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Giovana Jaspersen
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Viernes 17 de agosto, 2018

Entre los delitos, los que involucran al poder y la dominación llevan una cuenta aparte en el atropello a los derechos humanos. Pero cuando se trata, además, de menores, un delito va más allá y se convierte en realidad inenarrable de crueldad.

Este miércoles despertamos y la prensa contaba terrible historia que nos hacía entrecerrar como reflejo los ojos, sin siquiera haberla tenido frente a nosotros, reaccionábamos desde el escozor.

Una niña (¡niña!) de 9 años, salió de su casa en el sur de Mérida el martes 14 de agosto en torno a la las 22 horas para ir a la tienda, a tan sólo 50 metros de su domicilio. En el camino de regreso a su hogar fue interceptada en un baldío por un hombre que intentó abusar sexualmente de ella. Frente a la resistencia, la acuchilló en el cuello y las costillas. Un vecino escuchó gritos y al ver el forcejeo se acercó, la niña logró escapar y llegar a pedir ayuda a la tienda, de la que partió sana y volvió malherida; mientras el propietario trataba de ayudarla, los vecinos golpearon y capturaron al agresor para entregarlo a las autoridades. La ambulancia tardó -difícil pensar en un tiempo más lento que marca la espera de ayuda-, seguramente esos 25 minutos fueron años luz en quienes la veían sangrar. Sangre de niña, de herida social y monstruosidad. Finalmente, se dejó la espera: el dueño de la tienda subió a la niña a su camioneta y, con su madre, fue a ingresarla a la T1. La pequeña hoy es una sobreviviente y se recupera, pero la herida queda, no sólo en ella.

Los titulares dijeron “Niña de ocho años es apuñalada por resistirse a abuso sexual” (LJM) “Acuchillan a niña tras intentar abusar de ella en el sur de Mérida” (SIPSE); “Niña de 9 años fue atacada en el fraccionamiento Villa Bonita” (DY); entre varios más. La historia, con mínimas variaciones, parece haber quedado ahí; lo que no se dijo, pero sabemos, es que en el estado más seguro de la república, nuestras niñas tampoco están seguras.

La nota no relata el miedo, la incomprensión, ni la pena; la información nunca lo hace, necesita de nosotros para poder ver. Necesitamos reaccionar y relacionar el caso en nuestra memoria y recordar otros titulares de los últimos meses como los del 22 de julio: “Mujer descubre a su pareja violando a su hija de 10 años en la madrugada” (Yucatán ahora); “Padrastro violador de menor en Kanasín es encarcelado” (La Verdad); “Maestro de Mérida violaba a niñas de segundo de primaria” (La Verdad); “Detienen a maestro de primaria por abusar de sus alumnas” (DY); etc. No se trata de un caso, sino del mal, en su más rotunda manifestación.

Las muestras se presentan en aislado y son notas, casi bloqueadas por el escabro. Cuesta tanto hablar de eso que se deja, y el dolor parece que no nos permite pensar que no nos puede seguir sucediendo; que tenemos padrastros violando niñas, vecinos haciendo lo mismo, e incluso maestros que ven presas en sus alumnas de segundo de primaria. ¿Qué nos pasa? ¿Quiénes somos si no podemos salir en su defensa? Si permanecemos congelados frente a la barbarie, ésta habrá de devorarnos en el silencio de no pronunciar; y esto no soluciona nada, ni la pena que nos provoca nuestra propia especie.

Cada una de ellas son razones por las que necesitamos política pública urgente, volver a educarnos y comprender que no se puede normalizar la violencia. Hay que hablar de ello por doloroso que sea, darles voz a cada una y a tantas más de las que ni siquiera conocemos la historia; pero hay que hacerlo desde las acciones.

Tenemos que enfrentar a los mayores monstruos para reconocer que la educación sexual no es factor de juicio moral sino necesidad inminente para poder transformar el futuro, para defendernos y distinguir claramente el bien y el mal. Que la visión de género debe de ser transversal y desde todas las instancias; que nos urge reescribir la historia y visibilizar, honrar y transformar. No podemos dejar sola a una niña más frente al presente y lo que de él hemos hecho, pues el silencio es también acción.

La negativa de la alerta de violencia de género en el estado de Yucatán no quiere decir que todo esté bien, esto es una muestra más de tanto camino por andar. No violan a una niña porque el monte esté crecido, las calles obscuras o los inmuebles abandonados; lo hacen por descomposición social y porque culturalmente la posesión y el poder del cuerpo ajeno se naturalizó. Violan porque preferimos callar las historias impronunciables antes que confrontar el problema y buscar cómo sanar esta terrible enfermedad. En eso no hay perdón, y tampoco debiera existir el olvido.

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