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Morir de amor o indiferencia

Esa historia fue 90 años atrás, pero Antonieta sigue viva
Foto: Reuters

Alicia Ayora

Me niego a creer que Antonieta Rivas Mercado se mató por amor; uno se mata o se muere por tanta indiferencia, esa que arrastra a la soledad. Si, esa que una mujer pudo experimentar al encontrarse sola en una sociedad retrógrada, machista; tiempo menos complicado para sobrevivir, siempre y cuando se viviera bajo la sujeción invisible, pero más difícil por la soledad que una mujer adelantada a su época pudo experimentar ante el dominio, tutela y autoridad del hombre, frente a una lejana existencia de sororidad en la cultura mexicana hace 90 años. El día que Antonieta con tan sólo 31 decidió dispararse en la iglesia de Notre Dame, la revolución en México apenas cumplía 2 décadas de haber detonado el estallido de radicales sueños sociales, sueños de miles de mujeres que se sumaron a ella, pero en el que pocas impugnaron las injusticias que vivían por el simple hecho de ser mujeres. 

Estaba llena de ese amor sumiso por Vasconcelos y no fue correspondida. Es triste no poder negar la realidad de que sus cartas fueron de amor, claro, leídas desde la idea del amor romántico que adorna a la mujer con cualidades que la subyugan: delicadeza, sensibilidad, abnegación, compasión, perspicacia y ternura, sometimiento, al puro estilo de la epístola de Melchor Ocampo. Prefiero leerlas desde la idea de que el amor, es ese sentimiento que surge de la equidad, igualdad, respeto, cuidado, en el valor y reconocimiento hacia el otro, cualidades borradas por el monstruo patriarcal, el pensamiento machista. 

Esa historia fue 90 años atrás, pero Antonieta sigue viva. Cualquiera de nosotras puede ser ella.

Con la extraordinaria actuación de Sol Ochoa y bajo la dirección del Maestro Nelson Cepeda Borba, quienes tuvimos la oportunidad de estar en el estreno de la Obra ¿Antonieta…o el suicidio? de una u otra forma vimos reflejado nuestro amor de alguna vez o quizá el de ahora, así nuestra inteligencia y capacidad desvalorizada, la sed feroz de emancipación, reconocimiento, equidad, respeto. Sacudieron brutalmente la consciencia de todos y cada uno de los presentes. 

El arte, en este caso el teatro, es una forma exquisita y nada sutil de representar una realidad existente. Si no se mira una ahí, puede ver a las otras, así a los otros. Fue liberador dejar que salgan mis lágrimas y que el temblor convulso del pecho delate el profundo dolor que me causa la historia y este presente que aterra a las mujeres, despertar a muchas les está costando la vida. 

Gracias infinitas a Borba Teatro y a Sol Ochoa.

[email protected]

Edición: Ana Ordaz


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