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Eduardo Lliteras Sentíes
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Lunes 10 de septiembre, 2018

El gobernador Rolando Zapata Bello realizó un panegírico de sí mismo durante el llamado último informe de su gobierno, a días de dejar el cargo. En solitario, sin algún funcionario de su gabinete a su lado, únicamente de fondo enfermeras y médicos del nuevo hospital materno infantil, se dedicó a alabarse y asegurar que ahora quiere ser como cualquier hijo de vecino, con la “cara al sol”. No fue un informe, sino una justificación de sí mismo, y claro, de su gobierno aderezado de cifras y de advertencias para el gobierno entrante de Mauricio Vila, el que deberá, según dijo, ceñirse a lo hecho hasta ahora, porque “Yucatán va bien”, según versión del Ejecutivo yucateco. Vila deberá concluir todas las obras inacabadas que le dejará de herencia, para empezar.

Como el presidente Enrique Peña Nieto, al que se muestra leal hasta el último minuto de su mandato, Rolando Zapata Bello tiene una versión acrítica y edulcorada del estado que gobernó seis años, quizá porque se informaba leyendo los boletines publicados y dados a conocer, no gratuitamente y sí con un enorme costo que ha ocultado de forma sistemática.

Como el presidente saliente, habló de un nuevo estado de ánimo social (principal legado, dijo, de su gobierno) y aseguró que “hemos cumplido: las cosas no son perfectas, pero sí estamos mejorando”, afirmó.

Es un intento, a última hora de dejar una versión imperecedera de su gobierno, grabada en metal y concreto, que sea duradera, en un mundo donde lo duradero no existe, anunció nuevas obras y mencionó las que le deja a Vila de tarea para concluir. Pero más que el juicio de la historia, al que hizo referencia, el juicio que enfrentará Rolando Zapata, será el del pueblo yucateco, al que agradeció por haberlo puesto al frente de sus destinos en los últimos seis años. Ese juicio aún está por verse, pero basta con hablar con los ciudadanos de a pie, para saber qué se piensa de este gobierno que dijo haber abatido la pobreza extrema a niveles históricos, y que le gusta compararse con Islandia, Canadá o Bélgica, naciones con las que no tenemos nada en común, más que flotar en el inmenso universo en el mismo planeta, cual diminuto grano de arena en las playas inmarcesibles del tiempo y del espacio.

El gobernador dijo que es el mismo Rolando Zapata Bello de siempre, sobrio, de vestimenta austera, de gustos sencillos, serio y respetuoso, pero se le olvidó que no gobernó en solitario, y que el hábito no hace al monje: son numerosos los casos de enriquecimiento de funcionarios, muy cercanos a él, que no tienen nada de sobrio, y sí mucho de impunes. Su promesa, realizada el primer día de su gobierno, de combatir la corrupción, quedó incumplida, y por eso no la mencionó en su último panegírico.

Presumió que el estado tiene una economía creciente, que hoy a Yucatán le está yendo bien, que tenemos índices de paz similares a países como Canadá o Bélgica, que según el Coneval tenemos un mínimo histórico en pobreza y que Yucatán es más igualitario y más justo. Es el discurso priísta de siempre, basado en las engañosas y manipuladas cifras que contrastan con la sórdida miseria que no ha parado de crecer en los grandes centros urbanos yucatecos y que está a la vista en Progreso, Kanasín y Mérida, por mencionar tres. Y que son el eficaz caldo de cultivo de la descomposición y delincuencia que ya se sienten en el estado.

Rolando –quien se integrará en la dirigencia del PRI a nivel nacional– fue muy claro en señalar al gobierno entrante que debe continuar por el rumbo de la narrativa rolandista, sin desviarse un milímetro. Aún más, insistió en que no hay grietas en el llamado Escudo Yucatán, otro de los pilares míticos del gobierno saliente que hace agua por todos lados, como es vox populi.

Eso sí, se llenó la boca de frases vacías y de gracias, que suenan a burla: dijo que con “valor democrático” le doy “las gracias también a mis críticos por que un gobierno con buenos críticos siempre verá a través de una óptica divergente oportunidades para esforzarse más y ser mejor gobierno”.

Críticas que de forma sistemática se buscó silenciar. Un sello de su gobierno, precisamente, fue la intolerancia a la mínima crítica, el ánimo represor de sus funcionarios, la censura y el manotazo contra quien se les opuso, tras bambalinas, en lo oscurito. Así como la impermeabilidad a toda irresponsabilidad evidenciada. Ningún funcionario dejó su cargo, todos los secretarios se mantuvieron en sus puestos, hasta el último día.

[i]Mérida, Yucatán[/i]
[b]@infolliteras[/b]


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