de

del

Manuel Alejandro Escoffié
Foto tomada de la web
La Jornada Maya

Viernes 30 de septiembre, 2016

Las películas de terror –la mayoría de ellas por lo menos– rara vez logran en verdad asustarme o impresionarme. Pocas han sido las representantes de tal género que han tenido el privilegio de endurecerme los pelos de la nuca, hacerme saltar para atrás en señal de espanto o arrancarme un alarido como el de quién ha descubierto que tiene los segundos de su vida bien contados. ¿La razón? Quizás el hecho de que, como puntualiza un muy conocido cliché, la realidad es más terrorífica que toda ficción. El mundo en el que vivimos, sobre todo en estos momentos, constituye en mi opinión la más grande fábrica de pesadillas. Tomaré a Donald Trump por encima de Freddy Krueger cuando ustedes quieran.

En ese sentido, [i]Rojo Amanecer[/i] (1990) siempre ha sido para mí una película de terror. Y, prácticamente, la única excepción a mi indiferencia. Este drama de corte político dirigido por Jorge Fons y escrito tanto por Xavier Robles como por Guadalupe Ortega, en relación a una familia clasemediera mexicana en el fuego cruzado de los violentos sucesos del 2 de octubre de 1968, comenzó a meterme miedo cuando cursaba yo la escuela secundaria y una maestra nos lo hizo ver de principio a fin, gracias a una deshilachada copia en VHS.

Aquella noche no pude dormir. No debido a su violencia gráfica, significativamente alta para lo acostumbrado por un joven de mi edad; tampoco por tener como trasfondo un acontecimiento histórico, rasgo que, en el mejor de los casos, haría que se percibiese más terrorífico (y en el peor, daría una falsa y pretenciosa aura de legitimidad). No. Lo que me mantenía despierto fue la posibilidad de amanecer al día siguiente, para recorrer el camino de sangre dejado por los cadáveres de mi familia finada la noche anterior por agentes del gobierno y del Ejército; igual que cuando Ademar Arau desciende las escaleras del edificio en Tlatelolco, como si de niveles en un infierno dantesco se tratasen. La idea de que nadie está seguro ni en su propia casa. De que, aun a kilómetros o décadas de la Plaza de las Tres Culturas, el terror puede hacer acto de presencia en cualquier lugar, en cualquier momento y por cualquier motivo.

Durante el curso de una plática posterior a una proyección de la película en la Universidad Autónoma de Yucatán, que tuve el honor de moderar, Xavier Robles reveló que la idea de abstenerse a mostrar gráficamente la matanza de estudiantes, aludiendo a ella con reacciones de los personajes confinados al departamento en donde viven, además de corresponder a las precarias condiciones del rodaje, se vio inspirada en la revelación a cámara muy esporádica y gradual que Ridley Scott hace de su propio monstruo en [i]Alien: El octavo pasajero[/i] ([i]Alien[/i],1979). La amenaza mortal que no vemos pero que bien podemos escuchar y sentir. Alimentar la imaginación antes que la adrenalina. El teatro de la mente.

No faltan quienes insisten en señalar a esta concentración extradiegética de la masacre como un desperfecto de la película en vez de verlo como un acierto. “¿Cuál es el propósito de denunciar la crueldad del Ejército si jamás la vemos?”, preguntan. “¿A quién le importa lo sufrido por una familia cuando la sangre derramada perteneció a la juventud de México?”. Preguntas como las anteriores equivalen a ver unos pocos árboles y no todo el bosque. Si [i]Rojo Amanecer[/i] logra ser elocuente en plasmar una de las muchas verdades significativas abordadas por ella en lo referente al movimiento estudiantil del 68 y su represión, más allá de los límites de su dramaturgia, es justamente mostrando que, aquel funesto día, a todos nos llegó el plomo de las balas. A civiles y a estudiantes. Todos nos desangrábamos; no menos de lo que seguimos haciéndolo ahora. Y eso a mí me da miedo. Mucho miedo.


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