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Foto: Casa Real Española

Finalmente, el rey Felipe VI de España se refirió a la Conquista y el periodo colonial americano, reconociendo “muchos abusos” y “controversias morales y éticas” en ambos lapsos. Han bastado unas pocas palabras, pronunciadas en el contexto de la exposición “La mujer en el México indígena”, que tiene lugar en el Museo Arqueológico Nacional de ese país, de cara a Quirino Ordaz Coppel, embajador mexicano, para que las reacciones políticas se hayan desatado a ambos lados del Atlántico.

De primera impresión, la polémica levantada (porque se dieron expresiones tanto positivas como negativas respecto a lo dicho por el monarca) remarca lo cerca que están los extremos en sus argumentaciones y sus versiones de la historia. Lo segundo es precisamente que ambos recurren al manejo político y oportunista de lo que entienden por historia.

El asunto ya fue motivo de un alejamiento en la relación diplomática -mas no en lo referente a negocios bilaterales -entre España y México, específicamente cuando el ex presidente Andrés Manuel López Obrador envió una carta demandando a la Corona una disculpa por la Conquista, la cual permanece sin respuesta hasta la fecha.

La cuestión de fondo es de historia y de semántica. En enero de 1990, los reyes Juan Carlos y Sofía sostuvieron un encuentro con representantes de los pueblos originarios de Oaxaca, durante una visita de Estado a México. Ahí, Juan Carlos reconoció los excesos cometidos por los conquistadores con la población nativa. De eso han pasado 35 años pero el fondo es otro: el mensaje fue directo hacia los indígenas, no “al pueblo de México”, y tampoco a través de sus gobernantes, lo que permite seguir demandando que se ofrezcan “disculpas”.

En España, las voces de la derecha (y la ultra), han incluso reclamado que la Corona no debe inmiscuirse en política. Eso, dejémoslo al pueblo español y a todas las naciones monárquicas para que resuelvan. En este extremo, la condena es hacia la “leyenda negra”, y en cambio cuestiona el papel de pueblos como los tlaxcaltecas, mixtecos y otomíes en la conquista de Tenochtitlán; un punto que es imposible ignorar, pues los soldados castellanos que llegaron con Hernán Cortés eran un puñado que bien pudo terminar en la piedra de los sacrificios a pesar de sus caballos, arcabuces y armaduras.

En el otro extremo están quienes creen en una existencia idílica de las sociedades originarias americanas, cuando está documentado que practicaron tanto la guerra de conquista como los sacrificios humanos. Aquí lo grave es negar esto último, pero sí debe reconocerse que el grado de refinamiento, avances en arquitectura y medicina, fueron notables, y que la iconoclasia de los castellanos hizo que se perdiera mucho de ese conocimiento.

A todas estas, el gran pendiente es resolver a quién iban dirigidas las palabras de Felipe VI, y por qué las pronunció justo ahora, apenas unos cuantos días después de negarle a Donald Trump el uso de sus bases militares para bombardear Irán. De aceptarse la hipótesis de que esta circunstancia posee algún peso en la decisión para que la Corona Española reconozca de nuevo los excesos de la Conquista, el mensaje es una señal de acercamiento a México, concediendo a la presidenta Claudia Sheinbaum la calidad de líder mundial que ha demostrado frente a las bravatas del mandatario estadunidense.

En cuanto a la Historia, aunque muchos se han esforzado en borrarla, siempre será necesario volver a ella también en busca de momentos que han sido de construcción y de la colaboración entre sujetos de diferentes orígenes para materializar el México y la España de hoy. En ambas naciones, la polarización política está llevando a la descalificación mutua; haciendo historia, el peligro es volver a caer en la tentación del autoritarismo.

Edición: Fernando Sierra


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