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del

Felipe Ahumada Vasconcelos*
Foto: Fernando Eloy
La Jornada Maya

Viernes 15 de junio, 2018

Está a punto de ponerse en juego el honor patrio que las televisoras y sus fieles seguidores han depositado su confianza en el empeine de los integrantes de la Selección Nacional.

Cuando la identidad nacional y el patriotismo están en primer plano, es importante tratar de repasar el análisis psicológico desde varias perspectivas, para entender aquello del “quinto partido”.

La Psicología del mexicano ha sido objeto de reflexión y estudio desde 1934, con la publicación del libro “El perfil del hombre y la cultura en México”, de Samuel Ramos. A ese clásico siguió la obra de Santiago Ramírez, Francisco González Pineda, Octavio Paz y Rogelio Díaz Guerrero. Filósofo el primero, psicoanalistas los dos siguientes, hombre de letras el cuarto y psicólogo el último.

Con todos los riesgos que supone una síntesis y como una invitación a su lectura, podríamos decir que Samuel Ramos propuso que el carácter del mexicano provenía de un complejo de inferioridad. Producto de una cultura que se le impuso por la conquista. Despreciada su lengua y su religión y atenido al influjo europeizante, el nativo vuelto ahora mexicano por la fusión de dos sangres, surgió falto de identidad, ni indígena, ni español, y aprendió a ver desde su condición de debilidad el modelo del mundo occidental al que pronto se ciño, como un mecanismo de defensa.

Hoy todavía se repite el modelo vivo en quienes desprecian lo propio y ya no miran más al viejo continente, sino que incluyen al vecino distante y tienen en las Vegas, en Houston y en Miami su más lejano y anhelado horizonte. El mexicano de Samuel Ramos entonces, pudiera sentir como una traición a su nuevo conquistador, meterle un gol, ganarle un partido, por eso su destino difícilmente llega y no rebasa los octavos de final.

Para Santiago Ramírez y González Pineda, el ser del mexicano subyace en aguas profundas, en el vientre materno, en la imposición del falo que ostenta el padre, en el deseo que se frustra, en el gol que no mete porque su complejo de Edipo lo hace incapaz de una penetración al sacrosanto himen de la portería resguardada por un padre celoso.

Octavio Paz desde su perspectiva de poeta y ensayista nos explica al mexicano a partir del laberinto de la soledad, una soledad nacida nuevamente de la falta de identidad, nacida de la pérdida de las raíces indígenas y la imposición de una cultura ajena. Es ese hombre, triste y solo que se debate en sus símbolos, se mira en sus alebriges y estalla con sus
cohetes voladores. Es quizá, según lo interpreto, una casa vacía, una fiesta interrumpida, un ser para sí, ni para el aplauso, ni para el estadio.

Con Díaz Guerrero renace el optimismo, el mexicano capaz, el nuevo occidental aferrado al desarrollo.

Para Díaz Guerrero la psicología describe ocho tipos de mexicano entre los que destacan el mexicano con control externo pasivo y el mexicano con control interno activo.

El primero, el de control externo pasivo, está dominado más por su entorno, lo mueve no su íntima voluntad sino el premio y el castigo que administra un agente distinto a él, de modo que en el arca abierta es un corrupto, frente a la mujer un dudoso varón disfrazado de macho, frente a la portería un mercenario que no mete gol porque ante la imposibilidad de la transa, pues no avanza, aquél que de acuerdo a esta, nuestra interpretación, nunca debe ser llamado a calzarse los tacos ni a ostentar los colores patrios.

El mexicano de control interno activo, por el contrario, se mueve más por su vida interior, que por el ambiente externo. “se adapta fácilmente a las circunstancias, se caracteriza por ser obediente, afectuoso, complaciente, cuando estas conductas sean adecuadas, puede ser rebelde si es necesario. Reúne en suma lo mejor de la socio cultura mexicana y se rebela a sus defectos”.

Esta llamado a la disciplina, al esfuerzo, aprende a mandar porque sabe obedecer, está llamado a formar filas entre los delanteros, a tirar a gol sin prejuicios ni complejos, porque asume que la portería es la meta, el portero un rival a vencer, su destino es el triunfo. Tiene un sentido casi mítico de la amistad, de la solidaridad, del equipo.

Ya veremos el domingo cuántos de estos hay en la selección, en la nuestra o en la Alemana.

Escritor y poeta
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