Foto: Juan Manuel Valdivia

“No puedo darte cifras”, dice Catalina con un tono de frustración en su voz, pero la realidad ahí está: son muchas las mujeres de los altos de Chiapas que migran a otras partes del país en busca de mejores ingresos económicos, pero no hay registros ni estadísticas, por lo que no se les toma en cuenta, son prácticamente invisibles.

De la zona de los altos van mucho a Cancún, la Riviera Maya, a Campeche, a lugares turísticos y se dedican a la venta de artesanías; son las familias tzotziles las que más han migrado”, destaca, pero en las zonas turísticas también son invisibilizadas, pues padecen situaciones que vulneran sus derechos humanos. “Hay quien ni siquiera puede comunicarse, porque no habla español”.

Catalina Hernández Girón es originaria de Tenejapa, Chiapas y hablante de la lengua tzeltal. Forma parte de la mesa directiva de la coordinadora nacional de mujeres indígenas en ese estado y durante 23 años ha trabajado en el tema de género en las comunidades indígenas.  

En su día a día, se enfrenta con diversas trabas para realizar su labor: muchas mujeres no hablan por miedo, otras por pena o porque no entienden la lengua. Es un abanico de problemáticas que debe enfrentar diariamente.  

“Registro o estadísticas como tal no tenemos, pero sí testimonios que nos han compartido algunas y el comentario en común es que se van para allá en busca de oportunidades, a veces van por un periodo y se regresan, por ejemplo cuando es temporada de maíz están aquí y cuando termina se van a trabajar, es como un complemento, también hay familias que no han regresado”, relata.

Menciona que la mayoría de las mujeres migrantes “se van solas, pero eso es porque son madres solteras, mujeres con pareja no salen solas, normalmente lo hacen con el cónyuge”.  

La pandemia ha golpeado fuertemente la economía de estos pueblos, que normalmente salen a vender lo que producen y “esta situación de no poder salir e ir a las ciudades sí ha afectado. A la mujer es a la que le ha tocado cuidar a los enfermos, los hijos, los esposos…”

No hay números precisos, destaca, porque las activistas locales no cuentan con recursos suficientes “y ahora con la pandemia no podemos hacer mucho, pero es un tema que nos interesa porque vemos esa necesidad de trabajar con ellas”.

Otro obstáculo es que “a veces las mismas mujeres nos ignoran (…) sí es frustrante, cuesta penetrar en la comunidad, lograr cambiar mentalidades e implantar la idea de que las mujeres podemos salir adelante”.

Agrega que aún hay temas “que siguen siendo tabú”; pone como ejemplo que recientemente han detectado un incremento de casos de VIH en las comunidades, “pero nadie quiere hablar de eso. A veces es el esposo el que migra y cuando regresa las contagia; hemos sabido de casos donde son las jovencitas las que han salido y vuelven con alguna enfermedad. Queremos revisar estos temas para poder trabajar con ellos”.

Un tema cultural

En Chiapas existen 12 pueblos originarios; tzeltal y tzotzil son los más grandes. La participación de la mujer en la vida social sigue siendo escasa “y eso lo podemos ver en los diferentes espacios públicos, como ayuntamientos, escuelas, y esto tiene que ver con la idea de que la mujer solo debe estar en la casa. Esa formación cultural que traemos se refleja ahí”. Terminando la educación secundaria o la preparatoria, son pocas las que siguen sus estudios y justamente una de las opciones es la migración.  

“En los altos de Chiapas sí hay municipios que han logrado tener alcaldesas, pero ahora lo que está pasando es que hay mucha simulación: oficialmente aparece en el documento que es una mujer pero realmente no ejercen. En esos municipios crearon la figura del presidente por usos y costumbres (que es un hombre), que no existía antes, era un presidente y nada más, pero al entrar la ley de paridad de género la cumplen en el papel, pero quien gobierna realmente es ese presidente por usos y costumbres. Es una simulación”, manifiesta.

El papel de la autoridad, destaca, es permisivo y propicia la misoginia: “ellos mismos lo permiten, cuando en sus eventos públicos invitan al hombre y no a la mujer”.

No sólo el género se convierte en un obstáculo, también el color de piel; la mayoría de los representantes populares son personas de tez clara, pese a la gran cantidad de población indígena.  

“Hay una colonización de la mentalidad, lo que provoca que no se hayan elegido personas indígenas en cargos de elección popular, siempre son minorías las que mandan, en los distritos federales inscriben a personas que no son de la región. Estamos en la lucha para que esos espacios sean realmente para los pueblos indígenas”, afirma y asegura que la corrupción sigue siendo un factor determinante para que la ley sea letra muerta.

“Es muy poco lo que podemos hacer, lo que estamos haciendo es trabajar con las jóvenes, empujar desde ahí con ellas para lograr esa participación social... A nosotros nos comparten las herramientas y los conocimientos en español, tenemos que digerirlos para poder transmitirlos a la población”, concluye.

Edición: Elsa Torres