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La Jornada Maya
Andrés Silva Piotrowsky
Ilustración Chakz Armada

3 de septiembre, 2015

? Lengua viva

Mientras “los jefes”, como les llama con un ademán marcial, colocando su mano en diagonal sobre la frente, apenas están en el gimnasio o desayunando con alguien “importante”, don Géisler Pech ya está barbechando las diminutas parcelas de zacate, revisando las matas de las ceibas, ahuyentando, con remedios heredados, las plagas de hormigas y otros bichos que pueblan el jardín donde labora, por decisión propia, desde hace quince años.

Al fragor de los zumbidos de su podadora y de las avispas, don Géisler sueña con que la Maya se preserve. Recuerda que el español lo aprendió ya muy grande; toda su niñez transcurrió jugando en el monte, sembrando en la milpa y alrededor de sus abuelos, escuchando las leyendas de todos los wayes. La necesidad lo hizo emigrar a la ciudad de Mérida para emplearse en lo que fuera; caminaba con su machete y su coa tocando las puertas de las casas ricas, para ofrecer el barbechado. Luego, la edad y la necesidad de un ingreso fijo, lo hicieron aceptar un trabajo en gobierno, que uno de sus buenos patrones le consiguió. Desde chico tuvo la nostalgia del estudio, pero se decidió ya de viejo: “no le hace, nunca es tarde. Quiero que mis nietos lo sepan; que no todo es mirar en la televisión, durante horas, puras porquerías; aunque a lo mejor por eso salieron buenos para las computadoras. Me metí a aprender eso, quiero hacer un programa para que no se muera nuestro idioma y que los niños puedan aprenderlo. Ya ve, ahora con el internet, todo es más fácil. A veces los siento en el sofá y les explico las palabras que yo sé, les cuento del Way chivo, del Way toro y de otras cosas que me enseñaron de niño; ellos ya casi no hablan la Maya, les da vergüenza”.

Tuvo que dejar casi dos años de estudiar, no le alcanzaba y nadie lo apoyaba. “Los jefes van y vienen y no voltean a vernos; pero ahora, a pesar de todo volví a empezar y ya le entiendo a la programación. Ahí voy, poco a poco. A lo mejor, con el tiempo, el gobierno se da cuenta de que la Maya la hablamos muchos, que somos más y que en las escuelas la deben enseñar, para mantenerla viva. Ellos hacen sus festivales y cosas de mayas, pero no les interesa la lengua, ni los mayas; yo no los veo participando ahí. Todavía no sé muy bien cómo, pero lo voy a lograr, quiero que los chiquitos se sientan orgullosos de su lengua”.

Don Géisler, en realidad, es afanador en un centro cultural, pero sus pasiones son cuidar de las plantas y de su idioma; ahí hace más de lo que debe, casi todo lo repara él, a veces tiene que poner de su bolsa para mantener funcional ese lugar lejano del centro de la ciudad. “No queda de otra, para que las cosas sucedan hay que hacerlas, a como dé lugar, pero siquiera que se den una vuelta para enterarse, ¿no?”, dice con divertida resignación. Mientras tanto, don Géisler sigue sembrando en esa tierra que no lo ignora, que responde puntual a lo que su mano hace por ella, con parsimonia, con la calma del que sabe que las cosas trascendentes precisan de tiempo, “los jefes, fácil llegan y fácil se van”. ¡Qué más da!


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