Armando Eloy
Ilustración: Chakz Armada
La Jornada Maya

20 de julio de 2015

Lo peor de la gota es vivirla como si fuera penitencia.

A veces quienes padecen esta enfermedad crónica (hiperuricemia), piensan que esos terribles dolores son una especie de castigo divino por el abuso en goces paganos como el comer y el beber.

Creo que asumir ese martirio como una sentencia refuerza el sentido de culpa y acentúa el estrés. Hace que el enfermo pague por adelantado una cuota de sufrimiento, que lo acompañará cuando se le ocurra nuevamente tomarse un tequila o comerse una cochinita pibil.

Hay registros tan remotos de la gota como papiros del Antiguo Egipto y textos de Hipócrates. Famosos gotosos fueron Enrique VIII y Luciano Pavarotti. También Pancho, el de Ramona en las tiras cómicas de Frank Johnson. Se le ha llamado la “enfermedad de los reyes”, no sólo por el monarca de la casa Tudor, sino por su relación directa con el consumo de jamones, chorizos, carnes rojas, camarones y langosta, además de bebidas como la cerveza y el vino tinto.

Según mi experiencia, se puede vivir con la tranquilidad de que la enfermedad se controla con un consumo moderado o bajo del menú prohibido, una dosis diaria de alopurinol y la ecuanimidad suficiente para evitar que las turbulencias de la vida diaria dominen el estado de ánimo de la persona.

El problema es la crisis que estalla cuando algo se sale de control: nos pasamos en el consumo, nos olvidamos de la pastilla o el estrés nos agobia (las tensiones personales, me han dicho siempre los médicos, impulsan el ataque).

La primera impresión que tengo de la crisis gotosa es que acabo de recibir un martillazo en el pie derecho. Un poco más tarde aparece una punzada justo a un lado del dedo gordo y la zona se hincha y se pone roja y caliente. El mejor remedio conocido hasta ahora es la colchicina. Puede que en seis horas el dolor decaiga sensiblemente y que en medio día casi haya desaparecido. A las 24 horas quizás habrá pasado por completo.

Pero no todo es tan sencillo. Si uno no tiene la colchicina a la mano, el tofo (o cristal que se forma con ácido úrico precipitado) estará presionando terminales nerviosas y hará cojear a la persona, le impedirá caminar o de plano la tumbará en cama. Si pasan horas sin tratamiento, el dolor puede ser tan brutal que es imposible tolerar el roce de las sábanas o ponerse de pie. Si el medicamento se toma a los primeros síntomas, la crisis cederá pronto, pero a costa de efectos secundarios. Pueden ocurrir náuseas, diarreas y vómitos fulminantes, aunque no siempre se presentan.

Al paso del tiempo el paciente logra detectar los síntomas de manera temprana (cuando aparece el golpe de martillo). Pero lo mejor es no dejar llegar la crisis. Cada quien sabrá cuánto puede beber sin arriesgarse, cómo hacer para no olvidar el alopurinol del día y, sobre todo, cómo evitar que los problemas comunes se nos conviertan en daño personal. Es mala idea seguirle el ritmo a José Alfredo y ahogar las penas en alcohol. Es mejor pasar los conflictos con una dieta muy sana.

Ya habrá tiempo para levantar la copa cuando la vida vuelva a sonreír.

Sobre esta enfermedad tengo presente el consejo de mi doctora: “Lo que comas o bebas en compañía de alguien que te quiere, nunca te hará mal”.


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