José Juan Cervera
Ilustración: Chakz Armada
La Jornada Maya

30 de julio, 2015

La memoria colectiva tiende a registrar más fácilmente los nombres de los personajes ilustres que la trayectoria con que cada uno de ellos labró su inclusión en el panorama histórico. En el primer caso, se trata de una recepción pasiva, cuando nos familiarizamos con la denominación que se aplica a un espacio común o a un objeto visible en nuestra vida cotidiana: una escuela u otro edificio público, un monumento, una distinción de honor…

En cambio, la construcción de un conocimiento en el campo de la historia implica el esfuerzo dirigido a apropiarse de una información, cuyos elementos constitutivos suelen figurar dispersos en múltiples fuentes, y los transformamos al relacionarlos entre sí, asignándoles un nuevo sentido. En este proceso, el discernimiento permite ampliar nuestras nociones previas sobre los vínculos que se tienden entre los individuos y su sociedad. Esta influencia mutua confiere características singulares a cada tiempo y lugar.

Los yucatecos reconocemos sitios emblemáticos, como el más importante teatro de la capital de nuestro estado, designado con el nombre de un escritor nacido aquí, quien ejerció un papel fundamental en la renovación del teatro mexicano del siglo XIX, cuando pasó a residir en la capital del país. Se hizo amigo de otro autor, éste potosino, que se convirtió en una de las figuras que más lucimiento han dado a la poesía nacional.

Ambos fueron dramaturgos y poetas, e incursionaron en otros géneros, aunque su recuerdo esté asociado más a alguno de ellos. Con quince años de diferencia entre el nacimiento de uno y otro, la amistad unió a José Peón y Contreras y Manuel José Othón; un espléndido y perdurable testimonio de ello es el poema Noche rústica de Walpurgis, que el segundo dedicó a aquél, a quien hace alusión directa en el primero y en el último de los veintidós sonetos que lo componen, todos ellos dotados de una sonoridad singular y de imágenes estremecedoras, así como de un profundo acento místico y de una factura conceptual deslumbrante.

Aunque Othón vivió de cerca el despliegue del modernismo en México, e incluso colaboró en su revista más importante, prefirió no ser identificado formalmente como uno de los representantes de este movimiento, a los que incluso criticó, a pesar de compartir con ellos muchos rasgos que hoy obligan a estudiarlo en interacción con tan destacados creadores.

El conjunto de sonetos recrea paisajes y presencias agrestes, atmósferas emotivas, figuras mitológicas y tradiciones europeas y mexicanas valiéndose de una profusión de recursos técnicos y estilísticos, tras abrevar en una copiosa cultura letrada y en la narrativa oral de variados pueblos. Su lectura remueve temores atávicos y transmite visiones imperecederas, condición que lo sitúa, junto con Poemas rústicos (1902), libro del que forma parte, entre las obras que honran la herencia humanística de una República en la que, a pesar de las adversidades, sus hijos pueden construir lazos tan duraderos como los que la inmortalidad artística consagra en bien de toda la civilización.

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