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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Sin importar qué tan amplio sea el horizonte de opciones, él siempre terminaba pidiendo lo mismo:

- Un caldo de pavo, por favor.

A veces jugaba con el suspenso y la tensión:

- Me traes unas… No, no, ¿sabes qué?, mejor un caldo de pavo. Gracias.

Otras ocasiones, las más, llegaba absolutamente decidido:

- Sin el menú está bien. Tráeme un caldo de pavo, por favor.

Pero de pronto, miraba la carta por largos minutos, como quien revisa, después de mucho tiempo, un librero viejo y conocido para ver qué libro se han llevado y antojarse de él, sabiendo bien que de estar ahí, jamás lo tomaría.

- ¿Por qué? ¿Por qué pides siempre lo mismo? Y además, si ya sabes qué es lo que quieres, ¿por qué pides la carta y te haces al interesante?
- Bueno, ya, déjame, quizá algún día pida otra cosa.
- No, por favor, cuidado con tus amenazas.
- No te burles de mí.

Él encontró puerto seguro en la rutina desde que era un niño, un extraño gusto por la prolijidad de la monotonía que anula todo riesgo de emociones inesperadas y de ansiedades invasivas. Todo en su vida tenía un orden que con el tiempo se había perfeccionado: siempre iba primero el zapato izquierdo y jamás el pie derecho debía tocar el suelo hasta no estar completamente calzado, los botones se abrochaban de arriba hacia abajo, nunca se entraba a la regadera sin haberse cepillado los dientes y el primer cuadrito de papel iba, invariablemente, directo al bote de basura. En el sexo, la disciplina militar con la que se ponía los condones y el control absoluto que antecedía a sus eyaculaciones era algo que ella había encontrado irresistible y fascinante al principio, fascinación que con el paso de los meses se fue diluyendo y con los años se tornó insoportable y luego, con el préstamo recreativo de algunas pasiones, tolerable.

- ¿Sabes?, al principio transgredirte me parecía emocionante, la virginidad de tus hábitos me seducía, deseaba penetrarla, hacerla pedazos, invadirte con mi caos, internarme violentamente de la única manera que me sería posible, vi quizá en ello la ridícula forma de violentar estos roles que de pronto la sociedad, de pronto el cuerpo, nos han impuesto; y el intento, te confieso, fue sumamente excitante porque me sentía potente. Sin embargo ahora... ahora solo me da flojera. Pero te quiero, me acostumbré a nosotros y me cuesta dejarnos. Algo de ti me ha invadido.
- Es momento de que madures, el mundo no es todo pasión y espontaneidad, mucho menos caos. Necesita control, estabilidad y certeza para que funcione.
- Una máquina…
- Come, luego se enfrían las tostadas y te enojas.
- Te enojas tú, dirás.
- Eres tan inteligente y ocupas esa inteligencia para nada, para pensar sin parar y sufrir. Eso me preocupa mucho.
- A mí lo que me preocupa es que tu inteligencia se desperdicie con ese pragmatismo que no te deja respirar.
- A ver, es que es muy simple, ojalá lo entendieras. Los pensamientos que no te sirven para algo práctico, no te sirven para nada. Los desechas, listo. Si yo le diera vueltas a todo lo que aprendo, descubro, conozco y pienso todos los días, mi cerebro sería una licuadora de estupideces que no me llevarían a nada. Si yo pensara en todo aquello que me hace sufrir, entonces me invadiría la tristeza y con eso el descontrol y perdería la calma. Si un día me permitiera verte mientras duermes o me diera el lujo de fiscalizar tus sonrisas espontáneas tan evidentemente ajenas a mí...
- ¿De qué me hablas?

El caldo de pavo, insípido y ya frío permanecía intacto, con la cuchara hundida en toda su palidez. Él se perdía en sus pensamientos, la respiración se hacía cada vez más agitada, una especie de sobresalto se podía percibir en un incipiente temblor de labios.

- De ti. Tú crees que no tengo idea, pero lo sé todo. Son los detalles los que desconozco y no me interesa conocer.

La tensión invadió el ambiente.

- ¿Si me entiendes? Sería absurdo hablar sobre ello. Funciona, nos funciona, nos mantiene en paz.
- ¿Desde cuándo lo sabes?
- Desde que empezó, el año pasado, en el verano, ¿no?

Sobre el caldo frío, él exprimía limones, revolvía todo con la cuchara y volvía a exprimir. Los sonidos de mesa los rescataban de naufragar entre esos mortales silencios que acompañan a las verdades dolorosas.

- Fue en el segundo viaje que hice a Guadalajara, ¿cierto?
- Sí.

Los limones que se encontraban en la mesa se habían terminado, había una pequeña taza con salsa de chile habanero que a lentas cucharadas fue vertida toda en el caldo.

- No te lo vas a poder comer, ya no sigas…
- ¿En dónde se ven?

El caldo, de modo evidente, era ya indigerible, imposible de consumir, una sopa fría de especias, salsas y limones en una constante y suave agitación.

- ¿También se ven cuando no viajo? ¿Se ven cuando estoy en la ciudad? Deja de mirarme así, ni siquiera me permites descifrar esa mirada. No es enojo ni tristeza lo que hay en tus ojos. Ahora miras al vacío para que no te descifre, ¿por qué no dices nada?
- Vámonos ya, pidamos la cuenta.
- Respondes y no dices nada.
- ¿Se lo pongo para llevar, joven?
- No, gracias. La cuenta, por favor
- ¿Ves? Y tú, sin embargo, ahora que no dices nada, lo has dicho todo, lo mismo, lo de siempre.

Esa noche, el camino a casa fue tranquilo, con el sosiego de la resignación. Ningún silencio fue permitido, los mismos comentarios de domingo fueron hechos con ligeras variantes: los nuevos semáforos de Montejo son horribles, la ciudad sin gente se ve más bonita, lo risible de los policías que duermen la cruda y el aburrimiento en las esquinas y la evocación de algún recuerdo de la infancia de alguno de los dos. En la casa, la alarma debía ser programada a las siete para el lunes, había que recordar ir al súper el martes, sacar la basura el miércoles, hacer el amor el jueves, organizar algo divertido el viernes, emborracharse el sábado y, por supuesto, ir a comer un caldo de pavo el domingo y mirarse a los ojos sabiendo sin nombrar, porque en esa ciudad lo que no se nombra no existe, los que ahí habitan son maestros en el arte ancestral de diluir las verdades en silencios. Tan bella ciudad, tan pulcra, tan pura, tan llena de paz.


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