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del

Huellas cohabitadas

Leer los tiempos
Foto: Facebook CECUT

Desde el mismo título, Autobiografía del algodón (Penguin Random House, 2020),que parece renunciar a la eufonía para sugerir que estamos adentrándonos en un texto académico, hasta el juego de espejos, que obliga al lector a un compromiso que no sabe bien a bien si ha sido buscado, Cristina Rivera Garza se adentra por brechas comarcales desconocidas. 

Son caminos difíciles que obligan a ir a trompicones y a caer en zanjas profundas de la propia memoria. Va acompañada de otra memoria, la que mantuvo el joven José Revueltas que habría de escribir El luto humano acerca de una huelga olvidada por la historia en una tierra que algún día remoto pareció un cielo lleno de nubes de algodón, lo que ahí se sembraba, y de la que ya no queda huella, cuyas cicatrices se preparan para ser nuevamente violentadas ahora por el fracking en busca de petróleo en lo más profundo de sus entrañas.

Por ahí va Cristina Rivera Garza en busca de la historia de los suyos porque sabe que es su propia historia y la de su hijo, quien la acompaña. 

Aún peor que rascar las entrañas para sacar petróleo, esas tierras, nos cuenta la autora que “los campos de algodón de antaño se habían ido convirtiendo en los campos de batalla más álgidos de la así llamada guerra contra el narco. Desde Mexicali pasando por El Paso, pero sobre todo alrededor de Matamoros, la tierra del algodón es ahora la tierra de la sangre y la tortura, la tierra de las fosas a cielo abierto, la tierra donde se siembran desaparecidos y se cosecha impunidad, desgracia, olvido”.

Estas peregrinaciones hacia las propias fuentes han sido características de autoras contemporáneas, a diferencia de otras muchas épocas, valdría decir de siglos, para los cuales borrar la historia personal de las mujeres y sólo dejar claras las de sus hombres (sean padres, maridos, hijos, incluso amantes) como puntos de referencia.

En la crónica de esa planta, que Cristina Rivera Garza decide convertir en autobiografía para imbricarse por completo, hay un momento fundamental, en toda la extensión de la palabra, el momento en que la autora de la Autobiografía del algodón, tras encontrar las actas de nacimiento de sus ancestros, puede “darle las noticias a Matías, mi hijo. Somos indígenas, le anuncié sin contratiempo como quien trae un regalo. Veníamos de la Gran Guachichila”, de esos imbatibles nómadas que recorrieron el norte de México y han sido prácticamente aniquilados.

Fundamental no sólo para ellos sino también para la genealogía de nuestro país por esos rumbos norteños tan mal entendidos y mal cartografiados, al grado de que ese lugar de una huelga donde coincidieron sus ancestros con el jovencísimo militante comunista José Revueltas de El luto humano se ha perdido, de la memoria, de los mapas y de nuestra historia.

Por Cristina Rivera Garza me entero de que el primer título que Revueltas pensó dar a su novela, en 1942, fue Las huellas habitadas. Ella lo glosa inmejorablemente: “La escritura, que no es sobre el regreso, sino el regreso mismo, abre así la posibilidad de la habitación y, aun más, de la cohabitación. Esa ardiente posibilidad. Esa verosímil pertenencia”.

Gracias a Revueltas como hilo de Ariadna, vuelve a una Estación Camarón hoy borrada de la memoria para cohabitar con los suyos y encontrarse a sí misma, para entregar a su hijo la herencia de unas huellas cohabitadas y para entregar al lector una crónica ejemplar que es espléndida literatura porque va, sin disfraces y sin descanso, a la raíz más profunda de lo que es también un país cuya historia nos ha sido arrebatada para entregarnos inverosímiles esquemas desgastados. 

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Foto: Twitter @crivergarza

 

Edición: Laura Espejo


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