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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Jueves 8 de septiembre, 2016

En una de las administraciones municipales más surrealistas que hemos sufrido los meridanos, la alcaldesa imitó a [i]La Chilindrina[/i] cuando lloraba. ¡Wua, wua, wua, wua, waaaaaaa! Con las manos enjugándose ficticias lágrimas y haciendo un exagerado puchero, se burlaba de una de las regidoras de oposición. El Cabildo acababa de desahogar un punto de la orden del día, que había generado un intenso debate. La presidente municipal celebró burlándose; el cuerpo edilicio se tornó en vecindad.

El Cabildo de Mérida tiene una extraña disposición a caricaturizarse. Hasta el momento, pocos de sus integrantes han destacado por su afán de construir y sumar. La gran mayoría pasa sin pena ni gloria; aunque sostengo, con honrosas excepciones. A esa amplia mesa de madera se trasladan las pasiones más bajas y los conflictos más simplones de nuestra política. En ocasiones, como aquella que narro al principio, da vergüenza. El colegio que debe ser se transforma en caja de resonancia de sinrazones.

Algo similar sucedió anteayer. Una regidora de oposición comenzó a lanzar descalificativos como guijarros contra una de las personas que el alcalde propuso para su equipo. Lo hizo de manera gratuita, con ánimo de ofender. Cuestionó su capacidad por ser joven y por no tener experiencia en el servicio público. La descalificó por haber trabajado en una empresa familiar. Sus habilidades, ridiculizó, son “hablar francés” y haber ganado un concurso de oratoria.

Esta regidora y sus compañeros están en su derecho de cuestionar al alcalde. No sólo en su derecho, es su obligación. Peor sería un Cabildo sumiso y lambiscón. Sin embargo, ni ahí ni en ningún lugar se puede desbaratar de esa forma a una persona. No está bien. No. Emitir juicios sin contar con todos los elementos necesarios para ello sólo exhibe las limitaciones de quien se erige en juez y verdugo. Reitero. La premisa básica de la regidora consiste en que la persona propuesta no está capacitada por ser joven y no haber tenido un puesto público. Hay varios antecedentes con los que igual podría afirmar que otra de las debilidades que detecta la edil es que la persona propuesta es mujer.

La juventud está sobrevalorada, me dijeron en una ocasión. Disiento. En ocasiones, un país, un estado o una ciudad requiere de un patriarca sabio y curtido, que no tenga prisa, ya que mientras más rápido actúe menos gozará del camino, tal vez el último que recorra. En otras, lo que se necesita es la vitalidad y el arrojo de un joven, la audacia de la inexperiencia, la locura de la innovación. Esa elección, entre un líder en su verano o en su otoño, lo decidimos en conjunto, en el espíritu más puro de la democracia.

También son necesarios los profesionales [i]outsiders[/i], los que no se han formado —o malformado— en la burocracia. Un aire fresco, una mirada diferente. Alguien que trabaje por resultados, que no se conforme con las ocho horas —o menos— que marca la ley. Alguien que sepa lo que es tener hambre, que conozca esa sensación de mariposas en el estómago, no por estar enamorado sino por la incertidumbre de no poder pagar la nómina.

Una sudoración de prejuicios, un sauna de lugares comunes. El Cabildo está en deuda con los meridanos. Por lo menos, yo estoy harto de que ese [i]salón del Ayuntamiento se convierta en un circo. Las actitudes que se registraron anteayer me hacen temer que, de nuevo, ese cuerpo colegiado se transforme en el set del [i]Chavo del Ocho[/i], donde en lugar de un debate enriquecedor se recite un guión escrito por un anónimo y mediocre [i]Chespirito[/i]. Están a tiempo de ponerse a la altura, de recabar información antes de escupir intrascendencias.

Y ojalá que lo hagan. Que investiguen bien a las personas propuestas, que se entrevisten con ellas. Que soliciten más información y que escarben en los pasados de quienes tomarán las decisiones que pueden afectarnos en nuestro futuro. Para eso se les paga, no para armar patéticos [i]shows[/i] en donde el único protagonista son sus limitaciones. Ojalá. No pierdo la esperanza. Aún así, comienzo ya a afilar el lápiz, ávido de escribir, por ejemplo, sobre los desproporcionados sueldos de los regidores, cuyas obligaciones son aún menores a las de los holgados diputados. Señalar que en algunos ayuntamientos del país los regidores no cobran: realizan su trabajo de manera honoraria, por amor a su ciudad.

Por el momento, me contengo. Rubrico la columna reiterando que quiero —deseo, anhelo— regidores bravos, que sean contrapeso, aguerridos, estridentes; que exijan respuestas a sus dudas y a las de los ciudadanos, que pregunten motivos y razones. Que indaguen, investiguen, revelen. Pero con inteligencia y respeto. Esto es Mérida, no una aldea de bárbaros. Compréndanlo, por favor.

[b]Mérida, Yucatán[/b]
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