Felipe Escalante Ceballos
Foto: Reuters
La Jornada Maya

Miércoles 11 de abril, 2018

¿Qué cosa es ésta, licenciado?,- me preguntó el joven abogado Oswaldo Enríquez Cabrera al advertir sobre la mesita del despacho una rueda de pequeñas dimensiones.

-Es el carrete de una cinta para máquina de escribir. Antiguamente, cuando no había computadoras, ese aparato era un implemento indispensable en las oficinas de todo el mundo. Y sin la cinta entintada la máquina no imprimía los escritos.

Esa sencilla pregunta me trajo un sinnúmero de recuerdos de cuando en 1966 comencé a trabajar como escribiente en la Secretaría Penal o de Defensa Social del Tribunal Superior de Justicia del Estado. El local estaba dotado de dos máquinas de escribir que tenían alrededor de 30 años de servicio.

Esos artefactos, fabricados con hierro, hule y acero, eran unos dispositivos mecánicos con un conjunto de teclas o tipos que al ser presionados imprimían caracteres en un papel. Mi máquina de escribir preferida era la Remington, con la que aprendí mecanografía en la Academia de doña María Cárdenas Berny y luego en el hogar paterno.

Cuando inicié mis labores en el Tribunal Superior de Justicia, este Cuerpo Colegiado tenía una dotación de esos dispositivos de las marcas Smith-Corona, Royal, Underwood y otras que no recuerdo, con una presentación y teclado estandarizados. Sólo había una muy antigua, marca Oliver, que, por la colocación de sus tipos, al utilizarla remedaba los pasos de una araña.

En ese entonces era muy cómodo trabajar con esos útiles instrumentos. Y mucho más si comparábamos lo escrito con esos artificios y la escritura manuscrita que se hacía antes.

El uso de las máquinas de escribir le dio velocidad a la redacción de nuestros trabajos. Además, los escritos tenían mejor presentación y eran más fáciles de leer y entender que los elaborados a mano.

Teníamos la ventaja de que a la hoja donde escribiríamos podíamos ponerle algunos pliegos de papel carbón y papel “cebolla” y de esa manera obtener varias copias de nuestro trabajo. Las copias fotostáticas aparecieron muchísimos años después.

A finales de los años 50 del pasado siglo el material empleado para la fabricación de las máquinas de escribir fue el plástico, con tipos o letras de metal. Esos enseres eran más ligeros, pero menos sólidos y duraderos, a más de que la velocidad de escritura disminuyó; pero los productos eran más baratos que los de puro metal. Las principales marcas de las máquinas de plástico fueron Olivetti, Brother y Canon.

Las máquinas eléctricas se fabricaron una década después; constituyeron un avance considerable en la tecnología. Los escritos ganaron en velocidad y presentación. Las compañías IBM, Remington Rand y Olympia dominaron el mercado de estas herramientas tan necesarias para el trabajo intelectual.

A fines de los años 80 del mismo siglo aparecieron las primeras computadoras que desplazaron totalmente a las máquinas de escribir, al grado de que, según información de Wikipedia, la última fábrica de máquinas de escribir cerró sus puertas en 2011.

Para recordarlo con agradecimiento, algún día se le hará un museo a ese útil instrumento de trabajo.

[b][email protected][/b]