Quito.
8 de julio, 2015

Porque nuestra fe siempre es revolucionaria, fue el gran remate de la homilía en Quito, este 7 de julio, ante la exclamación de más de un millón de asistentes. El tercer día del papa Francisco en Ecuador se ha caracterizado por la expresión de mensajes sociales. Tuvo diferentes oportunidades para comentar graves problemas de nuestra civilización, desde la cultura del descarte, los niños y ancianos excluidos hasta los jóvenes ninis y cómo el Dios dinero crea sistemas que nos aplastan a todos.

En la homilía de la mañana, el encuentro con académicos y por la tarde-noche con la sociedad civil, enfatizó la cuestión social. Afirmó que el gran reto de la justicia social es aspirar a una vida digna. Y ante los organismos de la sociedad civil, preguntó por la noche: ¿Por qué hablo tanto de los pobres y de los excluidos?, y respondió: Porque esta realidad e interpelación está en el corazón del evangelio.

De manera muy clara, Jorge Mario Bergoglio ha colocado con nitidez sus preocupaciones sociales, las cuales ha plasmado en sus dos documentos principales: la exhortación apostólica Evangelii gaudium y la encíclica Laudato si. Por la mañana, ante más de un millón de fieles en Quito, en el parque Bicentenario, el argentino hizo referencia a la unidad de la sociedad y de la Iglesia. Ante el presidente Rafael Correa, quien finalmente asistió a la eucaristía, Francisco recordó los movimientos de independencia en la región, que nacieron, a falta de conciencia de la libertad, de un pueblo que sabía que estaba siendo saqueado con sujeción a las conveniencias de los poderosos.

[h2]Subraya injusticias[/h2]

Había sol en la enorme explanada, pero las nubes ofrecían generosa sombra. La humedad se sentía, pues la noche previa no sólo llovió, sino granizó. Este fenómeno no impidió que miles de creyentes se apostaran toda la noche para conseguir un lugar aventajado. En la homilía, Francisco subía el tono cuando hablaba de injusticias. Convocó a luchar por la inclusión a todos los niveles, evitando egoísmos, promoviendo la comunicación y el diálogo, incentivando la colaboración.

Exaltó la unidad y el diálogo. Habló de unión a un Ecuador dividido y polarizado, sin ser explícito. También criticó a las diferentes castas y élites de la Iglesia, y resaltó la riqueza de la diversidad de la siguiente manera: Por eso la unión que pide Jesús no es uniformidad, sino la multiforme armonía que atrae. La inmensa riqueza de lo variado, de lo múltiple, que alcanza la unidad cada vez que hacemos memoria de aquel Jueves Santo, nos aleja de tentaciones, de propuestas unicistas más cercanas a dictaduras, a ideologías, a sectarismos. Asimismo, advirtió que la evangelización no consiste en hacer proselitismo. Eso es una caricatura de la evangelización. Por ello, ésta debe ser vehículo de unidad de aspiraciones, sensibilidades, ilusiones y hasta de ciertas utopías. Remató: Eso es evangelizar. Esa es nuestra revolución, porque nuestra fe siempre es revolucionaria. Ese es nuestro más profundo y constante grito, dijo ante las aclamaciones de fieles y cientos de sacerdotes ahí reunidos.

La fórmula de Francisco no sólo son las proclamas sociales. Los gestos de sencillez y humildad de Francisco han ganado el corazón de los ecuatorianos. En su recorrido por el parque Bicentenario hizo parar el vehículo para acercarse a una anciana en silla de ruedas para besarle la frente, ante la emoción y regocijo de las personas circundantes. Lo mismo ha hecho con enfermos y personas con discapacidad. El estilo Francisco siempre toma a los niños como referente de afecto. Al llegar a la casa de gobierno se acercó a una señora con un niño en brazos. El Papa accedió a dar un beso al chico, pero el pequeño le volteó la mejilla en dos ocasiones. No lo soltaba. Parece un abuelo que derrocha quereres. En otro momento, una niña burló la seguridad y corrió a abrazar al pontífice. El guardia suizo la cargó, para que alcanzara el beso del Papa. Esos detalles han sido resaltados por los medios de información como parte del carisma, de cercanía pastoral con las personas. Después de escuchar a Imelda Caixedo de Babahoyo, recia señora de 85 años, en el imponente escenario barroco de la iglesia de San Francisco, Francisco se le acercó para preguntarle en voz baja cuál era su secreto para llegar tan bien a esa edad. Además le pidió consejo sobre longevidad. El micrófono estaba abierto y todos escucharon el diálogo.

Por la tarde, con algo de lluvia, tuvo un encuentro académico en la Universidad Católica de Ecuador. Su mensaje estuvo lleno de citas de su Laudato si (Alabado seas). Recalcó a los más de 6 mil estudiantes, profesores e invitados reunidos en el campus universitario, ubicado en el centro-norte de Quito, que existe una relación directa entre la vida humana y la Tierra. Ahí cuestionó la tecnocracia al servicio del mercado e hizo preguntas de fondo a la comunidad universitaria: ¿qué tipo de cultura queremos construir, con qué orientación, y qué sentido dar a la existencia?

Invitó a la universidad a salir de las aulas y abrirse a la realidad del mundo, para ver la realidad orgánica y concreta. Objetó verla fragmentariamente. Cuestionó también el academicismo de laboratorio diciendo que Jesús no vino a doctorear. Señaló: Las comunidades educativas tienen un papel fundamental, esencial en la construcción de ciudadanía y cultura. Francisco afirmó que se debe enseñar a los jóvenes a no identificar un grado universitario como sinónimo de mayor estatus, dinero o prestigio social, sino como signo de mayor responsabilidad frente a los problemas de hoy.

Y todos estos días Francisco ha tenido una frase de remate que amerita profundizar: Recen por mí. ¿Qué quiere decir?


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