Franco, mirada irreverente

Roberto Franco: la doble mirada

Gloria Serrano
Fotografía: Rodrigo Díaz Guzmán (Roberto Franco).
La Jornada Maya

Mérida
junio, 2015

Es cierta tarde de mayo de 2015 y recién se conmemoró el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia, fecha que coincide con la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales por parte de la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1990. Ahora me encuentro con el actor Roberto Franco para conversar de este y otros tantos temas. Se trata de una divertida, irreverente y anecdótica charla de café, en la que Roberto soltará algunas perlas de sabiduría, al tiempo que narra su transformación vital, devela viejas cicatrices, comparte su identidad creadora y repasa el paisaje contemporáneo de la diversidad cultural en Yucatán.

Aunque su decir y su actuar sugieran lo contrario, Roberto es tan yucateco como “El Cohete” de Petcanché. Nació en Ticul, tiene familia en Hunucmá y ahora vive en Cholul. Y él, con la misma estridencia del inmenso escritor chileno Pedro Lemebel, también habla por su diferencia. Eso sí, siempre, desde la doble mirada:

¿Qué te viene a la mente cuando decimos 17 de mayo?

Me parece que celebrar el Día Contra la Homofobia y la Transfobia está muy padre, pero también habría que recordar que esto es una cosa muy reciente. Creo que la diversidad sexual es algo que nunca se va a acabar porque cada día se van descubriendo nuevas acepciones, ya ves que ahora hay intersexuales, pansexuales, tetrasexuales, omnisexuales y un montón de cosas. Esta es una cuestión intrínseca al ser humano y realmente tendría que llegar un momento en el que ya no sea relevante lo que hagas con tu cuerpo, que sea solo asunto tuyo sin necesidad de poner días para que la gente tome conciencia.

Por otra parte, también es importante resaltar el trabajo de muchas asociaciones en cuanto a hacer frente a los embates de una sociedad. Lo digo así, porque no todas las sociedades son iguales, en cada estado de la República Mexicana y en cada país, se asume de manera distinta el asunto de la diversidad. Particularmente en Yucatán.

Creo que durante la última década es cuando ha habido cierta apertura pero “vigilada”; o sea, dejo que te asomes a la puerta pero te pido que no salgas demasiado, que te mantengas un poquito hacia adentro. No es totalmente abierto y esto da margen a que se genere una especie de doble moral, un sí te acepto pero no te acepto; dejo que te cases pero antes tienes que sufrir metiendo un montón de amparos. No lo entiendo, si te puedes casar en el Distrito Federal y luego regresar a Yucatán, por qué no quitar las piedras del camino.
Creo que para hablar de diversidad habría que reeducar a la gente y comenzar por quitar esas etiquetas que joden mucho. Cuando dejemos de usarlas, ya no vamos a hablar de diversidad sexual sino de equidad. Incluso dentro de la misma comunidad gay existen guetos. Hay quienes van al antro y dicen: “no me voy a llevar con esa persona porque es una loca y por locas como esta, creen que todos los gays somos iguales”. Es terrible que existan todas estas ideas dentro de una comunidad que, por llamarse a sí misma comunidad, uno daría por entendido que no comulga con esos prejuicios y tabúes. Sin embargo, en Mérida hay algunos lugares que han generado la dinámica de que todos somos iguales y eso me gusta mucho. En este asunto de la diversidad todavía hay mucho por avanzar, comenzando por darnos cuenta que todos somos seres humanos sin importar que nos guste besar un pedazo de madera o dormir con un peluche. Imagínate, el otro día estaba viendo un programa en el que una muñeca inflable era la pareja de un señor y bueno, si eso lo hace feliz…

A mí me ha costado mucho trabajo entender estas cosas, tengo 40 años y apenas me están cayendo muchos veintes que antes yo daba por hecho. Me refiero a todo este asunto de “soy gay pero tengo que ser masculino”. Pasé por muchas terapias; recuerdo a una maestra en quinto grado que llamó a mis papás porque me gustaba mucho bordar. Y sí, realmente me gustaba y me salían muy bonitos los bordados. Pues les dijo que yo debía jugar más al futbol. Todas estas cosas van construyendo, al menos en mi caso, una serie de barreras y de moldes que cuando creces son muy difíciles de quitar si no te das cuenta que se trata de algo aprendido. Hoy todavía hay muchos asuntos referentes a esto que me hacen ruido pero que ahora veo con una apertura total.

En cuestión de identidad yo siempre he comentado, un poco hasta en tono de broma, que fui un niño muy afeminado. Me gustaba todo lo que tenía que ver con bordar, con sembrar, con pintar; me moría de ganas de tomar clases de ballet pero jamás lo dije. Así que crecí con todo este rollo de cosas y luego en mi adolescencia fui todavía más afeminado, aunque en ese momento no lo notaba. Fue hasta que entré al Centro de Educación Artística (CEDART), cuando se dio como una especie de “clic” porque me encontré con más gente como yo, empecé a leer más y a ver más teatro. De hecho, mis mejores amigos son de esta época. Y cuando me fui a estudiar la licenciatura a Xalapa, significó un abrirme todavía más.

¿Te defines de alguna manera?

Hace mucho que no digo la palabra homosexual. No me defino como homosexual porque suena a término clínico, a una enfermedad, así como ¡Ay pobrecito, denle una aspirina para su homosexualidad, le duele su homosexualidad! Y gay, me parece muy ligerito. Me gusta mi cuerpo sexualmente hablando, me gusta ser físicamente hombre pero también descubro que me gusta mucho explotar mi parte de mujer. Yo siento que tengo una energía súper femenina, que soy como una mujer. Y eso me agrada porque me da mucho margen para hacer cosas. Ahora mismo me parece que estoy quitándome muchas etiquetas, tampoco digo que soy travesti. Soy yo.

Últimamente he estado haciendo unos experimentos, como salir en tacones o ponerme pestañas postizas para ir al OXXO, quiero ver qué sucede con la gente, qué ocurre. Guillermo, mi marido, realmente ha sido un santo y me ha visto pasar por todas mis etapas, incluida esta de Dody Maleanta. Por ejemplo, él me maquilló para la función del domingo y se echó todas mis funciones. También me acompaña a elegir mis tacones, me dice no te pongas chichis o ese vestido sí te queda bien. Hasta hace unos seis años, era impensable que pudiéramos hacer esto porque teníamos otra dinámica en este aspecto. En cuanto a la familia, al día de hoy mi mamá adora a Guillermo, se invitan a comer, salimos juntos, vamos a la playa, como debe ser. Con mi papá también fue complicado, cuando comenzábamos a hablar de estos temas, su mente se iba a otro lado. Le decía: “Papá, tenemos que hablar” y su cabeza respondía con un “creo que tengo que llevar el carro al mecánico…”. Después de ese diálogo interno solo me decía, “está bien” [risas].

Mis tías también eran como muy jodonas, así que se los dije de una manera muy soez: “Sí, soy re puto y me la como doblada”. Me acuerdo que se hizo un silencio enorme y después todos cambiaron de tema. Nunca me han vuelto a decir nada, jamás. Ahora puedo llegar con los aretes puestos, mostrar los tatuajes. Creo que cuando lo dices abiertamente pueden pasar dos cosas: lo que pasó con mis tías o que te digan ¡Fo, lárgate! Pero si dejas de joder a la gente con lo que debe hacer, también dejas de joderte a ti mismo y todo fluye mejor.

Dody Maleanta es más que maquillaje. Su intensidad no se limita al uso de lápiz labial ni se explica por las brillantes lentejuelas en sus vestidos. Dody es, ante todo, la ruptura con un mundo cerrado y excluyente, de asombrosa rigidez, que dicta las reglas de lo “correctamente político”. Su movimiento de caderas seduce, sus comunicativos gestos atrapan, su lenguaje estridente es la antítesis de la continuidad moralina y de los estereotipos enraizados. En ella/él, todo se mezcla y nada se esclarece. Es la/el protagonista de una lenta transformación social que, de momento, se percibe mejor al visitar un lugar como La Tucha Cabaré.

Cuando dejo esto de las etiquetas, surge Dody Maleanta y La Tucha Cabaré. Todo comienza desde el lado humano. Sé que no soy un cabrón. Bueno, sí soy un cabrón pero no un maldito cabrón. Tengo un montón de cosas malas. Soy histérico, soy obsesivo, soy muy ácido, soy corrosivo. Tengo la virtud de hacer sentir mal a una persona con tres palabras. Todo esto me genera una serie de sentimientos que necesito sacar y por eso fue que me puse a crear este personaje, que en un principio era una especie de alter ego mío, de lo que no me atrevía a hacer. Pero eso era como interpretar un personaje, que también es válido; sin embargo, yo quería partir de mí mismo, ser yo proyectado en otra persona y Dody es otra persona. Así que comencé a trabajar con un amigo que es profesor en la Universidad de Búfalo, que es mi súper amigo y me dijo: “¿Por qué no haces algo más como jugando con el género?”.

Entonces Dody empezó a perfilarse en este rollo de que no es hombre ni es mujer y que, además, hace todo lo que muchas personas mueren por hacer pero no lo hacen porque no es lo correcto o lo socialmente bien visto. Y así es como se hace este espectáculo. Recuerdo una función que di en una fecha cercana a la discusión de la propuesta para legislar los matrimonios gay en Yucatán. Pues hay una escena en la que Dody canta una canción que se llama “Mi hombre” (comienza a tararear): En cuanto le vi 
yo me dije para mí 
es mi hombre. 

Solo vivo por él 
mientras quiera serme fiel 
ese hombre…

Es una canción que habla de una mujer a la que el hombre le pega, la trata re mal y además ella le da todo su dinero, pero no le importa porque así lo quiere. La cantaba Jeanne Bourgeois, “Mistinguett” en Francia (Mon Homme, 1920), luego la retomó Sara Montiel y la han cantado muchas personas. La Dody sale al escenario borracha, bien peda, con un micro vestido de lentejuelas, con tacones, con una cadena en el cuello y elige a alguien del público que, mientras canta la canción, le pega con un fuete, una especie de látigo y la gente se desbarata de risa. Podría parecer una escena chistosa, pero en esta última función subí a un chico que era notoriamente femenino y me ha puesto una madriza… Se supone que hay como una convención, que es un juego y no te van a lastimar. Pero este chavo fue hasta de pisarme y empujarme, de verdad. Después, pensándolo, me pregunté: “Cabrón, ¿qué viste en mí que te molesta tanto de ti para haber hecho esto?”.

La actriz y dramaturga Conchi León fue a ver esta función y al terminar me dijo: “Dody, sigue haciendo cabaret de media noche porque nos vamos a seguir riendo de ti, aunque lleves en tu cuerpo las marcas de la discriminación”. Eso es bien interesante, porque Conchi hizo una analogía entre el golpe físico y la negativa de aprobar el matrimonio igualitario. Definitivamente no es un espectáculo en el que todo sea chistoso y divertido, cada una de las escenas tiene un por qué, un peso que a lo mejor no a todos les cae. Lo que me da gusto es ver que no predomina el público gay, son más señores, señoras, curiosos o gente a la que alguien más invitó. Después de representar 12 funciones, considero que el concepto es demasiado agresivo porque el lugar en el que se presenta es abierto, la gente se puede ver entre sí y yo les hablo súper cerca, me siento con ellos, les canto. No es lo mismo que estar en el anonimato de un antro donde nadie te ve. Tampoco es un show regional donde el que lo hace te dice mil groserías y se la pasa jodiendo a los que están enfrente. Aunque déjame decirte que eso a mucha gente le encanta. O sea, ¿pagar para que te jodan?, eso es masoquismo pero no del que me gusta.

Letras castigadas, literatura incomprendida. Así es como Lemebel definió su oficio de escritor, de escritor homosexual. Y es que en nuestras sociedades la diferencia se castiga como el robar, se paga como una deuda, se humilla como al plebeyo, se dobla como la cabeza del súbdito en la Edad Media o, en el mejor de los casos, se oculta bajo la alfombra. Por eso, ante esta normalidad excluyente, la presencia de Roberto Franco y Dody Maleanta se convierte en el recordatorio perfecto del mensaje que promueve el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en México (CONAPRED):

“La homosexualidad no es un problema, pero la homofobia sí: es discriminación"