Giovana Jaspersen
Ilustración: Chakz Armada
La Jornada Maya

15 de julio, 2015

Alguna vez alguien me pidió que contara cómo era Yucatán. Sintiéndome corta al intentar verbalizar, me descubrí inmersa en un saco de instantes que, mucho más allá de ser ideas claras, eran sensaciones que se dispersaban en mi memoria al intentar asirlas.

Pasaron por mí, en segundos, la sonoridad de la lengua maya y su rítmica; el olor a leña en la cocina del traspatio en alguna comunidad del oriente; el calor de las láminas utilizadas en la construcción del [i]pib[/i] en una ceremonia para “curar” la milpa; las horas de contemplación frente a los “mosaicos” del Puuc; el barullo en la “bajada” de los cristos articulados para la representación del Viacrucis; el Castillo de Chichén Itzá tatuado en la cabeza afeitada de un migrante; la fresca sensación del mármol de la escalera de un palacio afrancesado en la yema de mis dedos, y otra gran cantidad de imágenes sonoras y en movimiento que para mí eran tan descriptivas como todo el resto.

Este proceso, que pasamos siempre que se nos pide hablar de algo, parece ser especialmente fuerte al hablar del patrimonio cultural, debido a que en tal caso el viaje por nuestra memoria se narra en dos sentidos: el de lo que percibimos, y el de nosotros y nuestra historia al encuentro con ello.

Respecto de lo que percibimos, hay que considerar que la popularización del tema del patrimonio cultural en años recientes ha dado por resultado que éste, en ocasiones, se dé por entendido y se aleje de la comprensión de muchos. Si nos acercarnos a sus definiciones primarias, buscando desenmarañar un poco los hilos que cubren el núcleo, podemos ver, por ejemplo, que se suele dividir el patrimonio cultural en relación con su (in)materialidad, comprendiendo así lo tangible como los objetos museísticos, sitios históricos, edificaciones prehispánicas, etcétera, y lo intangible, como las tradiciones, la música, la danza, las lenguas. Habría que reflexionar si en verdad se puede dividir hoy en día el patrimonio cultural de esta manera.

Los enormes saltos en la percepción y estudio del patrimonio en nuestros días dejan ver que al parecer esta división ha quedado pequeña y que la limitante de la materialidad, en no pocas ocasiones, ha dado por resultado la parcialidad en el estudio del patrimonio. Esto, por dejar de lado el valor del conjunto que conforma el patrimonio cultural, tanto material como inmaterial en sí mismo.

Probablemente la única forma de comprensión que hoy resulta viable es como un todo de atribuciones, valores y formas que dan sentido a un conjunto; una unicidad que incluye la materialidad, sí, pero que adquiere nuevas dimensiones a partir de sus valores intangibles.

Así, el patrimonio cultural, como han coincidido varios autores, es en sí mismo poseedor de ambas dimensiones. Los objetos se convierten en patrimonio por la valoración que se les da (universo simbólico intangible), y las expresiones intangibles utilizan medios materiales (como soporte y medio de registro y difusión). De esta forma, la música y la partitura, la escultura y la religiosidad, la danza y el traje, los objetos prehispánicos y su significado, forman conjuntos y no pueden ser independientes. Justamente como conjunto es que quedan anclados en nuestra memoria e interactúan con nosotros.

Cuando viajamos en la memoria, las diversas partes del patrimonio se han anclado en diferentes sentidos; por ello, al intentar describirlo, el recorrido es sensorial y se convierte en espacio de encuentro y desencuentro, con nosotros y con lo que recordamos u observamos.

De esta forma, podemos decir que la riqueza patrimonial deriva no sólo en la variedad de manifestaciones y las partes que la conforman, sino también en las miradas e historias a través de las que se observa y se narra nuestro patrimonio, siendo tan dinámico y cambiante como las personas mismas.

* Restauradora de bienes muebles, con estudios en gestión cultural.


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