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Gloria Serrano
La Jornada Maya

24 de julio, 2015

Me gustan las palabras porque con ellas inventariamos nuestros intereses y le asignamos múltiples significados a cada pieza del inmenso rompecabezas que es la realidad. Cuando digo “alfeñique”, pienso en mi abuela materna y en sus ojos, por los que pasó mi infancia completa. “Huitlacoche”, inevitablemente me hace recordar la vida agitada y fresca en el altiplano, tan distinta de la húmeda y parsimoniosa del sureste. Toda la médula de la película El ciudadano Kane (1941), dirigida, escrita y protagonizada por el genio de Orson Welles, la podemos encontrar en una palabra, Rosebud, la marca de un viejo trineo y el símbolo más contundente de la niñez perdida de su protagonista.

Las palabras pueden contener un mundo. Su fuerza impositiva hace que detrás de ellas se oculten vivencias personales únicas e historias colectivas irrepetibles que permanecen discretas en nuestra memoria, esperando que un día decidamos rencontrarnos con ese pasado que le dice a uno quién es y quiénes lo han forjado. En Yucatán, hay dos palabras que pelean contra el olvido, dos sencillas palabras que caminan solitarias por el sendero de la nostalgia, que hablan un lenguaje distinto al digital y que remiten más que a una ciudad, al ser de sus habitantes. Recuerdo que cierto día pasé por aquella centenaria construcción pintada de colores rojo y amarillo, ahora desteñidos por el fulminante sol de la península, por la llegada de los refrescos de cola y por un conflicto laboral, sin saber que en su interior aún se encuentran las polvosas huellas de la empresa fundada en 1880 por el capitán José María Pino Rusconi, originario de Islas Canarias, y su hijo José María Pino Domínguez, La Yucateca, después conocida como Embotelladora de Refrescos Pino, SA de CV.

Sidra Pino. Dos palabras que también remiten a la Pino Negra, el “champagne yucateco”, que ahora con El soldado de chocolate – bebida emblemática en los tiempos en que la vida en Mérida era otra– se han convertido en una suerte de patrimonio cultural intangible. Dos palabras que definen una época y que se cuelan de tantos modos en las conversaciones cotidianas, que su vigencia en el imaginario social es innegable, a pesar del cierre de la planta en 2010. Dos palabras que al nombrarlas refieren mucho más que un tipo de gaseosa y una planta conífera. Decir Sidra Pino implica hablar de los migrantes que llegaron al sureste, como el empresario libanés Halim Gáber, quien en 1965 adquiere la embotelladora que luego habrían de heredar sus hijos; y conlleva mencionar, además, los relatos de los 117 trabajadores que dejaron de percibir un sueldo y en 2011 iniciaron una huelga que se hace presente mediante el insistente boteo que 50 de ellos aún realizan por las calles de la capital yucateca.

En un inicio, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social ofreció capacitarlos durante tres meses para que aprendieran oficio y así pudieran conseguir otro empleo, asunto que no resulta fácil ya que en la mayoría de los casos se trata de personas de la tercera edad, gente cuya vida transcurrió en el interior de la planta produciendo, en cada bebida, un fragmento de la identidad yucateca. En 2012 se decía que ascendía a casi 3 millones y medio de pesos la cifra que debía pagar Víctor Erosa Lizárraga, último propietario de la empresa, por concepto de salarios caídos; una deuda que aún no ha sido saldada. Y es aquí, entre lo justo y lo legal, entre el avance de las dinámicas globales y la pérdida de las costumbres locales, y entre lo anecdótico y lo sustancial, donde aparece incisiva una narración cuyo valor va más allá del monetario.

Precisamente esta crónica es la que Murmurante Teatro ha intentado rescatar a través de Sidra Pino, vestigios de una serie, proyecto artístico bajo la dirección de Jorge Vargas y Juan de Dios Rath, con la dramaturgia de Noé Morales Muñoz que, apoyado por el Fondo Nacional de Creadores de Arte (Fonca-Conaculta), desde hace un año se viene presentando en diversos espacios escénicos y ahora lo hará el próximo 12 de agosto. Una puesta en escena que registra el hecho histórico, documenta el testimonio y confirma el potente repertorio simbólico de dos sustantivos que, unidos, dan cuenta del modo de mirar de una comunidad: Sidra Pino.

No cabe duda que la cultura genera conciencia y reflexión. En este sentido, el trabajo de Murmurante Teatro es, además, una invitación a valorar el poder del pensamiento y la capacidad de construir desde las emociones, que se expresan con palabras que dotan nuestra vida de significación, como Sidra Pino. En efecto, las palabras no sólo describen el estado de las cosas o enuncian un hecho. Supongo que por este tipo de cuestiones, el filósofo británico John Langshaw Austin se preguntó cómo hacer cosas con las palabras, y el escritor francés Michel de Montaigne dijo que “la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha”. No digo más, aquí les dejo su mitad.

[h1]Sobre Murmurante Teatro[/h1]

Fundado en 2008 por Ariadna Medina y Juan de Dios Rath, este colectivo escénico recién participó en la Cuadrienal de Praga 2015, en la categoría de objeto, con la pieza Una botella de Sidra Pino. En próximas fechas estarán de gira por ciudades de Campeche y Yucatán con Manual de cacería, estudio escénico sobre la violencia.

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