Del Paso en torno al Quijote

Leer los tiempos

José Ramón Enríquez
Foto: Captura de pantalla
La Jornada Maya

Miércoles 28 de noviembre, 2018

Más que escribir un sólido conjunto de ensayos, lo cual cumple con creces, Fernando del Paso en Viaje alrededor de El Quijote (Fondo de Cultura Económica) hizo la crónica puntual de su amor filial y fraterno, completo amor por una ser al que conocía desde la infancia y había trascendido la ficción para encarnar en una persona real con la cual dialogaba y a la cual encontraba tanto en el transcurso de su propia vida como en el fondo de los espejos.

En las últimas semanas se ha llorado (nunca será suficiente) por la muerte de Fernando del Paso. Mucho se ha escrito, también, sobre sus tres obras mayores, publicadas con diez años de distancia entre una y otra, lo cual supone que a sus lectores nos han afectado en momentos distintos y, por lo tanto, que han acompañado el crecimiento cronológico de una o varias generaciones, entre las cuales está definitivamente la mía.

Dejo aquí testimonio de la importancia que en mi vida han tenido tanto José Trigo y Palinuro de México como Noticias del Imperio, pero en estas notas quiero referirme a su Viaje alrededor de El Quijote no sólo por lo mucho que su erudición me ha enseñado (es una bibliografía comentada insuperable para conocer la obra cervantina) sino por el entusiasmo, el cuidado y el amor al cual me referí, con los que están tejidos sus siete capítulos.

Pero no se trata ni mucho menos de un panegírico. Hay forcejeos enriquecedores con el Ingenioso Hidalgo así como con su autor y con la larga fila de cervantistas que lo han visitado en todos los idiomas, a lo largo de varios siglos.

Ya en la ilustración de la cubierta para la edición del Fondo, Fernando del Paso muestra no sólo su fervor por el Quijote sino las coordenadas geográficas en las cuales situará su encuentro. Se trata de uno más de los espléndidos dibujos suyos, “Don Quijote de la verde mar”, en el que llaman poderosamente la atención los ojos verdes y perdidos del Caballero, hundido en las aguas, y un ajolote en primer plano. El ajolote, recordemos, no es sólo una especie que únicamente existe en México sino que es un ser ambiguo, detenido en su evolución hacia ser salamandra y, para Roger Bartra en su Jaula de la melancolía, precisamente símbolo de la mexicanidad. No debe quedar duda de que Don Quijote navegó hasta nuestras tierras o que desde nuestras tierras Del Paso salió al encuentro de las sequedades manchegas para asediarlo, aunque lo encuentra, en ambos casos, semihundido en “la verde mar que nos separa”.

El primer capítulo, Quijotitos a mí, lo titula en paródico homenaje a una de las frases que le parecen más excelsas por estar fuera de lugar, la que exclamó el Caballero frente a los leones: “¡Leoncitos a mí!”.

Y continúa su Viaje alrededor de El Quijote con estaciones en personajes insólitos, como aquella en un Salto inmortal de Don Álvaro Tarfe que no sólo se da entre uno y otro tiempo o ficción y realidad, sino de libro a libro. Este funambulismo da pie a Fernando del Paso para profundizar en la mente del autor y en la construcción de un género: la novela moderna.

Otra cala memorable es alrededor del personaje de Dulcinea. Dos naturalezas, virgen y labradora, y una sola amada del Quijote.

Por fin, tras tocar el moderno y ya ineludible tema de la posible homosexualidad de Cervantes y del seguro platonismo del Quijote, Fernando del Paso acusa a los críticos de colgar al Caballero “tantos milagros que no dejan verlo de cuerpo entero... tantas virtudes que lo han desvirtuado”. En cambio, cierra, su conciencia está limpia “porque rebosa de amor por el libro y de admiración por el autor de sus días y de sus siglos”. Así es y así sea.

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