Carlos Águila Arreola
Cancún
21 de octubre, 2015
Una década después, el huracán Wilma no sólo sigue siendo el desastre natural más costoso de México, sino el que dejó la lección física más dolorosa, al mismo tiempo que sentó las bases para la protección civil, que actualmente sitúa a Quintana Roo como referente a nivel mundial.
El 21 de octubre de 2005, Wilma tocó tierra con vientos de 280 kilómetros por hora, lo que dejó un millón de damnificados en el país, de acuerdo con cifras oficiales, así como cuatro víctimas. En Haití dejó 12 muertos; en Cuba, otros cuatro; en las Bahamas una persona murió, y en Estados Unidos dejó un saldo de 31 decesos.
Fue el primer ciclón en la historia nombrado con la letra “W”, y el tercero en gestarse en un mes de octubre, así como el más intenso registrado en el océano Atlántico, pues cobró una fuerza descomunal en sólo 24 horas, al pasar de categoría dos a la cinco (la máxima en la escala Saffir-Simpson).
Wilma se llevó la arena, destruyó muelles y hoteles, arrancó árboles de raíz, arrasó con postes y todo tipo de estructuras. La población quedó a oscuras: 205 torres de transmisión quedaron retorcidas como manojos de alambre, y más de cuatro mil postes quedaron en el piso. Las pérdidas para el sector superaron los 200 millones de pesos.
Al final, las autoridades federales estimaron las pérdidas en aproximadamente mil 752 millones de dólares (alrededor de 30 mil millones de pesos) y una afectación a más de 800 mil hectáreas de selva.
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