Enrique Martín Briceño
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Mérida
7 de julio, 2015

El general Salvador Alvarado, quien hace un siglo comenzó la demolición del injusto orden social que imperó en Yucatán durante el porfiriato, tenía una aguda conciencia del peso de los signos. Así lo sugieren la importancia que concedía a su retrato –según recuerda Martín Luis Guzmán en un pasaje de El águila y la serpiente– y no pocos de los hechos que propició durante su gobierno, entre ellos la singular transformación formal y funcional del palacio arzobispal que dio origen al Pasaje de la Revolución y el Ateneo Peninsular.

La presencia de mestizos meridanos en ámbitos antes exclusivos de los blancos fue uno de los signos del nuevo orden promovido por el gobierno revolucionario. Así, en la luneta y los palcos del lujoso Peón Contreras –el “teatro de los ricos”, según Ermilo Abreu Gómez– comenzaron a verse hipiles, rebozos y alpargatas, ante el escándalo de los concurrentes blancos, que, por lo menos al principio, mostraron su indignación abandonando el recinto.

Otro ejemplo lo ofrece la celebración del primer aniversario de la llegada de las fuerzas constitucionalistas a Yucatán, según se relata en la rara Monografía de la Sociedad Paz y Unión (1952). De acuerdo con esta fuente, Alvarado invitó a los presidentes de las sociedades coreográficas mestizas Paz y Unión y Recreativa Popular a festejar el acontecimiento con un gran baile. Los representantes de aquellas asociaciones titubearon ante la propuesta (se veían a sí mismos como una suerte de aristocracia de la clase mestiza y en buena medida participaban de la visión de los blancos). El general se contrarió:

“[…] si les mandé a hablar es porque considero que son ustedes trabajadores y no creo que ustedes estén con los capitalistas que tanto les han explotado”. El presidente de Recreativa, viendo al general disgustado, le dijo: “General, es que no tenemos casa”. Y con una sonrisa el general les dijo: “La casa la tienen; van a dar el baile en donde se lucieron los reaccionarios: en el local del Liceo de Mérida”.1

(El Liceo era la asociación recreativa que reunía a lo más granado de la sociedad meridana –los “comerciantes al por mayor”, según Abreu Gómez– y se distinguía por el lujo y la ostentación de sus actividades. En el exclusivo local de La Lonja Meridana era donde daban sus bailes, a los que sólo tenían acceso socios e invitados, todos ellos blancos, mientras el pueblo “gustaba” desde la calle.)

Así pues, una noche de marzo de 1916, en los resplandecientes salones de La Lonja, se escucharon, como siempre, cuadrillas, lanceros, valses, mazurcas, danzas y danzones. Sin embargo, en los pisos de mármol resonaron esta vez las alpargatas de los mestizos, y las lunas francesas reflejaron no las pieles, los vestidos y las joyas comprados en París, sino los ternos y los rosarios de filigrana de las mestizas meridanas. Con cuánta satisfacción habrá contemplado el general Alvarado aquella metáfora del triunfo del pueblo mestizo sobre la oligarquía. Con cuánto horror habrán visto los socios del Liceo de Mérida aquel signo inequívoco de los nuevos tiempos…

Cien años después, La Jornada Maya apuesta por dar un lugar en sus páginas a la lengua originaria de la península yucateca. Ante la escasísima presencia del idioma maya –la variante lingüística indígena con mayor número de hablantes en México– en los ámbitos públicos, K’iintsil pone ante los ojos de mayas y no mayas las consonantes glotalizadas y las vocales largas, rearticuladas y glotalizadas de esa lengua hablada por 800 mil personas en Yucatán, Campeche y Quintana Roo. Frente a la añeja invisibilización del idioma y la cultura autóctonos, La Jornada Maya les abre sus páginas para que lleguen a diario a miles de personas.

No faltarán quienes reaccionen como aquellos que se levantaron de sus asientos y abandonaron el Peón Contreras hace cien años. Otros verán con regocijo la lengua de sus padres y abuelos en letra de molde, como el orgulloso empleado que recibió el primer ejemplar de prueba en el aeropuerto de Mérida o el voceador que, entusiasmado, dijo que se lo daría a leer a su chichí. Y muchos quisiéramos ver en estos signos el anuncio del futuro intercultural que merecen el pueblo maya y todos los peninsulares.

1 Paulino Vinajera, Monografía de la Sociedad Paz y Unión, Mérida, s.e., s.f. (1952), pp. 25-26.


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