Guillermo del Toro presenta 'Frankenstein' en ‘La Mostra’; la visión del monstruo como espejo del alma

El director mexicano parece recordarnos que los verdaderos monstruos son los que niegan humanidad a los demás
Foto: Alia Lira Hartmann

La larga espera llegó a su fin a las 8:30 de la mañana. Guillermo del Toro presenta en competencia por el León de Oro en la edición 82 del Festival de Cine de Venecia, Frankenstein, el monstruo favorito de Guillermo según lo afirmó en conferencia de prensa posterior a la proyección.

Quien esperara una película de terror de acuerdo a la figura del relato de Mary Shelley (1787-1851) escrito en 1818 cuando contaba solo con 18 años, saldrá un tanto desencantado. En el Frankenstein de Del Toro predomina el contenido emocional marcado por el dolor y la soledad. La primera adaptación cinematográfica se remonta a 1910, la más famosa tal vez la de 1931.

La versión de Guillermo del Toro con Frankenstein es el cruce entre la tradición gótica de Mary Shelley y la sensibilidad de un autor que ha hecho del “monstruo” su metáfora más entrañable.

Aquella estética gótica que alimentara a Del Toro desde su infancia en su natal Guadalajara al mirar una de sus iglesias.

Del Toro, ganador del Óscar con La Forma del Agua y recientemente celebrado por su Pinocho, ha insistido en que su lectura de Frankenstein se aparta del cliché del terror para acercarse a la parte más emotiva y conmovedora de la novela de 1818; se desvanece la figura que provoca pánico para dar lugar a una criatura condenada a la soledad, rechazada por su propio creador, por el mundo y si acaso lo peor, un rechazo por si mismo con el anhelo en apariencia inalcanzable, anhelo profundamente humano de amor y pertenencia.


El monstruo como figura del marginado

Desde sus primeras películas, Del Toro ha mostrado afinidad por seres incomprendidos, desde los insectos fantásticos de Cronos hasta el anfibio enamorado de La Forma del Agua. En este sentido, se trata de dar voz a quienes son excluidos por su apariencia, su diferencia o su monstruosidad simbólica.

La criatura de Shelley, vista por Del Toro, se convierte en un espejo de nuestras fragilidades contemporáneas. En tiempos donde el rechazo al otro no solo sigue vigente, sino que se ve exacerbado por decisiones políticas de individuos que ostentan un poder que parece ilimitado y ante el cual la sociedad parece no salir de su perplejidad; su adaptación resuena como una advertencia, un llamado a la empatía y al no conformismo, que la lucha adquiera un carácter incansable.


Entre lo gótico y lo íntimo

El director tapatío no se limita a reproducir la imaginería victoriana. Su propuesta, según ha declarado, busca “rencontrar el corazón” de la novela. Esto significa más intimidad que susto, más poesía que horror. Su estética gótica se funde con una ternura visual que convierte al monstruo en protagonista de un relato trágico y conmovedor.

En este terreno, Frankenstein dialoga con las exploraciones filosóficas de Shelley sobre la ciencia, la creación y la responsabilidad del hombre frente a su obra.

El médico Victor Frankenstein que sin el menor escrúpulo, crea un mounstruo de apariencia humana mediante la composición de partes de muchos cadáveres con el atributo de ser inmortal, de recuperarse de cualquier tipo de herida por grave que esta sea.


Un proyecto largamente gestado

Del Toro llevaba casi tres décadas acariciando la idea de filmar Frankenstein, tal parecía un sueño inalcanzable. El reconocimiento global tras Pinocho y la confianza de Netflix hicieron posible que finalmente se materializara esa millonaria superproducción con un elenco de primera línea encabezado por Oscar Isaac, Andrew Garfield y Mia Goth así como el austriaco Christopher Walz.


La mirada mexicana en un mito universal

Aunque se trata de una producción internacional, la obra lleva impresa la marca mexicana de Del Toro: la compasión hacia los “monstruos”, la visión barroca del dolor y la esperanza, y la creencia de que lo fantástico es inseparable de lo humano. Su Frankenstein no es solo un filme sobre una criatura artificial, sino sobre la propia búsqueda de amor y pertenencia.

Del Toro parece recordarnos que los verdaderos monstruos no son los que lucen cicatrices visibles, sino aquellos que, por miedo o arrogancia, niegan humanidad a los demás.

Padre e hijo, Viktor Frankenstein y su monstruo, el perdón como liberación.

El final de Frankenstein dejó caer a más de un espectador una furtiva lágrima, emulando el titulo de la famosa aria de Gaetano Donizetti.

El monstruo después de larga búsqueda encuentra a su creador, el médico Viktor Frankenstein quien lo reconoce como su hijo y antes de fallecer suplica su perdón; al mismo tiempo tempo le pide se perdone a si mismo; aquí concluye bajo el esquema del perdón como elemento que libera a ambos de la tragedia en común.

En conferencia de prensa, La Jornada intervino ante Del Toro sobre ese perdón que de acuerdo a preceptos psicológicos, sin un elemento reparador, podría ser cuestionable e insuficiente; el cineasta mexicano concluiría, “el perdón en si es el primer paso de la reparación”.

Edición: Emilio Gómez


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