La Jornada Maya

Andrés Silva Piotrowsky

2 de mayo, 2015

A pesar de las dos generaciones que la separaban del habla de la maya y de que su padre había decidido castellanizar su apellido, llevando el lacónico y metafórico Ek (que lo mismo anuncia negrura que estrella) a la derivación arbitraría y unívoca de Lucero, Lluvia, que ya había mostrado desde muy pequeña su rebelde personalidad, apenas cumplidos los 18 decidió retomar su estirpe plantándose frente al escribano del registro civil para declarar y exigir que ella se llamaba Lluvia Ek y que así debía figurar en su acta de nacimiento.

La prematura decisión de su madre de destetarla desarrolló su talante voluntarioso. Para reforzar el desapego del seno materno, acondicionó el cuarto trasero de la casa, provisto con una cuna más parecida a una jaula que al lecho de ensoñación que se pretende para los niños. No hubo barrotes que disuadieran a la niña, quien aún sin caminar franqueó el cerco, apareciendo de pronto al borde de la hamaca marital. Había trepado y saltado el vacío, buscando a gatas el chuchú del que arbitrariamente la habían privado. A la sorpresa de sus padres le siguió la convicción de que esa niña sería gimnasta, cirquera o, cuando menos, limpiavidrios.

Fue en la prepa donde a su afán por desafiar la gravedad con las acrobacias que sorprendían a compañeros y maestros se le sumó la necesidad de poner a prueba el equilibrio de su espíritu. Durante toda su estadía en el colegio constató que esos otros estados de conciencia propiciados por la cannabis no eran del todo ajenos a las percepciones logradas después de una sesión intensa de barras paralelas o del sometimiento a dos horas y pico de trote continuo. Ya como brillante estudiante de química, elevó su rango de experimentación transitando por la cuerda floja de la mescalina, la psilocibina y el ácido lisérgico. Terminó con notas sobresalientes su carrera, con la sensación de tener un pie en una realidad y otro en otra.

Una tarde, bajo el efecto para entonces ya casi inocuo de la mariguana, observaba caer la lluvia sobre los charcos del patio; la forma en que el agua golpeaba al agua, las pequeñas astillas luminosas que se desprendían de esa diminuta colisión, tan transitorias, tan efímeras, le dieron la dimensión de su nombre y la remitieron a la misma fugacidad de la existencia. Llegó a la conclusión de que de esas experiencias aparentemente banales pueden desprenderse grandes decisiones. Por eso reconsideró la ridícula propuesta que había recibido días antes para contraer matrimonio con un ex compañero de escuela y dejó de parecerle tan descabellada. Sentía, de pronto, la necesidad de hacer base, de tocar tierra, de dejar de hacer piruetas. En poco tiempo se convirtió en mujer a bordo de camioneta que va por los niños a la escuela, que en las tardes practica los quehaceres de las buenas conciencias de la clase media meridana: bordado, obras pías y organización de festivales escolares. Se convirtió en una extensión de las decisiones de su esposo y de la responsabilidad social a la que obligaba su entorno.

Sin embargo, años después, en plena madurez y exigencia de sus potencias amatorias, y con el consiguiente desabasto carnal que traen los años al matrimonio, tras muchas tardes de ardua convivencia, de compartir recuerdos, deseos no revelados antes, coincidencias y confesiones de experiencias de desenfreno juvenil, esa mano la tocó de tal modo que de inmediato la hizo reparar y preguntarse sobre la causa y el destino de la caricia; se disipó cualquier duda cuando el contacto se prolongó más allá de la afección amistosa, aventurando los dedos en zonas más sensibles de la piel. Un latigazo fulminante, una especie de descarga eléctrica la retrajo a su nada lejana juventud, cuando giraba por los aires y permutaba los estadios de su espíritu. Pensó en cuántas veces había desafiado ella su propio equilibrio, pensó en aquella tarde en que su nombre cobró sentido al ver la lluvia caer sobre la lluvia, pensó en el sentido de la estabilidad y en la condición efímera de todo. Sus pensamientos se entrecortaban pues aquella mano, aquellos dedos, se habían multiplicado por toda la extensión y profundidad de su cuerpo. Pensó en lo parecido que debió ser aquel momento de su primera rebeldía, cuando saltó de su cuna, a ese instante en el que una multitud de impulsos la recorrían y penetraban, dándole la certeza de que la vida es un constante saltar al vacío y que el único deber es asumir las consecuencias de nuestras evoluciones, dejando atrás los prejuicios del entorno y los convenios sociales. Por eso se dejó invadir por el frenesí de los dedos que ya la habitaban, por eso saltó al abismo que le ofrecieron los ojos oscuros de su compañera de tantos años de bordado y se dejó vencer por el inesperado deseo quemante que ya le estaba comiendo las entrañas.


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