Pepe Elorza
Foto: Tomada de la web
La Jornada Maya

Lunes 11 de junio, 2018

A mediados de los años 50, la Compañía Mexicana de Aviación inauguró su vuelo Tapachula-Ciudad de México, con escala en Veracruz; supongo que había bonanza económica familiar pues mis padres decidieron bautizar a mi hermana menor en la Ciudad de México, el padrino era un Ministro de la Suprema Corte de la Nación y para esto nos llevó a toda la familia: cinco hermanos, ellos dos y la nana de Norma, Tomasa. Ocho en total, en ese entonces privilegiado vuelo.

Ese es el primer recuerdo de mi vida, no tengo duda. Ese vuelo a los cinco años de edad, mirando a través de la ventanilla las nubes y cómo desde las alturas se delinean la tierra y el mar como si fuera un mapa, ¡maravilloso! Estuvimos unos días en el puerto (mi papá siempre contaba que me dio cerveza y me puso mi primera borrachera), proseguimos el viaje a la Ciudad de México y, ya en la urbe, como suele decirse, nos instalamos en un lujoso departamento amueblado.

Aquí, la razón de escribir este texto, porque uno cree recordar prístinamente algunas cosas que a veces, sólo a veces, son recuerdos de mayores que uno hace suyos. He ahí esa delgada línea entre lo vivido y lo prestado; bueno, pues al decir lujoso pienso en un personaje que creo haber conocido y que vivía en ese edificio, la recuerdo como una sombra elegante saliendo del elevador o deambulando por aquellos pasillos y, según yo, acariciando mis cabellos cuando nos cruzábamos. Ella era la Princesa Ágata Rativor. Nunca olvidé el nombre, quizá por el título nobiliario, y no recuerdo haber comentado con mis hermanos este dato, pero ahí está en mi memoria.

Hace unos días, más de medio siglo después de aquel viaje, leyendo [i]La Jornada Maya[/i] me encontré con un texto de Elena Poniatowska, quien como todos sabemos también hace crónica de los eventos sociales de la clase intelectual mexicana desde los años 40. Nos narra los pormenores de una fiesta de aquellos años, creo que en casa de Leonora Carrington y nombra entre los asistentes, precisamente a la Princesa Ágata Rativor. ¡Existe, oh Dios!

Vuelvo a ese rincón de la memoria donde habitan los fantasmas elegidos: un día mi hermano mayor me contó una anécdota curiosa y graciosa: vivíamos entonces, a principios de los años 70, en el tercer piso de un edificio en Pachuca 104, en la colonia Condesa; era de noche y traía algunas copas; cuando sacó las llaves del departamento, resbalaron de sus manos y cayeron por el cubo hasta la planta baja !desgracia¡ Ni modo; bajó, pero al llegar al patiecito ya no estaban las llaves; desconcertado subió de nuevo, observó, reflexionó hasta donde era posible, bajó de nuevo y las llaves estaban en el otro patio. Todo está bien, sólo que eso me sucedió a mi, no a él; nunca se lo diré pero…

[b]Contacto con una primera graba[/b]

Un entorno boscoso; con un decadente pero aún hermoso lago verde.

Así podría yo comenzar una descripción de aquel colegio del padre Nieto. El Colegio Miguel Hidalgo; casi mi única escuela desde el kínder hasta el bachillerato. Doce años en un extraño paraíso; los maestros ya eran amenazantes y golpeaban con la anuencia de la dirección. Aprendimos con el tiempo a manejarlo todo.

Esa mañana, Ricardo llegó cuando habíamos entrado al salón de clase; 7:10 marcaba mi reloj y el maestro evocaba a Moisés. Ricardo, con sonrisa maliciosa sacó de la mochila el aparatito, nos lo mostró y lo guardó de nuevo; en tanto, el señor Salom preparaba la parábola y hablaba y hablaba; nosotros hacíamos como que oíamos. Nayo y yo estábamos ansiosos, el aparato era ¡una grabadora portátil!

El seglar seguía en su vocación. Alguien dijo, "no entiendo nada, pero le entiendo". Todo era verde y a veces con lluvia torrencial. A las 17 horas regresábamos a nuestras casas caminando entre el bosque y la soldadesca del 19 Batallón, nuestros vecinos. A veces pasábamos a tomar café con alguno, pero lo que ahora más recuerdo es la corriente de agua hasta la espinilla y llegar, como decía mi mamá, "hecho una sopa".

Hasta las 11 que salimos al recreo, los tres caminamos a la orilla del colegio donde finalmente Ricardo sacó el aparatito que era de metal, color rojo, de unos 20 centímetros y traía dos rollitos como las grabadoras grandes. ¡Un súper adelanto!, pensé. Lo vimos interrogantes, él sacó un pequeño micro y me dijo "habla". Nos encantó y comenzamos a imitar voces, disfrutamos durante varios días. A la semana siguiente ya no llegó, dijeron que había sido detenido, porque la graba era robada. No puedo precisar al verdadero protagonista de mi memoria, ella elige sus fantasmas.

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