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Mozart continúa su viaje a la eternidad: el público del Palacio de la Música ovaciona su concierto desde Mérida

A más de dos siglos de su muerte, el genio de Salzburgo mantiene su popularidad en las salas de concierto del mundo

Mozart continúa su viaje a la eternidad: el público del Palacio de la Música ovaciona su concierto desde Mérida
Foto: Jesús Mejía

Mozart, Mozart, Mozart. A 235 años de su fallecimiento, sus obras siguen escuchándose en las salas de concierto con gran afluencia del público, como ocurrió este fin de semana en el Palacio de la Música, donde la Orquesta Sinfónica de Yucatán y solistas presentaron el Concierto para Flauta y Arpa del genial músico de Salzburgo.

Lo mejor de las creaciones musicales permanecen en el repertorio y en la memoria, en tanto que la producción musical de consumo va a la basura o al olvido. Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sigue su viaje hacia la eternidad, ya que sus más de 600 composiciones continúan siendo un referente artístico en los auditorios de todo el mundo.

Mientras las nuevas generaciones, fanáticos y seguidores se extravían en la llamada cultura de masas, otras audiencias prefieren las composiciones más elaborada como las del periodo clásico. Es el caso de las partituras de Mozart, un prodigio, quien escribió su primera obra a los cinco años, un Minueto y trío en Sol mayor (catalogado como KV 1).

El público asistente quedó cautivado con las intervenciones alternadas y a dúo de la arpista estadunidense, Ruth Bennet, y la flautista yucateca Andrea Herrera, quienes mostraron las cualidades de esa obra maestra fruto del talento natural del compositor.

Es uno de los dos conciertos dobles que escribió el músico de Salzburgo en 1778 durante un viaje a París por encargo Adrien-Louis de Bonnières, duque de Guînes, quien era flautista y tenía una hija arpista que recibía de Mozart lecciones de composición. 

En la interpretación del concierto, dirigido por Alfonso Scarano, obra de 775 compases en tres movimientos, el Allegro, Andantino y Rondeau-Allegro, la dupla de solistas dispuso de un tamiz orquestal para sostener un diálogo musical alternado entre el trémulo de las cuerdas del arpa y la dulzura de las notas de la flauta.

En el clasicismo prevalece la perfección y eso es lo que el autor dejó a las futuras generaciones como prueba de una partitura estructurada en su armonía, melodía y ritmo, enriquecida con el virtuosismo de los concertistas, algo que falta mucho en el mercado actual de la música. 

En vida, el músico reunió multitudes con sus representaciones operísticas y en sus múltiples apariciones que constituyen su herencia musical: 41 sinfonías –aunque se le atribuyen 60-, 23 óperas, 25 conciertos para piano y orquesta y cinco para violín, además de los conciertos escritos para todos los instrumentos.

De estilo inconfundible, Mozart no sólo vive en las innumerables grabaciones de orquestas y músicos en pleno siglo XXI, sino convoca a concertistas a difundir sus obras y sigue siendo una de las estrellas del firmamento musical que brilla en las salas de recitales y en el solaz esparcimiento de los melómanos. 

Para los seguidores de los clásicos de la literatura, la OSY abrió su presentación con la Obertura Romeo y Julieta de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893), obra inspirada en el drama de los amantes de Verona del dramaturgo inglés, William Shakespeare, estrenada en 1870 en Moscú.

En 20 minutos el autor ruso logró envolver al público en la atmósfera de un conmovedor idilio, junto con la tensión derivada de sus familias enfrentadas, los Montesco y los Capuleto, y el destino trágico de los enamorados, historia que influyó también Sergei Prokofiev, Charles Gounod y Hector Berlioz.

Sin partitura de por medio, guiado sólo por la memoria, el maestro Scarano cerró con broche de oro el programa con la Sinfonía No. 9 en Mi menor, Op. 95 del Nuevo Mundo de Antonín Dvořák (1841-1904), obra que consta de cuatro movimientos con duración de 45 minutos.

Para escribir la partitura, el compositor checo retomó durante su estancia en EU, de 1892 a 1895, elementos musicales de los pueblos originarios de Norteamérica y de los afroamericanos, algo que despreciaron los colonizadores, además de que desempeñó cargos de dirección en el Conservatorio y en la Orquesta Filarmónica de Nueva York. 

Por ello, dicho estreno ocurrido el 16 de diciembre de 1893 en el Carnegie Hall de Nueva York marcó un hito en la historia de la música clásica, ya que la obra, recibida con entusiasmo por el público y la crítica de fines del siglo XIX, se convirtió en símbolo de la música clásica estadunidense. 

El público de Mérida, en parte integrado por residentes estadunidenses en esta ciudad aplaudió de pie la versión presentada por la orquesta.

Edición: Ana Ordaz



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