Rafael Robles de Benito
Foto: María Meléndrez
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Miércoles 21 de septiembre, 2016

Una vez más, como parece suceder año con año, la propuesta de gasto público que presenta el Ejecutivo Federal al Congreso de la Unión reduce los recursos destinados a atender la política ambiental federal. Esta vez, se reducen prácticamente a la mitad los dineros asignados a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Pero el discurso no refleja estos recortes; por el contrario, pareciera que el asunto ambiental realmente importa al gobierno mexicano.

Mientras se funge como anfitrión de reuniones multinacionales de corte ambiental, y se reitera el “compromiso” mexicano por contribuir al “combate” de los efectos del cambio climático global, se presumen supuestas disminuciones en la emisión de gases de efecto invernadero, y se anuncia con bombo y platillo la creación de más y mayores áreas sujetas a la conservación, el presupuesto destinado a ese combate, a esas disminuciones y al manejo de esas nuevas maravillosas reservas, disminuye a paso agigantados. El asunto parece sin pies ni cabeza.

Ahora, entiendo, se tendrán que manejar las áreas naturales protegidas federales con menos personal, y menos recursos; la Comisión Nacional Forestal tendrá que afrontar los preocupantes índices de deforestación nacionales con cada vez menos plata, y desde luego contará con pocos recursos para fortalecer sus esfuerzos de pago por servicios ambientales forestales, que se ven desde siempre débiles ante los apoyos y subsidios aportados a los agricultores exportadores y a los ganaderos; la Comisión Nacional del Agua –que sin duda seguirá siendo la hermana mayor de la familia ambiental– también tendrá que apretarse el cinturón, y eso repercutirá en el acceso a agua de calidad en cantidad suficiente, seguramente perjudicando más a quienes hoy ya sufren mayor escasez. Y un largo etcétera de malas noticias (no es que se hable poco de lo bueno, sino que hay muy poco bueno de qué hablar).

Mientras tanto, como país, seremos anfitriones de un gran congreso internacional de áreas naturales protegidas; presumiremos los esfuerzos que realizan empresarios españoles para producir “energía limpia” (no hagamos mucho caso de las dudas acerca de su impacto ambiental o de los conflictos de tenencia de la tierra que genera), crearemos nuevas zonas sujetas a algún criterio de conservación (quién sabe quién las va a manejar, ni con qué, pero los decretos se emitirán con gusto, bombo y platillo) y juraremos, con la diestra sobre los formatos de las estadísticas oficiales, que estamos cumpliendo con todos los acuerdos internacionales, relativos al cambio climático global. Alicia, el gato de Cheshire y el Sombrerero Loco estarían de plácemes en este México nuestro.


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