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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Óscar Rodríguez
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Lunes 26 de septiembre, 2016

José Abraham Kuyoc Pacheco, El [i]Borrego[/i], y Didier David Negrete Estrella, [i]Pelón[/i], son taxistas, pertenecientes a las asociaciones de Taxistas independientes y Meritaxis, respectivamente. Según las autoridades, fueron ellos los que golpearon a Carlos Orlando Ramírez Cabrera, conductor de Uber. Lo golpearon hasta que sus nudillos sangraron y su víctima perdió la consciencia. Entonces, lo subieron a su automóvil y le prendieron fuego.

Dos contra uno, resguardados en la oscuridad. Maquinaron la agresión, creando una cuenta en Uber y solicitando una unidad, cualquiera. Pidieron que los llevaran al sur profundo, ahí donde las patrullas se lo piensan dos veces antes de entrar: la boca del lobo. Cuando vieron que el chofer era un hombre mayor, me imagino, sonrieron. Así se comportan los cobardes. Con sólo estos datos, tendríamos un epílogo afortunado. Kuyoc Pacheco y Negrete Estrella, los dos [i]pocohombres [/i]que agredieron a Ramírez Cabrera, ya fueron capturados; las autoridades cumplieron con su promesa, de detener, de una manera rápida, a los autores de este delito, que indignó a la sociedad. Sin embargo, esta historia no concluye aquí; aún faltan muchos capítulos por escribirse.

El Frente Único de Trabajadores del Volante anunció que mañana realizará un paro general; no prestará servicios. Sus unidades se apostarán en un carril en el Periférico, en protesta por la irrupción en el mercado que tenían cooptado de un nuevo competidor. La agresión que sufrió Ramírez Cabrera no fue sólo un hecho aislado protagonizado por Kuyoc Pacheco y Negrete Estrella. No. Desde hace meses, hemos sido testigos del beligerante discurso del líder de los taxistas —Héctor Fernández Zapata, el [i]Billy[/i]—, que con batazos de saliva intenta presionar a las autoridades para que frenen el avance de Uber. La violencia no sólo ha sido verbal: a finales de mayo pasado, taxistas se enfrentaron a choferes de Uber en la entrada del aeropuerto de Mérida.

El gobierno del estado reaccionó con la presentación de una iniciativa para regular el servicio que ofrecen estas aplicaciones, misma que se aprobó y, se supone, ya está en marcha. Sin embargo, este bozal no contuvo los ladridos del [i]Billy[/i]; mucho menos sus mordiscos. Las autoridades y los ciudadanos nos hemos convertido en rehenes de una asociación que ha demostrado que le da urticaria el diálogo y que prefiere la confrontación para conservar sus privilegios. Pocohombres.

Todos, ellos y nosotros, ya que en estos momentos lo que hace falta son cojones u ovarios. Las autoridades, efectivamente, cumplieron su promesa: capturaron a los autores de la agresión. Una estrella más para [i]Supersaidén[/i]. Pero su labor no se puede quedar en la reacción. El gobierno del estado no puede esperar y cruzar los dedos; las rápidas detenciones no frenarán este tipo de cobardías. No estamos hablando de delitos comunes. Hay un batallón de Kuyoc Pacheco y Negrete Estrella, listos para hacer lo mismo. Arengados, azuzados por sus líderes, los taxistas cometerán este tipo de violencia una y otra vez, sin importarles que los atrapen; se ríen de las cámaras de vigilancia. Son una especie de escuadrón suicida muy bien aleccionado, intoxicado por el veneno de quienes dicen que los representan. Así se demostró el sábado por la noche, cuando otro conductor de Uber fue víctima de una agresión y amenaza durante un servicio que prestó desde el centro hasta el fraccionamiento Vergel. Según reportes de prensa, el chofer de Uber dijo que un pasajero lo golpeó y amenazó con un desarmador, y después huyó en un automóvil que los seguía, junto con un taxi del FUTV. Tal vez los agresores de esta nueva víctima no sean taxistas, pero se ha creado una atmósfera de inseguridad que pone en riesgo a los choferes de la plataforma rival.

[i]Pocohombres[/i], igual los que salieron a defender a los taxistas agremiados, impulsados por un resorte muy bien aceitado. Conspiraban y decían que había sido un «autoatentado». ¿Quién gana más con esta agresión?, argumentaban, disparando sofismas y rencores. La eficaz reacción de las autoridades les cerró la boca, al demostrarse que, efectivamente, eran taxistas los que habían golpeado al chofer de Uber; no eran del FUTV, pero sí de los que gozan privilegios. [i]Pocohombres [/i]también los ejecutivos de Uber, que con cada episodio de este tipo se frotan las manos, viendo, desde sus oficinas corporativas, cómo se consolida la aplicación y se enmarranan sus cuentas. Leí que Ramírez Cabrera, el chofer golpeado por Kuyoc Pacheco y Negrete Estrella está pidiendo ayuda económica. ¿Uber no piensa hacerse cargo de su hospitalización y ayudarlo con las gestiones con el seguro, para comprar un automóvil similar al que le quemaron? Somos testigos de una batalla entre dos cúpulas cobardes que lanzan al ruedo a sus empleados. Carne de cañón, les dicen.[i][/i]


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