Daniela Tarhuni *
La Jornada Maya

24 de julio, 2015


"Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales”, sentenciaba Eduardo Galeano en su magistral artículo El imperio del consumo. Y añadía: “esta gran borrachera universal (el consumo) parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio”.

Y esta borrachera se refleja prácticamente en todos los ámbitos de la vida diaria, especialmente en la alimentación. El desperdicio de alimentos, la distribución de los mismos y la cantidad y calidad de lo que consumimos es tema de especial atención.

Las cifras parecen sacadas de un cuento terrorífico. Según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), mientras 870 millones de personas pasan hambre, el mundo desperdicia cada año mil 300 millones de toneladas de alimentos. El año pasado, el Banco Mundial señaló que en México se desperdicia más de la tercera parte de los alimentos que se producen anualmente, proporción que duplica la media que prevalece en la región de América Latina y el Caribe.

Esta es la realidad del mundo en que vivimos: 54 por ciento del desperdicio de alimentos se produce en las etapas iniciales de la producción, manipulación y almacenamiento post-cosecha, mientras que el 46 por ciento restante ocurre en las etapas de procesamiento, distribución y consumo.

Con el propósito de denunciar el desperdicio, inspirar e invitar a la gente a que frene su consumo y demostrar que es posible vivir fuera de este sistema, en lo individual hay varios ejemplos mediáticos (que seguramente no son los únicos): Rob Greenfield, aventurero, activista ambiental y emprendedor estadunidense, se sumergió en los basureros de su país al hacer un recorrido en bicicleta, supliendo cerca de 70 por ciento de su dieta con lo encontrado entre la basura, sumando un total de 127 kilos de comida en más de 7 mil 500 kilómetros recorridos.

En Europa, el francés Baptiste Dubanchet recorrió el año pasado Luxemburgo, Bélgica, Países Bajos, Alemania, República Checa y Polonia, alimentándose exclusivamente con lo que encontraba en los basureros de los negocios. En su recorrido denunció que muchos de ellos se negaron a darle alimentos, alegando que lo que había en la basura no era apto para consumo humano, y a veces cubrían con alambre de púas los basureros para que la gente no pudiera obtener nada de ellos.

Otros, como la alemana Heidemarie Schwermer, vive exitosamente sin dinero desde 1996, gracias al trueque de servicios por bienes. A sus 73 años de edad se ha convertido en todo un referente de la causa, al igual que Mark Boyle, autor del The moneyless manifesto, el libro que ha bautizado al movimiento de los sin dinero.

El asunto va más allá de ser amigables con el medio ambiente, se trata de adoptar un estilo de vida anticonsumista, empleando estrategias alternas de vida que den lugar al freeganismo, término que fusiona free (en el sentido de ser libre respecto del sistema financiero) y veganismo (entendido como el repudio a todo producto o servicio que implique sufrimiento o muerte de animales), aprovechando todos los residuos del consumismo: desde alimentos hasta muebles, ropa y todo tipo de objetos para el hogar, reduciendo el consumo a cero. Las experiencias de esta práctica ya se dan en varios lugares del mundo, de manera colectiva o individual.

Los cosechadores y yo (Agnes Varda, Francia, 2000) retrata la vida de los recolectores contemporáneos que han resignificado la tradición de los antiguos cosechadores europeos como estrategia de supervivencia o, bien, como franca rebelión contra el despilfarro que impone el Imperio del consumo. En el documental Living whitout money, la alemana Schwermer nos invita a alejarnos del dinero y del consumo superfluo.

En México, la Asociación Mexicana de Bancos de Alimentos, AC integró una red de más de 60 bancos en todo el territorio nacional, que sólo el año pasado rescató poco más de 117 mil toneladas de alimentos ciento por ciento aptos para consumo humano, cuyo beneficio alcanza a más de un millón de mexicanos.

En el banco de Mérida rescataron, de enero a junio, 574 toneladas de alimentos procedentes de empresas, productores y tiendas de autoservicio. De acuerdo con Javier Rosado Ucán, jefe del área de recaudación del banco, los alimentos recuperados se canalizan mediante el armado de platos nutrimentales que se entregan a la comunidad o a instituciones como asilos u otros comedores, así como a colaboradores del banco que reciben, a cambio de su apoyo, alimento.

La lógica es simple y abrumadora: mientras más comida se tire, más comida adicional tendrá que comprarse o producirse. Mientras más rápido desechemos muebles, aparatos electrónicos, ropa, no habrá, citando a Galeano, “naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta”.

@nyxsys
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* Daniela Tarhuni es comunicadora de la ciencia. Trabaja en el Centro de Investigación Científica de Yucatán.


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