Opinión
Lourdes Álvarez
18/03/2026 | Mérida, Yucatán
Solemos hablar de las máscaras como si fueran únicamente un signo de falsedad. Decimos que alguien “se pone una máscara” cuando queremos señalar hipocresía o engaño. Sin embargo, cuando se observa con atención la vida cotidiana, resulta evidente que las máscaras forman parte inevitable de la manera en que los seres humanos nos relacionamos.
Todos usamos varias máscaras. No necesariamente porque queramos ocultarnos, sino porque cada situación exige una forma distinta de presencia.
No nos mostramos del mismo modo cuando hablamos con alguien a solas que cuando esa misma persona aparece rodeada de otros. La conversación íntima permite cierta relajación: se suavizan los gestos sociales y a veces decimos cosas que no diríamos en público. Pero cuando el contexto cambia —cuando aparece el grupo, la mirada de los demás o la posibilidad de ser juzgados— también cambia nuestra manera de estar. Cambia el tono, cambian las palabras, cambian incluso las opiniones que estamos dispuestos a expresar.
Existe también una máscara más silenciosa: la que utilizamos frente a nosotros mismos. Cuando estamos solos construimos una imagen interior que nos permite convivir con nuestras contradicciones. No siempre somos tan transparentes ante nosotros como nos gustaría creer. Nos contamos historias sobre quiénes somos, sobre nuestras intenciones y nuestras razones. Esas historias nos ayudan a sostener una cierta coherencia, aunque la realidad de nuestra vida sea más ambigua.
A veces, sin embargo, ocurre algo que nos desconcierta. Descubrimos la idea que otra persona tiene de nosotros. Y esa imagen no coincide con la que pensábamos proyectar. En ocasiones resulta más generosa de lo que imaginábamos; otras veces es más dura o más simplificadora. En cualquier caso produce sorpresa.
Ese momento revela algo importante: los demás no nos ven directamente. Nos interpretan. Cada persona nos comprende a través de sus propias experiencias, expectativas y prejuicios. En cierto sentido, también ellos utilizan una máscara para mirarnos.
Así, la vida social se parece menos a un encuentro entre identidades transparentes y más a un escenario en el que todos participamos con distintos rostros. Cada uno muestra algo y, al mismo tiempo, interpreta lo que ve en los otros.
El problema no está en el uso de las máscaras. Sin ellas, probablemente, la convivencia sería imposible. Toda sociedad exige un cierto grado de representación. Lo delicado comienza cuando olvidamos que las llevamos puestas.
Cuando una persona se identifica completamente con la máscara que utiliza para ser reconocida —la del éxito, la de la inteligencia, la de la bondad o incluso la del sufrimiento— corre el riesgo de quedar atrapada en ella. La máscara deja de ser un recurso para relacionarse y se convierte en una forma de encierro.
Tal vez por eso la autenticidad absoluta sea más una idea que una realidad. No parece posible vivir completamente sin máscaras. Siempre estamos situados en alguna relación, en algún contexto, bajo alguna mirada.
Quizá la lucidez consista simplemente en reconocerlo. Saber que las máscaras existen, que las usamos y que también las usan los otros. Esa conciencia no elimina la representación, pero introduce una pequeña distancia entre lo que mostramos y lo que somos.
Y a veces esa distancia basta para vivir con un poco más de verdad.
*Lee más contenido de nuestra colaboradora en Substack
Edición: Fernando Sierra