Miguel Carbajal Rodríguez
Foto: Fabrizio León Diez
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Miércoles 21 de septiembre, 2016

México es un país megadiverso; es uno de los 17 que, si bien representan sólo el 10 por ciento de la superficie del planeta, concentran el 70 por ciento de la biodiversidad del mismo. Se calcula que solamente en nuestro territorio se concentra del 10 al 12 por ciento de todas las formas de vida existentes en la Tierra.

Por el número de especies representadas, en nuestro territorio se concentra el 8 por ciento de anfibios, el 10 por ciento de reptiles, el 12.2 por ciento de mamíferos, el 12 por ciento de aves, el 10 por ciento de peces, el 5 por ciento en insectos y un nada despreciable 9.5 por ciento de plantas. Somos sin duda un país en el que, gracias a sus características geográficas y climáticas, la vida se ha dado en abundancia y ha sido también, junto con la enorme cantidad de recursos naturales, elemento indispensable para el desarrollo cultural.

En cuanto a ecosistemas, a excepción de la tundra y los hielos perpetuos, podemos decir que existen todos los del mundo. Bosques, selvas, praderas, desiertos, arrecifes de coral. Esta riqueza nos provee de insumos diversos como minerales, energéticos, agua, alimento, medicinas, por citar algunos ejemplos.

Toda esta riqueza natural contrasta con la situación económica y social del país. Pese a ella, hemos sido incapaces de construir una verdadera vocación de valoración de la naturaleza y aprovechamiento de la misma para el bien de todos. Por el contrario, hemos degradado nuestros ecosistemas de manera preocupante reduciendo y contaminando en proporciones alarmantes. Hemos deteriorado su salud, que tiene ecos fuertes en la de nuestro tejido social.

Se podría pensar que un país con tanta riqueza natural tendría una política clara para poder desarrollar capital humano que permita aprovechar de manera inteligente y sostenible nuestros recursos naturales; una política que haga fuertes a las instituciones de gobierno encargadas de salvaguardar y aprovechar el capital natural, un modelo que haya creado ya una cultura empresarial responsable hacia el uso y aprovechamiento correcto de los recursos; es decir, una visión que, sabiendo la posición privilegiada que tenemos gracias a todo el insumo natural, pueda administrarlo de tal manera que sea un factor determinante para el desarrollo económico y social de nuestro país. Por décadas hemos generado especialistas que han tenido una función indiscutible y necesaria para conocer y entender este capital natural, conocimiento que no se traduce necesariamente en desarrollo. Por otra parte, las ciencias que tradicionalmente impulsan el desarrollo económico están completamente desligadas del conocimiento generado por profesiones ambientales, como la biología.

La complejidad de los problemas a los que nos enfrentamos es cada vez mayor. Por décadas hemos forjado profesionistas con una visión reduccionista de algún campo obedeciendo a una política educativa de especialización. Este modelo, si bien tiene beneficios, resulta dudoso hoy para los grandes retos que representan las nuevas problemáticas económicas, sociales y ambientales. Se hace necesaria una educación holística, que sea capaz de dar la capacidad de comprender la mayor parte del sistema para poder definir rutas de acción que impulsen el desarrollo sostenible, concepto que implica no sólo aspectos administrativos o económicos, sino también ambientales y socioculturales. Los profesionistas que necesitamos no sólo deben tener un diálogo interdisciplinar; también es necesario que comprendan la estrecha relación que tenemos los seres humanos con el ambiente y, en palabras del gran pensador de nuestro tiempo, Edgar Morin, tener una “identidad y conciencia terrenal” que pueda posicionar a nuestra inteligencia y avances al servicio de todas y cada una de las formas de vida en el planeta, pues sólo comprendiendo la interrelación que guardamos se podrá dar un sentido y ejercicio diferente al saber profesional.

La gravedad de los problemas de nuestro país hace pensar que un México justo y con oportunidades es una utopía. Sin embargo, es nuestro deber mantener firme la voluntad para caminar hacia este México que merecemos. No hacerlo sería condenar nuestro futuro. Debemos ver las enormes capacidades y fortalezas que tenemos, como la biodiversidad que nos queda, que es sin duda es un potencial detonador de un México desarrollado, un camino viable a la erradicación de la pobreza y de la brecha social, y lo será en la medida en que entre otras cosas podamos establecer políticas para un aprovechamiento sostenible de recursos y los nuevos profesionistas tengan la capacidad de administrar estos de manera adecuada para las presentes y las futuras generaciones.

Mérida, Yucatán.

[b]Contacto:[/b]
Miguel Carbajal Rodríguez
Director de la Escuela de Recursos Naturales de la Universidad Marista de Mérida. Maestro en Bioética y Derecho y en Educación
[email protected]


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