Luis Aurelio Osuna, 30, el hijo mayor de Herrera, empezó a jugar ulama de cadera a la salida de la escuela, como décadas atrás hizo su padre, en un rancho donde no había nada más con que distraerse. Ahora, sus tres hijos también juegan.
Osuna y su madre enseñan a los niños primero a golpear la pelota y luego poco a poco las reglas, que incluyen un complicado sistema de marcador con puntos que se ganan y se pierden. Los equipos tienen hasta seis miembros.
Lo hacen por pasión, pero también por pragmatismo en un estado donde el crimen organizado siempre está latente. “Necesitamos encontrar la manera de que se entretengan en cosas buenas”, dice Osuna.
Los niños a veces participan en exhibiciones y partidos formales pero nada parecido a los de antes, que reunían a jugadores de muchos ranchos en festividades religiosas y podían alargarse durante días. Poco a poco se perdió el interés en el juego y, además, las pelotas eran cada vez más difíciles de conseguir.
Foto: Ap
En la década de 1980, el cineasta Roberto Rochín localizó en la sierra de Sinaloa al que quizás era el último fabricante de pelotas de hule. El artesano las elaboraba de forma similar a los olmecas, quienes descubrieron que mezclando la savia caliente del árbol de hule con una planta concreta lograban un material resistente, elástico y muy duradero. Esa civilización fabricó algunas de las pelotas más antiguas del mundo.
Sentimientos encontrados
En los años 90, personal de un resort del Caribe mexicano cruzó el país en busca de familias de Sinaloa que representaran el juego de pelota como reclamo turístico en la Rivera Maya donde ya nadie lo jugaba.
“Es puro espectáculo: se pintan, se ponen plumajes”, critica Herrera. Pero también reconoce lo importante que fue todo eso. “Ahí empezó a renacer”.
La práctica comenzó a extenderse por México con diferentes nombres y modalidades y a conocerse en el exterior. Osuna, con el equipo de familiares que formó su padre, llegó a “darle al hule” en un anfiteatro romano de Italia. Llamó tanto la atención, recuerda, que los contrataron para un anuncio de desodorantes.
A un mes del inicio del Mundial, se preparan exposiciones sobre el juego en Ciudad de México y Guadalajara y tanto autoridades como empresas han vuelto a explotar el exotismo de los jugadores en anuncios para ensalzar las raíces mexicanas de cara a la cita deportiva internacional, algo que ha vuelto a generar sentimientos encontrados.
“No somos monitos de circo”, dice Ángel Ortega, un jugador de Ciudad de México de 21 años, que participó en una grabación con futbolistas pero no pudo mostrar cómo se juega el ulama.
Ilse Sil, jugadora e integrante del proyecto de UNAM que dirige Carreón, cree que además de recuperar las normas y tradiciones de cómo se juega en cada región, se necesita redignificar a los jugadores y adaptar la práctica a los nuevos tiempos.
El apoyo institucional ayudará a preservar el ulama pero considera que las autoridades deben promoverlo en comunidades y escuelas para captar a más jóvenes, porque sigue siendo un deporte muy minoritario, con un estimado de unos 1.000 jugadores, principalmente en México y Guatemala.
En Los Llanitos, nietos de Herrera no paran de jugar. No les importa dónde —en la tierra, en una cancha, en el corredor de su casa—, pero siempre prefieren hacerlo con la “reliquia” familiar: una vieja pelota de hule hecha a mano de la forma tradicional en las montañas de Sinaloa. Los niños aseguran que amortigua mejor los golpes.
Kiki, de ocho años, es el más entusiasta. Lleva la mitad de su vida jugando y tiene claro su sueño: tener su propio equipo.
Edición: Fernando Sierra