peso, nuestro peso— aún está en el aire.


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