Eduardo Lliteras Sentíes
La Jornada Maya

19 de febrero, 2016

Me dice un viejo amigo jesuita mexicano, al que conozco de muchos años atrás, desde los tiempos en que Ratzinger y el entonces papa Juan Pablo II intervinieron la orden de Loyola en México que, efectivamente, le fue entregada al Papa una carta de los familiares de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala.

Lo confirma de primera mano, ya que participó en una reunión privada en la Nunciatura de la Ciudad de México con el Papa Francisco, tres días antes de que concluyera su gira.

El grupo de jesuitas se reunió con el pontífice argentino y dialogó sobre diversos temas; incluyendo las desapariciones en México y, en particular, el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Me dice el sacerdote jesuita que el papa “nos oyó atentamente y recordó su propia historia con desapariciones en la Argentina militar. Le duele mucho ver a tantos padres que (en México) han perdido a sus hijos”.

Sin embargo, a pesar de dicho encuentro, del testimonio de primera mano de los jesuitas mexicanos, el papa Bergoglio no tocó el tema de los jóvenes estudiantes agredidos, muertos, desaparecidos brutalmente en México por policías, militares y autoridades civiles. Mucho menos se reunió con los familiares de los 43, como algunos esperaban que sucediera antes de que pisara territorio mexicano, para al menos dar aliento a quienes han sufrido el desdén y las mentiras de autoridades dedicadas a ocultar lo que en realidad sucedió en Iguala.

Todo indica que el papa, el grupo de cardenales que lo acompañaron de la curia vaticana, y el mismo portavoz, Federico Lombardi, habían acordado no abordar el tema con la delegación del gobierno mexicano con la que se negoció el viaje y agenda del máximo representante de la Iglesia católica.

La agenda pontificia en México, fruto de negociaciones de orden político, abordada en la Secretaría de Estado del Vaticano y en la embajada de México en Roma el año pasado, no incluía a los 43; como tampoco, a fin de cuentas, ningún tema, con nombre y apellido, que pudiera incomodar al gobierno mexicano, y nos referimos no sólo a sentarse a dialogar, por escasos minutos, con los familiares de los 43 normalistas, sino con los padres de los niños muertos quemados en la guardería ABC o con familiares de los numerosos luchadores sociales, ambientales e indígenas de México desaparecidos, asesinados o encarcelados. Mucho menos mencionar a las decenas de periodistas asesinados en México o a los miles y miles de feminicidios que han convertido al país en una fosa común.

De hecho, el papa se apegó rígidamente al guión, al grado de que algunos experimentados vaticanistas, como John Allen, mencionan el hecho de que Francisco, conocido por su elocuencia fuera de la rigidez de los discursos, se mantuvo leyendo lo que llevaba escrito en cada evento en México. Y nada más.

Ese pontífice argentino, conocido por su gusto de salirse del protocolo del Vaticano y su etiqueta, en México se mantuvo en la camisa de fuerza de los discursos que llevaba para cada evento. Y no añadió ni una coma, alguna alusión a nada que pudiera ser una referencia concreta a uno de los muchos hechos de violencia brutal cometidos en nuestro país, no sólo por delincuentes y narcotraficantes, sino por autoridades de todos los niveles y partidos.

El Papa no se salió del guión de sus discursos, pero tampoco del acordado para las entrevistas. Se codeó con los políticos, con el presidente, diputados, senadores, gobernadores, alcaldes y sus numerosos familiares, todos muy bien ataviados para la ocasión y la selfie. Pero no tuvo ni unos minutos para abrazar a las madres y padres de los 43. Como tampoco, a fin de cuentas, para salirse de las calles y plazas barridas, asfaltadas y pintadas para la ocasión, por donde lo llevaron.

Se le vio demasiado cercano a un gobierno y a un presidente ansiosos por utilizarlo para mejorar su malísima imagen. Y muy lejos del pueblo mexicano que exige justicia, un país mejor, menos violento y corrupto.

Y quizá en esto estriba el mayor error político, de cálculo, del Vaticano. El haber negado el saludo a los 43 y a muchos otros con el falaz y flaco argumento de que recibir a unos, es discriminar a otros. Como si eso no fuera, precisamente, lo que siempre hace el Vaticano y el papa, y lo que hicieron durante su visita en México: reunirse con políticos y empresarios en privado y dejar fuera al México agraviado, dolorido, pisoteado.

Quizá, precisamente por esto, muchos mexicanos desistieron de acercarse al papa, como se vio en el Zócalo de la ciudad de México el primer día, mientras saludaba al presidente en Palacio Nacional en un acto vacuo y vano.

Dice el vaticanista Andrea Tornielli, en [i]La Stampa[/i], en Italia, que la conferencia episcopal mexicana imprimió 800 mil boletos para todos los eventos papales, pero que fueron distribuidos apenas una semana antes y que mucha gente se quedó en casa por no tenerlos.
Quizá eso sucedió. Quizá, pero también es cierto como señala en el diario [i]Reforma[/i], Genaro Lozano, que muchos de esos boletos fueron repartidos en oficinas gubernamentales, pero no los quisieron los menores de 30 años.

México, no cabe duda, no es el que visitó el papa Wojtyla. Mucho menos lo es la capital de la República. En los estados los gobernadores sí se encargaron de la movilización de mucha gente, como suele suceder, aunque no la suficiente para llenar los eventos como admite Tornielli.

Lo cierto es que el presidente Peña Nieto, empezó su campaña teniendo un desaguisado en una universidad jesuita, precisamente, entre los jóvenes que lo rechazaron. Muchos de esos jóvenes, y otros muchos más, no simpatizan en lo absoluto con el presidente al que el papa dedicó tanto tiempo de su agenda. Ni con los políticos a los que estrechó manos y con los que posó en público y en privado. Esa es la explicación más plausible, sin menospreciar el cerco sanitario tendido alrededor del pontífice por el Estado Mayor Presidencial.


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