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Defender a Cuba es defender a la humanidad

Un recorrido por la resistencia, la dignidad y la solidaridad del pueblo cubano frente al bloqueo y las adversidades
Foto: Germán Canseco

La noche del martes 12 de mayo se presentó el libro Cuba, estampas de la residencia, editado por La Jornada. Estas son las palabras de su creador Luis Hernandez Navarro, el periodista que es coordinador de opinión del diario.


Buenas noches.

Muchas gracias por su asistencia a esta presentación de un libro que, debido a la magia caribeña, está cerca de ser un mitin. Como podemos ver en esta Embajada, la solidaridad con la Revolución cubana, que en nuestro país viene desde tiempos tan remotos como los de la presencia en estas tierras de Julio Antonio Mella y el Asalto al Cuartel Moncada, convoca al encuentro de los diversos que somos.

Gracias a mi directora de La Jornada, Carmen Lira. Gracias por sus palabras, su generosa hospitalidad y las facilidades para viajar a su patria, al embajador Eugenio Martínez Enríquez y a la embajadora Johana Tablada. Gracias a mi querido hermano Omar González y a mi gran compañero Pedro Miguel. A Norma y Diana, por todo su apoyo. Y muchas, muchas gracias a mi carnal y cómplice en esta aventura, Jair Cabrera.

Un evento como este, en el que se encuentran Cuba y La Jornada, merece que recordemos a tres figuras centrales en la construcción de puentes entre ambos mundos. De entrada, a don Pablo González Casanova, fundador de nuestro diario y apasionado y lúcido defensor de la causa revolucionaria. El segundo es Ángel Guerra, quien tejió, como muy pocos lo han hecho, una diplomacia ciudadana entre el periódico y su país natal. Y la última es esa guerrera incansable, jornalera de corazón, que hoy lucha por su salud como siempre lo ha hecho por la mayor de las Antillas: la entrañable Tatiana Coll.

En 2018 conviví estrechamente durante varios días con el extraordinario poeta e integrante destacado del movimiento de la Nueva Trova, Lázaro García, que tristemente ya no se encuentra entre nosotros. En su hermosa casa, ubicada en una manga del mar en Cienfuegos, tuve el privilegio de conocer su vida a través de sus relatos y canciones.

Aunque lo suyo eran los acordes y las melodías, en uno de los muros de su hogar, que daba a un pequeño jardín interior, pintó con brocha gorda, como si fuera un fuerte grito para que lo escucharan las olas, la consigna: “¡Abajo Batista!”.

El cantautor nació en diciembre de 1947, 12 años antes del triunfo de los barbudos. De niño vivió la precariedad de los que poco tienen y parecen estar destinados a carecer de futuro. Muy pequeño, Lázaro acompañó a su padre, carretonero, en la búsqueda del pan diario. Y de las remembranzas de aquellas vivencias se alimentó para componer una de sus más bellas piezas musicales: Carretón. Ya mayor, tocó canciones de los Beatles en el grupo Los Jaguares. Y, dotado de un enorme talento, gracias a la Revolución pudo formarse y vivir de su arte. No olvidaba sus orígenes. ¿Cómo no iba entonces a exclamar el autor de Siempre será el amor, una y mil veces, cada mañana: “¡Abajo Batista!”?

De Lázaro escuché también, en primera persona, lo que significó para una generación de isleños ir a combatir por la liberación de Angola y en contra del apartheid. “De allí —me dijo— lo único que nos trajimos fueron los huesos de nuestros muertos, ningún recurso natural”.

Esas mismas palabras —que tanto explican la resiliencia antillana— las volví a oír de boca de otro Lázaro, apellidado González, hace apenas unas semanas, en la cooperativa Aniceto Pérez, en Artemisa.

Estábamos Jair y yo en el local de la organización, después de hablar con más de tres decenas de campesinos y campesinas de tres diferentes asociaciones agrícolas, cuando me llamó la atención una fotografía con los retratos de 14 cooperativistas que combatieron en África. Me puse a observarla cuando González, como un labriego más en la reunión, se acercó a contarnos su vida como piloto de combate entre 1987 y 1990 en Angola y sus 14 años de misiones. “Más de 50 mil cubanos —me dijo— estuvimos en combate, entre militares, civiles, médicos, maestros y personal de servicios. Pienso que eso ha dado pie para frenar una invasión militar de los norteamericanos al país. Es un escudo muy importante. Tiene que ponerlos a pensar”.

Lázaro nos habló también de sus 32 mártires, que ofrendaron su vida a principios de año en Venezuela, tratando de evitar el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Como lo hizo la joven estudiante de Filosofía Amalia Díaz, quien trabaja en una tesis sobre el pensamiento de Fernando Martínez Heredia y nos narró detalladamente —como muchos otros— el gran dolor que sintió y cómo miles de dolientes les rindieron homenaje bajo la lluvia de La Habana. “La manera en la que se defendieron nuestros héroes demuestra una humanidad muy grande. Hace evidente que somos un pueblo con capacidad de resistir”, nos explicó.

Muchas de las historias que escuchamos esos días y que incorporamos a este libro nos las habían anticipado, desde el momento mismo de nuestra llegada, los queridísimos Rosa Miriam Elizalde y Omar González. Ellos fueron nuestra brújula para orientarnos en el laberinto cubano en estos días de vértigo. La verdad es que lo han sido durante muchos años.

Fueron también de enorme ayuda la Red en Defensa de la Humanidad y sus integrantes; las voces que me confiaron la vida en la isla a ras de tierra, vivida desde la Escuela Latinoamericana de Medicina; amigos cariñosos como Magdiel Sánchez, Gilberto López y Rivas, Alicia Castellanos, Raúl Romero, Miguel Ángel Romero, Jovita Crispín y Magdalena Gómez, que facilitaron contactos, lecturas y muchas cosas más. Arleen Rodríguez y Joel Suárez nos mostraron ventanas para asomarnos a una realidad que cambia cada día. Y la compañera Ayleni, que nos abrió puertas, caminó calles y recorrió con nosotros cientos de kilómetros.

Llegué a Cuba en esta ocasión, como en tantas otras, por mi directora Carmen Lira. El 29 de enero de este año, el mismo día en que Donald Trump emitió el criminal decreto buscando estrangular a la isla con el bloqueo energético, me llamó para decirme que quería que volara al día siguiente a La Habana para narrar en el periódico lo que estaba sucediendo. Finalmente, pudimos aterrizar allí hasta el 3 de febrero. Y nuestras jornadas se volvieron un verdadero huracán caribeño. Sin exagerar, cada día de nuestra estancia hablamos por teléfono entre media y una hora. Yo le platicaba lo que veíamos y ella me daba consejos, reflexiones e instrucciones de enorme utilidad. Literalmente, puedo hacer mías las palabras del legendario boxeador Raúl El Ratón Macías después de cada combate: “Todo se lo debo a mi mánager”.

Con enorme generosidad, para hacer las crónicas, reportajes y entrevistas que luego se volvieron un libro, los cubanos nos dieron su confianza, abrieron sus casas y centros de trabajo, nos regalaron su tiempo y compartieron sus sueños y sus pesadillas. A cada lugar al que llegamos nos ofrecieron café. Esa hospitalidad terminó permitiéndonos trabajar jornadas propias de la servidumbre feudal.

Antes de aterrizar, muchos medios internacionales anunciaron como inminente el colapso cubano. Sin embargo, a pesar de los sufrimientos provocados por el bloqueo, lo que encontramos fue un pueblo en resistencia, dispuesto a no dejarse avasallar. En el colmo de la ironía, al día siguiente de que fuimos al Hotel Nacional a grabar imágenes, confundiéndolos con sus deseos, algunas redes sociales difundieron que habían llegado periodistas extranjeros a hospedarse en ese lugar histórico para ver el final de una utopía.

Donde algunos dijeron que existía un Estado fallido, nosotros hallamos un Estado con una enorme capacidad de organización, movilización y respuesta. Ante la precariedad y la escasez material, vimos cómo brotaban la solidaridad, la cooperación y la ayuda mutua. En los recorridos callejeros nunca vimos que el enojo y el malestar por las penurias se acompañaran de llamados a favor de una intervención extranjera. Una y otra vez escuchamos expresiones de gratitud hacia México, China y Rusia. Y en cada ocasión en que alguien se refirió a Estados Unidos, lo hizo distinguiendo a su pueblo de su gobierno, refrendando su amistad hacia su gente y sin insultar a político alguno.

Eso vi, eso escuché y eso escribí. Y eso que oí, que miré y que traté de comunicar se resume en una palabra: dignidad, dignidad y más dignidad.

Eso es lo que aparece junto a las inmejorables fotografías del alquimista Jair Cabrera en Cuba, estampas de la resistencia, publicado por La Jornada, con una espléndida presentación de Rosa Miriam Elizalde.

En plena ofensiva de la guerra de Irak en 2003, don Pablo González Casanova, el único mexicano que ha hablado un 1 de mayo en la Plaza de la Revolución, dijo: “Defender a Cuba es defender a la humanidad”. De ese tamaño es hoy nuestra tarea.

Muchas gracias.





Edición: Emilio Gómez


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