Pablo A. Cicero Alonzo
Ilustración: Ernesto Medina
La Jornada Maya

Una historia trágica

Última parte

"Epílogo triste"

En la costa oriente de la isla más grande del mínimo archipiélago hay una playa que se enciende por las noches. Hay poca vegetación: una o dos palmeras a lo largo de tres kilómetros. Matorrales perdidos, desorientados. En el mar, hay una roca gigantesca, que saluda en los días de bajamar; estos suelen ser los de inicios de mes. Parece una ballena petrificada en el tiempo, inmóvil, esperando arqueadas que nunca llegan para vomitar a un albino Jonás.

Esa playa, dicen, está infestada de tiburones; los verdaderos custodios de esa celda sin barrotes donde se malvive. Muchos prefieren ser devorados por esos animales a seguir purgando sus delitos ahí. Dicen. Nadie se atreve a meterse en las aguas de ese mar que amenaza con dientes que no se ven, pero que se huelen y se sienten, que dan escalofríos con sólo pensarlos. Nadie se atreve, incluso, a remojar los pies. Sólo los locos o los aspirantes a suicidas.

En esa playa, en ocasiones, desovan tortugas de aspecto jurásico, tal vez las últimas de su especie, ya que los miserables habitantes de la isla vacían voraces sus nidos. Empachados, por las noches son castigados con visiones lúbricas, que los trasladan con violencia a una vida que les fue arrebatada por inmisericorde juez, por amnésica sociedad. Flourescentes, deambulan sonámbulos buscando cómo desahogar su soledad. Muchos amanecen en las hamacas de sus compañeros, acurrucados, y se levantan con sigilo; amanecen avergonzados, pero a la vez saciados, sin lastre.

En esa playa, hace unos días una caguama centenaria condenó a muerte a sus crías. Los náufragos de la sociedad no creían su suerte, que por primera vez en muchas semanas les sonreían. Una sonrisa radiante, sincera. Escarbaron como perros la arena, con un frenesí que les limó las uñas, hasta llevarse el último huevo. Si hubieran cavado unos centímetros más a la izquierda, unos pocos, poquísimos centímetros, además de variar el asqueroso menú de la prisión ahora serían ricos. Pero no. Los centenarios que durante años escondió Polo ahí siguen enterrados. Hasta hoy, jueves 8 de septiembre de 2016.

Tengo en mis manos un quebradizo papel en el que mi tío abuelo intenta explicar dónde los escondió. La letra es casi indescifrable, el lienzo tiene lamparones y manchas provocadas por sustancias innombrables. Cuando mi padre lo fue a rescatar a san Blas, al concluir su sentencia, lo encontró hecho un guiñapo. Sombra de la sombra de aquel muchacho alto, de pelo negro y ojos azules que lo cargaba cuando era niño. Polo estaba destruido, por dentro y por fuera. Y así se refleja en este papel con el que pretendió ubicar su único legado. Me lo puedo imaginar, escribiendo con la izquierda mientras con la derecha intenta contener los temblores del alcoholismo; babeando por el desierto en el que se ha convertido su mandíbula, desdentada. Cerrando compasivamente los ojos, cegados por luciérnagas que sólo él puede ver.

Tal vez algún día repita el viaje de mi padre. De Mérida a san Blas. Sólo. Fumando raleighs. Y al llegar a ese puerto, estación de paso entre la libertad y la condena, tal vez, busque una embarcación a María la Mayor. Tal vez ahí descifre el testamento de mi tío Polo y halle las monedas con las que Pedro intentó cicatrizar la deslealtad. Tal vez… Mientras tanto, la memoria de Polo navegará en la vergüenza que inundó a su familia después de que le dictaron sentencia. Su nombre aún se pronuncia en voz baja, como con temor a invocar la tragedia que desencadenó. Dos generaciones después, hermanos, sobrinos y sobrinos nietos continúan purgando el asesinato que no cometió.

La muerte de Polo pasó desapercibida. El final le sorprendió sentado en un viejo sillón, a las seis de la tarde. Estaba tomando una cerveza cuando el corazón, simplemente, le dejó de latir. Mi padre fue el primero que lo vio sin vida, y me cuenta que le pareció que su tío sonreía. Una sonrisa radiante, sincera. No lo dudo. Al fin encontró la paz que le arrebató una noche complicada.

Sus hermanos han muerto con el paso de los años. Sólo sobreviven uno o dos, entre ellos una de las monjitas. Ella, me confesó en una ocasión, sigue rezando por el pecado de Polo. Todos los días, al despertarse, y al dormir, antes de soñar con esa familia que se rompió. Pedro igual cargó con el suicidio de la mujer que amaba. Él también optó por quitarse la vida. No se acuchilló, como ella; él se colgó del ramón en el que Polo y él se subían cuando eran jóvenes.

Nunca supo si los centenarios le habían llegado. Nunca, si Polo fue consciente de quién se los mandaba. Pedro murió sin un quinto, debiendo culpas y condenas. Su cadáver lo encontraron semanas después, completamente putrefacto, como fruto podrido de aquel árbol por donde alguna vez floreció la alegría.

Así concluye esta historia trágica, en la deambularon ya tres muertos. Ella y ellos. Un drama que germinó en un mundo que conoció la devastación y en un estado que cambió drásticamente. El escenario y las circunstancias igual fueron ingredientes en las desdichas de estos recuerdos que me asaltan en las noches. A mí y a todos mis familiares, que fuimos acunados en la memoria de aquella velada que se saldó con una gringa muerta.

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