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Texto y foto: Pablo A. Cicero Alonzo
La Jornada Maya

Lunes 19 de septiembre, 2016

Llegaban los piratas y cazaban con facilidad las tortugas; no necesitaban disparar ni un tiro. Esos mansos animales, pequeños elegantes con coraza, no conocían la maldad del hombre. Así más que cazar, cosechaban; 50, 100 ejemplares por trasiego, que ponían boca abajo, en la alacena del barco. Ahí podían sobrevivir meses, sin alimento ni comida. Su carne era suave y dulzona, y se cocinaba con relativa facilidad; incluso, el caparazón servía de olla. Y así lo hicieron durante décadas, hasta dejar yermas de esos animales las únicas islas donde era posible obtenerlas.

Fue hasta que un biólogo se dio cuenta que en esos pedazos de tierra volcánicos se encontraba el secreto de nuestro pasado que el mundo comenzó a interesarse en las islas Galápagos. Charles Darwin encontró en ese pequeño cosmos el origen de las especies, incluida, claro, la nuestra. Entonces, los animales de esas islas dejaron de convertirse en parte del menú de marineros para convertirse en objeto de estudios. Las islas se fueron colonizando, y ahora no sólo siguen siendo un laboratorio desde donde vemos luz del pasado sino un sitio turístico. Sin embargo, el paso del hombre ha sido demoledor, al grado que esas tortugas que tanto gustan a los hombres de mar y de ciencia, por diferentes razones, están a punto de desaparecer. Si no fuera por Diego…

Según un cable de [i]La Vanguardia[/i], la población de tortugas gigantes de la isla Española, en el archipiélago ecuatoriano de las Galápagos, tiene mucho que agradecer a Diego, el macho más fértil de la isla, que ha logrado reproducir unas 800 crías y salvar a su especie del peligro de extinción. Este [i]sex symbol[/i] de la especie [i]Chelonoidis hoodensis[/i] tiene más de 100 años y vive con seis hembras. Regó con su semilla una especie condenada a la extinción. Hace cinco décadas se encontraron en la isla sólo dos machos y doce hembras de la especie de Diego, que habitaban dispersos y alejados por toda la isla, cosa que imposibilitaba su reproducción.

Ante el riesgo de extinción de la especie, se inició un programa de reproducción en cautiverio con tres machos. Diego, precedente del zoo californiano de San Diego (que le da su nombre) fue el [i]macho 3[/i]. Repatriado en 1976, Diego es el más dominante de los tres longevos machos reproductores originarios de Española, pesa unos 80 kilos y mide hasta 1.50 metros de alto si llega a estirar bien las patas y el cuello.

Fue historia esta semana porque según el estudio genético realizado en el Parque Nacional Galápago, se descubrió que Diego es el padre del 40 por ciento de las crías repatriadas a Española. Con más de 100 años cumplidos, Diego ha logrado tener una descendencia de unas 800 crías. La portentosa tortuga, especie de Aureliano Buendía, se pasea por su árido Macondo, patriarca de un país que a golpe de coito repobló. Ni la magia del surrealismo fue capaz de emularlo. Muy lejos, con sus 17 vástagos de 17 mujeres diferentes, se encuentra el coronel Buendía, desgranando su soledad e intentando exorcizar sus 32 derrotas.

La épica de Diego se da a conocer en una coyuntura en la que México se encuentra enfrascada en una discusión sobre el sexo —ya no la bizantina sobre los genitales de los ángeles, ojalá; sino sobre el de quiénes pueden contraer matrimonio. Atrincherados en su intolerancia, sordos de tanto obús lanzado, la discusión —nunca debate— está ahora en punto muerto, tal y como comenzó; una batalla de Verdún de fundamentalismos… De ambos lados.

Unos enarbolan la familia natural, la necesidad de nuestra especie de subsistir; el único y último fin del matrimonio es la perpetuación. Con sus torrentes de esperma, Diego es capaz de apagar esa hoguera, misma en la que hace siglos ardieron personas como Galileo. En la naturaleza, en la más brutal y básica naturaleza, sólo hay lugar para machos alfa y para recipiendarias. Y vaya paradoja. En el mismo bando en que el que se menciona el término de familia natural conviven con total desparpajo metáforas bíblicas como la de Adán y Eva.

Los funtamentalistas de un lado, los que todo reducen a una conspiración masónica o de los rosacruces, si pudieran igual alimentarían la hoguera con ejemplares de El origen de las especies, de Darwin. Se escudan en la naturaleza, en su naturaleza. La sesgan y la adaptan a su conveniencia, como si ésta fuera plastilina, barro moldeable; como si aún viviéramos en la oscura Edad Media, donde dábamos traspiés tras traspiés guiados sólo por dogmas. La vida se abre camino. El amor, también. Y esas son las únicas certezas en estos monólogos estridentes en donde cada uno habla por su experiencia y muchos somos incapaces de conocer y comprender al otro. Cuando en lugar de gritar, hablemos, estoy seguro que al fin encontraremos un camino en común, como patria y como especie.

Mérida, Yucatán
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