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Pablo Cicero
Ilustración: Juan Gedovious
La Jornada Maya

Mérida
2 de abril, 2016

Dueñas de una lógica apabullante, mis hijas me recuerdan todo lo que he olvidado. Me di cuenta de eso cuando les leí El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. No es lo mismo leer este encantador librito solo, ya adulto, que hacerlo en voz alta, para que lo escuchen niños. Las extrañísimas preguntas que hace ese habitante de asteroide son, para ellas, las correctas, las normales; los arranques y las preocupaciones del protagonista son incluso previsibles. Y es así en donde confirmé el inmenso valor literario de esta obra.

Mis hijas tienen seis y ocho años. Todas las noches, se duermen con una historia que les lee su mamá. En una ocasión, ellas hallaron —como lo hallan todo, principalmente cuando lo escondo de ellas— un libro de El Principito, que yo había comprado. Estaba en francés, y aún así, encontraron fascinantes los dibujos. La pequeña, sin pedirme permiso —como siempre— se apropió de él y se lo llevó a su cuarto. Al día siguiente compré otra versión, ésta en español, ilustrada por Juan Gedovius. En la noche se los comencé a leer. La pequeña se llevó a la cama también el librito en francés, para comparar los dibujos. Y así comenzó una aventura extraordinaria. Para ellas y para mí.

Ya sea con tus hijos, nietos o sobrinos, te recomiendo la experiencia. Nos hemos acostumbrado a hacer de la lectura un acto íntimo; incluso, diría, egoísta, si ese adjetivo no tuviera connotaciones negativas. El Principito, mucho más que cualquier otro libro que le he leído a mis hijas, se convirtió en un diálogo, en un universo múltiple. Fue una especie de canalizador de sintonías, de traductor simultáneo… Hablé, como hace tiempo no lo hacía, en el lenguaje de los niños.

***
«¿Cuántas vidas te quedan?», le pregunté en una ocasión a una de mis hijas que estaba jugando el iPad. «Papá», me respondió seria. «No se trata de vidas… Se trata de des-tru-ir». Hijas, nos sólo de su mamá y mías, sino de su tiempo; nativas digitales, cuya vida será documentada en millones de fotografías que nunca se imprimirán. Ese des-tru-ir rondó por mi cabeza horas, días. Las tres sílabas me hacían cuestionar la pertinencia de aparatos como el iPad, y de mi responsabilidad como padre. Todo se esfumó cuando, al jugar veo veo con su mamá, se registró este diálogo:¿Qué ves?, preguntó la pequeña. Una cosita. ¿Y qué cosita es? Algo que te encanta. ¡Un libro!


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