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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Miércoles 7 de septiembre, 2016

Estaba vestido con un traje azul oscuro. Acostado, inmóvil, aprisionado en terciopelo rojo. Tenía los ojos cerrados y sólo escuchaba llantos y sollozos a su alrededor. Reconocía algunas voces; otras no. En su particular penumbra supo identificar el aroma de su esposa, a agua de lluvia. Pasó horas interminables en esa posición, escuchando, sintiendo. La gente se despedía de él, en un triste monólogo que no entendía del todo.

Poco a poco, sintió que el salón se fue vaciando. Una pequeña brisa entró y se sintió aliviado. Tantas lágrimas, tantos rezos habían viciado el espacio. Entristecían incluso a las sillas, marchitaban las flores blancas; provocaban que el aire pesara. Unos hombres cerraron el ataúd, y en la noche de esa noche sintió que lo cambiaban de sitio. Él no podía moverse, no quería hablar. Incapaz de decir que estaba vivo.

En ese batiscafo de madera y tela lo trasladaron al cementerio y lo metieron en un mar de tierra. Escuchaba el eco de la tierra cayendo sobre el ataúd. Palazo a palazo. Una marea de arcilla que se fue apagando. La presión a su alrededor creció; sintió el abrazo del suelo, el abrazo final. Comenzó a gritar con desesperación, sintió que se le acababa el aire. Arañó el terciopelo que lo arropaba con furia hasta que sus uñas se quebraron.

Lloró, pidió ayuda, rezó, maldijo… Todo inútil. Nadie lo podía escuchar. Estaba dos metros bajo tierra. Fue entonces, después de esa tormenta de emociones, cuando arribó la calma. Y fue esplendorosa. Con los ojos más abiertos que nunca, en esa penumbra líquida, repasó su vida en esa muerte. Todo lo que había hecho y todo lo que no llegó a hacer. Recordó, principalmente, los momentos más felices de su vida. Perdonó y pidió perdón, y sintió cómo su cuerpo arrojó el lastre.

Horas después, cuando se abrió el ataúd, lo encontraron sonriente. Saludó a quienes lo veían con asombro y se levantó como nuevo, de un brinco, como un Lázaro hiperactivo con ganas de recuperar el tiempo perdido. Lo anterior lo experimentó Gabriele Romagnoli, un periodista italiano que contrató los servicios de una empresa coreana para que lo enterraran en vida. Narra este episodio en el esperanzador libro [i]Viajar ligero[/i], de la editorial Ático de los libros.

Romagnoli es director del canal deportivo temático RAI Sport y explica que Corea del Sur es el país con el índice de suicidios más alto del mundo: una media de 33 al día. Y que, para desalentar a los coreanos de quitarse la vida, se inventaron los falsos funerales. Grandes empresas como Samsung o Allianz pagan para que sus empleados pasen una jornada no en el trabajo, sino despidiéndose de ellos mismos, con la esperanza de que después no se suiciden de verdad. Una empresa, Korea Life Consulting, se encarga de organizarlo todo. Cuando Romagnoli contrató el suyo, esa empresa ya había celebrado 50 mil ritos funerarios. El de él fue el 50 mil uno.

Al salir de su ataúd, Romagnoli hizo un corte de caja, y calculó que las personas —tú y yo, por ejemplo— en su vida pasan una media de 23 años durmiendo, 20 trabajando, seis comiendo, cinco bebiendo y fumando, cinco esperando a alguien, cuatro pensando, 228 días lavándose la cara y los dientes, 26 jugando con sus hijos y 18 días haciéndose el nudo de la corbata. Sólo es feliz 46 horas. ¡46! Felicidad pura, intensa, extrema: la que hace que el estómago nos dé un vuelco, y que sea imposible borrarnos la sonrisa de la cara.

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El próximo 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, un azote que se ha ensañado con los estados de la península. Las adicciones, los problemas económicos y males mentales se combinan explosivamente en nuestra sociedad provocando un alto, altísimo índice de personas que se quitan la vida. Sin llegar al superlativo coreano, se ha informado que en 2015, 190 personas —144 y 46 mujeres— optaron por esta vía. En 2014, de acuerdo con reportes de la dependencia estatal, hubo 172 suicidios, de los cuales 143 fueron de hombres y 29 de mujeres ([i]Diario de Yucatán[/i]. Viernes, 12 de agosto de 2016). Este año, la situación es aún más grave.

Para el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, las entidades con mayor índice de suicidio son Aguascalientes (9.2), Quintana Roo (8.8) y Campeche (8.5). El 40.8 por ciento de los suicidios ocurre en jóvenes de 15 a 29 años.
En este escenario, que pinta para convertirse ya en un problema de salud pública, hay que plantearse nuevas alternativas. Tal vez el macabro emprendimiento al que se sometió Romagnoli puede ser una opción. Todo sea por esas 46 horas de felicidad por las que valen la pena esta y muchas vidas más.

[b]Mérida, Yucatán[/b]
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