Foto: @serpervil

El sexoservicio en los tiempos del COVID-19 está en crisis económica: los consumidores son menos por la falta de ingresos y no por cuestiones de salud. Anteriormente había hasta 30 personas diarias en espera de ser atendidos, y ahora no llegan ni a cinco.

La Supermanzana 66 –ubicada en la  zona conocida como El Crucero–, las inmediaciones de la unidad deportiva Fernando “Toro” Valenzuela, una parte de las regiones 92 y 93, así como la avenida Yaxchilán y los alrededores de Plaza las Américas, son los puntos de prostitución más conocidos en Cancún.

El oficio más antiguo del mundo es tolerado por las autoridades en la Supermanzana 66, en donde la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), desde los tres últimos meses, ha montado una discreta vigilancia para que las cosas no se salgan de control.

Hay vigilancia en puntos estratégicos las 24 horas del día, porque el sexoservicio en la zona no descansa; las mujeres ofrecen sus caricias en las puertas de las cuarterías donde operan, lugares en los que son “protegidas” y sólo atienden al cliente ahí, nunca salen de la zona.

Rafaela es una mujer madura que dice tener 50 años, originaria de Veracruz; dice que por un servicio básico la cuota es de 200 pesos, y el promedio de tiempo con el cliente no pasa de 40 minutos. En caso de que haya un pedido especial, la cifra va en aumento y el pago es por anticipado.

De mayo a la fecha, los fines de semana apenas logra la suma de 500 pesos libres para ella teniendo que atender a cinco personas. El resto del dinero es para el administrador de la casa donde trabaja, pues no puede hacerlo por su cuenta ya que no habría quien la cuide.

Anteriormente lograba reunir hasta cinco mil pesos un fin de semana, dinero con el que podía salir de sus compromisos y todavía le quedaba dinero para darse un pequeño gusto, pero ahora se da por bien servida si por una noche logra 200 pesos.

Hombres y mujeres ofrecen sus caricias por cuotas que parten de los 150 pesos y dependiendo del servicio solicitado la cifra puede llegar hasta 700, cuando la contratación es en la calle.

En el caso de las que trabajan para una agencia como acompañantes, el pago es de dos mil pesos para poder salir, y la mujer u hombre decide si quiere llegar “más allá” con el cliente, ganancia que no es reportada en la agencia.

Sobre la avenida Kabah, límite de las Regiones 92 y 93, hay casas con letreros que dicen “ABIERTO” u “OPEN”, los cuales indican que son casas de citas; ahí las mujeres no se ofrecen en la puerta, sino que los clientes llegan solos o por recomendación.

En las inmediaciones de la unidad deportiva mencionada, entre las avenidas Miguel Hidalgo (Ruta cinco) y Francisco I. Madero (Ruta cuatro), hay presencia de hombres y mujeres dedicadas al sexoservicio callejero.

Hombres jóvenes y atractivos también caminan discretamente por Malecón Américas sobre la avenida Bonampak, donde sus servicios son contratados por mujeres maduras principalmente, quienes pagan una tarifa mínima de mil pesos por una hora.

Los puntos en los que hay un mayor número de homosexuales dedicados a la prostitución están en la Supermanzana 67, cerca del Toro Valenzuela, y aún quedan unos cuantos en avenida Yaxchilán y calles aledañas al parque Las Palapas, cerca del palacio municipal.

Entre quienes se dedican a este oficio están desde jovencitas que aún no cuentan con credencial de elector, hasta de quienes están cerca de cumplir medio siglo; las razones varían, pero coinciden en no haber elegido ese modo de vida por gusto.

La cifra real de quienes ejercen la prostitución en Cancún es desconocida por las autoridades; manejan 200 personas, con base en las tarjetas de salud que expedidas por los Servicios Estatales de Salud de Quintana Roo (Sesa), documento que revisa la Dirección Municipal de Protección Civil; cuando hacen operativos en bares y discotecas, debe ser presentado por las “meseras” que ahí laboran.

La presencia de quienes se dedican a la prostitución es tolerada por las autoridades hasta cierto punto, al darles esas tarjetas de salud, previo chequeo médico sobre la presencia de enfermedades venéreas o de Inmunodeficiencia Adquirida, pero a las que trabajan en la calle nadie les exige dicho documento sanitario.  

En el olvido

Los apoyos de despensas, tarjetas de alimentos o reparto de equipo sanitario para evitar el contagio por COVID-19 no han llegado a esas personas, quienes no han dejado de trabajar.

Ninguna de ellas cuenta con cubrebocas o careta transparente para protegerse de un contagio mientras ofrecen sus servicios; los usan únicamente cuando van de compras por alimentos.

Organizaciones civiles que antes las apoyaban en cuestiones de salud no se han acercado a la zona; la única ayuda que han recibido de forma desinteresada ha sido la de un comedor comunitario en El Crucero.

La Dirección de Salud Municipal informó haber recorrido la zona de tolerancia para invitar a la población a tomar las medidas sanitarias pertinentes, pero desconocen si otra autoridad ha estado en ese lugar.

Labor de convencimiento

“Al cliente lo conquistas, te elige o te lo asignan, paga el servicio que quiere, si es el tradicional no hay contacto visual, y pocas veces nos vemos las caras, los dejamos que hagan su chamba, el condón se lo damos nosotras o a veces vienen preparados, y una vez que terminan cada quien a lo suyo”, comentó Rafaela.

De acuerdo con la entrevista, el uso de los preservativos es decisión de cada una de ellas, al igual que protegerse la boca y nariz o el contacto con los clientes sin un aseo previo; todo va en consecuencia de ganar dinero y ahora los clientes son contados.

Oficio devaluado

El ganar dólares y mucho trabajo fueron las palabras que hicieron a Rafaela dejar su natal Veracruz, y probar suerte en Cancún hace 30 años. Los primeros años el trabajo eran muy bien pagados, y las propinas que recibía de los turistas eran muy buenas, dinero que no supo cuidar; hoy se arrepiente de no haber ahorrado.

Los años pasaron, los jóvenes con estudios llegaron a desplazar a los trabajadores sin preparación profesional, con la edad perdió la figura y belleza, intentó trabajar como mesera en restaurantes del centro de la ciudad, pero el salario no era suficiente.

En una ocasión un señor le ofreció salir a pasear con él y sin pensarlo aceptó la propuesta; esa invitación le abrió la puerta para compaginar su trabajo con “pequeñas salidas”. Poco a poco decidió dejar de servir mesas y dedicarse al oficio, porque le dejaba más dinero.

Actualmente las ganancias son menos; sus cuotas son de hasta 150 pesos para poder sacar un poco de dinero, porque la mitad de lo que gana debe dejarlo en la casa donde la dejan operar; sus clientes dejaron de ser hombres adinerados o con carro, y ahora son trabajadores de la construcción en su mayoría.

Rafaela no tiene planes de retiro porque a su edad difícilmente la contratarían, tampoco tiene un plan de pensión por los años de trabajo en la zona hotelera; lo único que le queda es seguir adelante en su oficio, hasta que las fuerzas se lo permitan. Nunca tuvo hijos y su familia le dio la espalda hace muchos años, cuando descubrieron que vendía su cuerpo.

Las invisibles

Mujeres como Rafaela son fantasmas para la sociedad; para muchos ocupan los peldaños más bajos, son señaladas por dedicarse a la prostitución, y no tienen voz para las autoridades.

Sin embargo, su dinero vale y circula dentro de los comercios de la ciudad, cuando compran ropa, calzado, maquillaje, accesorios, parte de su vestuario de trabajo, alimentos; además pagan servicios, y algunas, la educación de sus hijos.

Son ciudadanas comunes, personas con sentimientos y necesidades que sólo buscan sobrevivir.

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Edición: Elsa Torres