Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Comunicación PRI
La Jornada Maya
Lunes 4 de julio, 2016
Perdieron las elecciones. Su presidente es el hazmerreir del país —y, al parecer, también de Estados Unidos y Canadá. Los secretarios de Estado están más preocupados por su futuro que por nuestro presente. Y a esa hoguera se le acaba de rociar combustible, con un nuevo gasolinazo. La autoestima de los priístas está en fuga.
El discurso que pronunció ayer el gobernador Rolando Zapata Bello fue el prozac que necesitaba su partido en Yucatán para salir de la depresión, de ese valle de lágrimas que se lee día a día en los titulares. Y él así lo dijo y se los mandó: se tienen que renovar, tienen que hacer cosas. “El triunfo que nos trajo aquí, ocurrió hace cuatro años; en cambio, la elección que determinará el valor y la calificación que la gente da a nuestro trabajo, está tan sólo a dos años de distancia”. Despierten.
Zapata Bello agitó a sus partidarios; los sacudió y los sacó de la marisma de su fatalismo, escondido en muchas ocasiones con festivas máscaras de soberbia y orgullo. Él sabe que si no se ponen a trabajar desde ahora el escenario que se acaba de registrar en otros estados del país se puede repetir en Yucatán. Ejemplos no faltan, basta con mirar a Quintana Roo.
La actual administración estatal ha demostrado ser una puntual, aceitada máquina; ha mantenido sus altísimos niveles de aceptación gracias a una estrategia que evita la distracción de los ciudadanos. El gobierno de Zapata Bello respira como Moby Dick. Si nos remontamos en este último año, podremos incluso escuchar las inhalaciones y exhalaciones del leviatán: el anuncio de las grandes obras, Escudo Yucatán… Y ayer.
En lo más cerca del suelo en lo que se ha encontrado este gobierno, Zapata Bello marca el inicio de su sucesión: los ases bajo la manga ya se gastaron; ahora toca el turno de los fuegos de artificio electorales. Y lo hizo de una manera muy clara, estableciendo responsabilidades y obligaciones. Él sabe que su partido sólo puede ganar si se mantiene unido, y la arenga de ayer, además de antidepresivo, fue un pegamento, un aglutinador. Llama la atención la petición a sus correligionarios de convertirse en contralores políticos de las administraciones de su partido. Ha visto cómo el tema de los “moches” ha perjudicado al PAN, y es muy probable que en las elecciones ese sea uno de los puntos débiles del rival a vencer. Dos años son suficientes para remediar —o encubrir— posibles contraataques panistas en ese sentido.
La vigilancia a la que apeló el mandatario estatal no sólo se refiere a los recursos, sino también a las actitudes: “Al partido también le toca vigilar que se destierre cualquier forma de prepotencia de las oficinas de gobierno, la soberbia y el servicio ineficiente”. Supo leer bien los resultados de las pasadas elecciones, donde fueron vencidos los reyezuelos de su partido que gobernaron tapiados con altos muros de desdén. “La soberbia, la indiferencia o el mal desempeño del funcionario de un gobierno el PRI, le cuesta al PRI”. Más claro, ni el agua.
También detectó el gobernador Zapata Bello que uno de los talones de Aquiles ha sido la comunicación, tanto interna como externa. Le pidió a sus correligionarios que “se comuniquen mejor con la militancia, que se comuniquen en el marco de la legalidad democrática con su partido, porque un gobierno que no tiene comunicación con su partido, es un gobierno que no entiende integralmente su trabajo”. Y su partido, añadió, tiene que convertirse en caja de resonancia. Lee bien el cambio que se está gestando en los medios, y es consciente que las tácticas que lo llevaron al poder están quedando obsoletas. Ya no basta con cooptar, elogiar o ignorar. Al escenario han irrumpido nuevos protagonistas que pueden determinar el triunfo… O el fracaso.
Vale la pena recordar la fecha, ya que es un parteaguas: el del domingo 3 de julio fue un discurso general, pero también personalísimo. Críptico pero claro. Dirigido a iniciados y a legos. Adornado con metáforas, cimentado en datos duros, como duros los dardos que lanzó: “El triunfalismo es de los necios y los soberbios; (…) el pesimismo, de los perezosos y los negligentes”. Este último capítulo de la administración rolandista nos confirma que es —y será— un gobierno que funciona a golpe de discurso, a ritmo de elocuencia. Palabras bien pensadas que habrán tardado en digerir los más de 5 mil priístas que asistieron al evento. Después del prozac, pepto.
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