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La Jornada
14/05/2026 | Ciudad de México
Arturo Sánchez Jiménez
Cuando en enero pasado decenas de periodistas solicitaron a la embajada cubana visas para volar a La Habana, muchos no ocultaban su intención: llegar a tiempo para cubrir lo que suponían sería la caída de la revolución cubana, luego de que Donald Trump impuso un cerco energético a la isla.
Luis Hernández Navarro y Jair Cabrera fueron a otra cosa: a narrar la resistencia. Y el pasado martes por la noche, en el salón principal de la embajada de Cuba en México –lleno de integrantes de movimientos de solidaridad, maestros, dirigentes sociales, diplomáticos, políticos, miembros del Partido del Trabajo y amigos de la isla que habían hecho fila bajo la lluvia para entrar–, esa diferencia de propósito convirtió la presentación de Cuba, estampas de la resistencia, en un acto que Hernández Navarro describió, sin exagerar, como “más cerca de un mitin que de una presentación de libro”.
A causa de la lluvia, el inicio de la ceremonia se retrasó una hora, pero a las 9 de la noche el salón estaba listo. El embajador Eugenio Martínez Enríquez abrió el acto con una noticia: la campaña El Destino de Cuba no Nos es Ajeno, respaldada por La Jornada, ya se tradujo en fármacos, material médico y ambulancias eléctricas para la isla. Y vendrá una nueva etapa de recaudación, anunció el artista plástico Carlos Pellicer López.
Con aplausos solidarios arrancó la presentación, mientras se permitía el acceso a la sede diplomática a lectores de La Jornada que llegaron al lugar sin registro previo, pero que no querían perderse el acto, al que asistieron Heriberto Galindo, ex embajador de México en Cuba; el ex gobernador José Murat; el senador del PT Alberto Anaya y el sociólogo Héctor Díaz Polanco, entre otros.
El libro, publicado por La Jornada Ediciones, incluye 11 crónicas de Hernández Navarro, coordinador de Opinión de este diario; más de 60 fotografías de Cabrera y una presentación de la periodista cubana Rosa Miriam Elizalde. Todo el material se publicó originalmente en La Jornada, y surgió de una llamada que la directora del diario, Carmen Lira Saade, les hizo el 29 de enero –el mismo día en que Trump emitió el decreto para estrangular a la isla con el cerco energético–, pidiéndoles que volaran a La Habana al día siguiente.
Aterrizaron el 3 de febrero y, dijo Hernández Navarro, “nuestras jornadas se volvieron un verdadero huracán caribeño”. Cada día hablaban con la directora entre 30 minutos y una hora. Él le contaba lo que veían, ella les daba consejos y reflexiones. “Literalmente puedo hacer mías las palabras del legendario boxeador Raúl Ratón Macías después de cada combate: todo se lo debo a mi mánager”. El público respondió con risas y aplausos.
Foto Germán Canseco
Hernández Navarro recordó a tres figuras que han construido puentes entre Cuba y La Jornada: don Pablo González Casanova, fundador del diario y “apasionado y lúcido defensor de la causa revolucionaria”; Ángel Guerra, quien tejió, “como muy pocos han hecho, una diplomacia ciudadana entre el periódico y su país natal”, y Tatiana Coll, “guerrera incansable, jornalera de corazón, que hoy lucha por su salud como siempre ha hecho por la mayor de las Antillas”. Sus nombres fueron recibidos con aplausos sostenidos.
Con enorme generosidad, dijeron los autores, los cubanos les dieron su confianza sin saber quiénes eran ni qué iban a decir. Durante 11 días les abrieron sus casas, compartieron sueños y pesadillas, y en cada lugar les ofrecían café. Lo que encontraron desmintió el relato del colapso que circulaba en muchos medios. “En los recorridos callejeros, nunca vimos que el enojo y el malestar por las penurias se acompañaran de votos a favor de una intervención extranjera”, contó Hernández Navarro. Una y otra vez, dijo, escucharon gratitud hacia México, China y Rusia, y cada vez que alguien mencionó a Estados Unidos lo hizo distinguiendo su pueblo de su gobierno.
Cuando le tocó hablar de los
32 cubanos que perdieron la vida en Venezuela al tratar de evitar el secuestro del presidente Nicolás Maduro, la voz de Hernández Navarro se quebró. En los momentos de mayor intensidad, el público estalló en consignas: “¡Viva Cuba libre!”
En su turno, Jair Cabrera confesó: “es más fácil hacer fotografías que hablar”; y no ocultó su nerviosismo. Contó que la noticia del viaje le llegó con apenas tres días de anticipación, y que llegó a la isla cargando referencias de Afganistán y Ucrania, donde había fotografiado conflictos en sus peores momentos. Esperaba algo parecido. Encontró otra cosa: “lo primero que me encuentro cuando salimos del aeropuerto fue una vida cotidiana con tanta dignidad que se podía percibir desde las primeras horas”. Para abordar la situación, se inspiró en una frase de Iztapalapa, su barrio: “Si no vives aquí, no te atrevas a opinar”. Cabrera se propuso percibir antes de retratar.
Un día, caminando por La Habana con Hernández Navarro, dobló hacia un callejón y se encontró con una comunidad reunida en torno a la santería. Había veladoras porque no había luz, y la gente tomaba café y cerveza, “charlando de la vida, de la revolución, de Fidel. Parecía que no había ninguna crisis”, expresó. Días después volvió al mismo lugar y encontró una festividad con chicas trans animando a la comunidad. “Este lugar es como mi barrio”, pensó.
El escritor y periodista cubano Omar González, quien orientó a los autores durante el viaje, llamó al libro “texto moral y polifónico”, en el que cerca de 50 voces –campesinos, cooperativistas, niños con cáncer, trabajadores de plantas termoeléctricas– expresan la diferencia entre sobrevivir y resistir. “La supervivencia comporta a veces el pensamiento pasivo, mientras la resistencia genera conciencia social, compromiso, creatividad”.
Pedro Miguel, articulista de este diario, lo dijo de otro modo: “vivir es resistir. Cuba no está sobreviviendo, está viviendo”. El embajador Martínez Enríquez, por su parte, citó a una cubana entrevistada en el libro: “Las medicinas sanan, pero también cura la solidaridad”.
Hernández Navarro cerró con las palabras que González Casanova –el único mexicano que ha hablado un primero de mayo en la Plaza de la Revolución en La Habana– pronunció en 2003, en plena ofensiva de la guerra de Irak: “Defender a Cuba es defender a la humanidad”. De ese tamaño es hoy nuestra tarea, subrayó.