Arturo Cano
Foto: Ap
La Jornada Maya

Ciudad Juárez, Chih.
18 de febrero, 2016

Un largo ¡aauuuhhh! seguido de aplausos acompañó una de las últimas frases del papa Francisco en tierras mexicanas: Sentí ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido.

Y el sufrido pueblo agradeció con un grito que se oyó hasta el otro lado de la frontera, lo cual no era nada difícil puesto que algunos espectadores en El Paso, Texas, tenían mejor vista de la misa que los de gayola en el lado mexicano: ¡Se ve, se siente, el Papa está presente!

El grito fue y vino a lo largo y ancho de la terregosa explanada. Se ve, se siente. Llegó a las primeras filas reservadas para el clero y la clase política, se alejó a las primeras secciones donde los feligreses tuvieron la fortuna de contar con sillas y, a cien metros del Papa, se alzó en las voces de las obreras de la maquila, los empleados informales, los oficinistas de la ciudad del pleno empleo, hasta llegar a la zona morada, la de los menos afortunados que apenas alcanzaban a ver un puntito y preguntaban: ¿Cuál es el Papa?

Las organizaciones de madres que luchan por justicia para sus hijas, asesinadas o desaparecidas, recibieron boletos morados. Y allá, en gayola, escucharon la única línea que Jorge Mario Bergoglio, el Papa que alimenta las esperanzas de los viejos y nuevos partidarios de la Teología de la liberación, dedicaría a su tragedia, aunque en el contexto de su reivindicación de los migrantes: ¡Y qué decir de tantas mujeres a quienes se ha arrebatado injustamente la vida!

Las últimas palabras de Francisco en México habían arrancado montadas en el pasaje bíblico que alude a la pecadora Nínive y su salvador Jonás. Una gran ciudad –el retrato robot de muchas urbes mexicanas, en realidad– que se estaba autodestruyendo, fruto de la opresión y la degradación, de la violencia y de la injusticia.

La alocución papal refuerza el estereotipo de las ciudades fronterizas como lugares de perdición y malevaje. Y sigue con Jonás, quien logró que los habitantes de Nínive, del rey al más humilde, se arrepintieran y evitaran el castigo divino.

Todo porque Jonás encontró hombres y mujeres capaces de llorar. “Llorar por la injusticia, llorar por la opresión… Son las lágrimas las que pueden generar una ruptura capaz de abrirnos a la conversión”.

Si se pregunta a grupos de derechos humanos o sacerdotes que han visto en directo el infierno en las calles de esta ciudad, dirán que las lágrimas no han sido suficientes. Si se pregunta a los empresarios y políticos que venden a Juárez como la sociedad que venció a la ciudad más peligrosa del mundo, entonces se ha llorado un río más ancho que el Bravo.

En todo caso, el Papa de los matices dejó abierta la puerta para que unos y otros utilicen su palabra. O, más exactamente, para que quienes reducen la tragedia juarense a una fórmula de coordinación entre autoridades y sociedad tengan una coartada.

Sigue el Papa con lo que podría ser un retrato, entre otras cosas, del Programa Frontera Sur (lo hace tras depositar flores a los pies de la Cruz del Migrante, de cinco metros de altura): “Aquí en Ciudad Juárez, como en otras zonas fronterizas, se concentran miles de migrantes, de Centroamérica y otros países, sin olvidar tantos mexicanos que también buscan pasar ‘al otro lado’. Un paso, un camino cargado de terribles injusticias: esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son fruto del negocio de la trata de personas”.

A la hora de identificar causas o culpables no hay, sin embargo, modelos económicos ni políticas migratorias, sino pobreza, violencia, crimen organizado. Síntomas, no causas.

El Papa, ya lo dijo su vocero Federico Lombardi el primer día de la visita, no puede con todos los problemas de un país.

El peligro sigue, aunque se haya logrado bajar los índices de homicidios y delitos patrimoniales (secuestro y extorsión, sobre todo). Bajar, es la palabra exacta. Juárez no es el infierno de 2008-2011, la época de esplendor de la calderonista guerra contra el narcotráfico. Pero tampoco ha podido llegar a los niveles de 2006.

Muchos de los soldados de esa guerra se reúnen hoy con el Papa. Los derrotados que terminaron en la cárcel. Treinta presos, hombres y mujeres, son premiados por su buena conducta cuando se les permite saludar personalmente al Papa (fondo musical: una extraña selección que incluye un tango y Bésame mucho).

En una prisión que ha padecido masacres similares a la reciente de Topo Chico –aunque con menor número de víctimas–, el obispo de Roma dice a los internos que creer que la seguridad y el orden se logran solamente encarcelando es un engaño social. El mensaje aborda la fallida reinserción, el arrepentimiento, e invita a los presos a luchar desde acá dentro por revertir las situaciones que generan más exclusión.

Trabajen para que esta sociedad que usa y tira no siga cobrándose víctimas, dice, antes de salir a su siguiente acto.

Citada desde muy temprano para hacer valla a lo largo de 42 kilómetros, la gente tarda en llegar, entre otras cosas porque las familias deben caminar enormes trechos para acercarse a las avenidas del recorrido papal. Al final, quedan muchos huecos en las vallas que se esperaban repletas.

Muy cerca del lugar donde el Papa se reúne con empresarios y trabajadores, han sido borradas las cruces negras sobre fondo rosa que pintaron ahí las madres de muchachas asesinadas. Los gobiernos de Chihuahua y Juárez no quisieron que el Papa viera esas inofensivas muestras gráficas de protesta y les mandaron echar pintura roja encima.

¿Cómo piensan que pueden ocultar eso (los asesinatos de mujeres)?, se pregunta a su lado Adela Barrón, una mujer madura que de niña fue casi esclava de los legionarios de Cristo, que dejó un tiempo la grey católica y volvió porque, le juro, señor, que yo tengo contacto directo con la Virgen.

Horas más tarde, en la línea fronteriza, el Papa no se salió del guión. Leyó con poquísimos cambios el texto que minutos antes ha sido repartido a los periodistas. Luego, tras las palabras del obispo local dijo que México es un país que sorprende y hablará del sufrido pueblo mexicano. Un fervoroso pueblo que está aquí hace 18 horas, de pie o tumbado en la tierra.

Para subrayar el carácter binacional de la celebración religiosa, Francisco envía un saludo especial a las 50 mil personas reunidas en el Estadio Sunbowl: Gracias a la ayuda de la tecnología podemos orar, cantar y celebrar juntos ese amor misericordioso que el Señor nos da y que ninguna frontera podrá impedirnos compartir.

Tras las palabras del obispo de Ciudad Juárez, José Guadalupe Torres, Francisco vuelve a tomar la palabra para citar a Octavio Paz:

Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben./ Sin entender comprendo:/ también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea.

(Hermandad)

Dijo entonces Francisco: Tomando estas bellas palabras, me atrevo a sugerir que aquello que nos deletrea y nos marca el camino es la presencia misteriosa pero real de Dios en la carne concreta de todas las personas, especialmente de las más pobres y necesitadas de México.

Y las personas aludidas lo ovacionaron y se quedaron quietas mientras él dejaba el lugar. Luego, el poder le deseó buen regreso a Roma.


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