de

del

Enrique Martín Briceño
Foto: Facsimil de la portada del libro [i]Flor con alma meridana[/i]
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Martes 27 de septiembre, 2016

[i]Fragmento del capítulo “Flor con alma meridana: la trova yucateca”, incluido en el libro [/i]Mérida: Zona de Monumentos Históricos[i] (INAH-Sedeculta-IHMY, 2016), que se presentará el próximo jueves 29 en el Museo Nacional de Antropología, en el marco de la XXVIII Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia.[/i]

Pasó una chiquilla, como flor de primavera,
por la Plaza Principal…
—Luis Canto Farfán, [i]Flor con alma[/i]

La Mérida que en el Porfiriato llegó a soñarse un París en miniatura gracias a su Paseo Montejo, su teatro Peón Contreras y su infraestructura pública abrió los ojos al nuevo sol revolucionario en 1915 con la llegada a Yucatán del general Salvador Alvarado. Junto con importantes cambios sociales y políticos, el flamante régimen promovió una nueva visión de lo maya y lo mestizo en la que se insertó la trova. Así, la embajada artística que representó a la entidad en las fiestas del centenario de la consumación de la Independencia (1921) dio a conocer en la lejana capital del país las canciones creadas en Mérida, que pronto comenzarían a grabarse en los Estados Unidos y a difundirse nacional e internacionalmente.

Por aquellos años, la ciudad y el estado vivieron el experimento socialista del gobernador Felipe Carrillo Puerto, truncado en 1924 con su trágica muerte. Ligada para siempre a la memoria del líder quedaría la historia de su amor por la periodista norteamericana Alma Reed y la canción que para ella escribieron el trovador Ricardo Palmerín y el poeta Luis Rosado Vega: “Peregrina, de ojos claros y divinos, y mejillas encendidas de arrebol; / mujercita de los labios purpurinos / y radiante cabellera como el sol…”

Ricardo Palmerín (1887-1944) fue uno de los grandes de ese tiempo, conocido hoy como “época de oro de la canción yucateca”. Comenzó a componer hacia 1919, después de participar en la despedida que se dio en el antiguo local del Congreso al dueto colombiano de Wills y Escobar. Prendado de los bambucos que estos trajeron en su repertorio, creó [i]El rosal enfermo[/i] (Lázaro Sánchez Pinto), [i]A mi novia[/i] (José Esquivel Pren) y [i]Novia envidiada[/i] (Roberto Sarlat Corrales), entre otros títulos que hicieron arraigar en la región el género andino, así como danzas imperecederas como [i]Las golondrinas[/i] y [i]Mi tierra[/i] (ambas con versos de Luis Rosado Vega).

Los jardines públicos atestiguaron la efervescencia poética y musical que entonces se vivió. En los parques de Santa Lucía, San Cristóbal, Santa Ana, Mejorada, Santiago, San Juan y San Sebastián, lo mismo que en el Parque Hidalgo y la Plaza Grande, se reunían trovadores y aficionados a ensayar nuevas canciones, que luego ejecutarían ante las ventanas de las enamoradas. En el Parque Hidalgo, Palmerín dio a luz muchas melodías con versos de Ricardo López Méndez y José Esquivel Pren, mientras que en Santa Lucía –muy cerca de su casa, situada en la esquina de las calles 55 y 62– el jovencito Guty Cárdenas (1905-1932) compuso en 1924 su primera canción, con letra de Ermilo Padrón López: “Un rayito de sol por la mañana / filtra sus oros por la enredadera, / se quiebra en el cristal de tu ventana / y matiza tu hermosa cabellera…”

“Descubierto” por Tata Nacho en 1927, Guty conquistó muy pronto los escenarios de la capital del país y de allí pasó al competido campo musical neoyorquino, donde grabó más de 200 canciones y alcanzó fama continental. Su fulgurante carrera se vio interrumpida en 1932, cuando perdió la vida en la ciudad de México en un pleito de cantina. No había cumplido 27 años, pero ya había logrado inscribir el bolero en el gusto nacional y había creado [i]Para olvidarte[/i] (Ermilo Padrón López), [i]Quisiera[/i] (Ricardo López Méndez), [i]Flor[/i] (Antonio Pérez Bonalde y Diego Córdoba), [i]Nunca [/i](Ricardo López Méndez) y [i]El caminante del Mayab[/i] (Antonio Mediz Bolio). Con esta última inauguró un género que pretendía actualizar imaginados ritmos prehispánicos: “Caminante, que vas por los caminos, / por los viejos caminos del Mayab, / que ves arder de tarde las alas del [i]xtacay[/i], / que ves brillar de noche los ojos del [i]cocay[/i]…”

Una estatura similar alcanzó Pepe Domínguez (1900-1950), de quien se recuerdan sobre todo sus claves [i]Beso asesino[/i] (Víctor M. Martínez) y [i]Granito de sal[/i] (Carlos Duarte Moreno), su clave-bolero [i]El pájaro azul[/i] (Manuel Díaz Massa), su bambuco [i]Manos de armiño[/i] (Carlos Duarte Moreno) y su clave-jarana [i]Aires del Mayab[/i] (Carlos Duarte Moreno). Esta última dio nuevo aliento a la canción jarana y ha viajado por el mundo en el repertorio de los mariachis, aunque describe el baile de las fiestas patronales yucatecas: “Rebozos, rebozos de Santa María, / mestizas que bailan llenas de alborozo / entre los encantos mil de mi vaquería…”


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