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La dificultad de la tolerancia

Vivir con la tensión inevitable del reconocimiento de la pluralidad humana
Foto: Jusaeri

La tolerancia suele presentarse como una de las virtudes fundamentales de la vida moderna. Se la invoca como una condición necesaria para la convivencia entre personas distintas, una especie de acuerdo mínimo que permite que sociedades diversas no se disuelvan en el conflicto permanente. Sin embargo, cuando se observa con mayor atención, la tolerancia resulta ser una virtud mucho menos simple de lo que parece. No es un don natural ni una actitud que pueda adquirirse sin esfuerzo. En realidad, la tolerancia es una práctica difícil porque nace precisamente allí donde la aceptación se vuelve problemática.

Nadie necesita tolerar aquello que considera correcto o razonable. La tolerancia comienza cuando aparece algo que nos incomoda: una forma de pensar que no compartimos, una actitud que nos parece equivocada o una manera de vivir que entra en conflicto con nuestras propias convicciones. En ese momento se abre una tensión inevitable entre el reconocimiento de la pluralidad humana y el deseo, casi siempre silencioso, de que el mundo se acerque más a lo que creemos justo.

Esta tensión se vuelve especialmente intensa en aquellos espacios donde ciertas prácticas o injusticias han terminado por normalizarse. En muchos contextos las personas aprenden, casi sin advertirlo, a convivir con situaciones que en otro momento habrían considerado inaceptables. La costumbre, el miedo al conflicto y el deseo de estabilidad producen una forma de adaptación silenciosa: las cosas son así, y lo más prudente parece ser continuar viviendo dentro de ese orden.

Pero cuando alguien se resiste a aceptar completamente esa normalidad aparece una incomodidad que no siempre es bienvenida. Quien cuestiona lo que otros han aprendido a tolerar introduce una perturbación en el equilibrio cotidiano. El simple gesto de preguntar, de señalar una contradicción o de insistir en la posibilidad de un cambio puede ser percibido como una actitud excesiva. En lugar de verse como un ejercicio legítimo de responsabilidad moral, el desacuerdo comienza a interpretarse como un rasgo de carácter: la persona “difícil”, la que no sabe adaptarse.

Aquí aparece una paradoja profunda. La tolerancia, pensada originalmente como una defensa de la libertad y de la diversidad, puede transformarse en ciertas circunstancias en un principio que favorece la conformidad. Cuando la tranquilidad del grupo se vuelve el valor dominante, la crítica empieza a resultar sospechosa. El cuestionamiento de aquello que se ha vuelto habitual deja de percibirse como un intento de mejorar la vida común y comienza a verse como una amenaza al equilibrio existente.

Esto no significa que la tolerancia deba abandonarse. Por el contrario, su importancia se vuelve aún más evidente. Pero quizá sea necesario entenderla de otra manera. La tolerancia no consiste en aceptar todo lo que ocurre ni en renunciar a nuestras convicciones para evitar el conflicto. Más bien implica sostener una relación más compleja con los demás: reconocer su derecho a existir y a pensar de manera distinta, sin dejar por ello de examinar críticamente las prácticas que organizan nuestra vida en común.

En este sentido, la tolerancia no elimina el conflicto moral. Lo vuelve visible y, al mismo tiempo, habitable. Exige aceptar que la convivencia humana siempre estará atravesada por desacuerdos profundos y que vivir con otros implica aprender a moverse dentro de esa tensión sin caer ni en la imposición ni en la indiferencia.

Tal vez por eso la tolerancia nunca sea una virtud cómoda. Es más bien una forma de madurez: la capacidad de convivir con la diferencia sin renunciar al juicio propio y, al mismo tiempo, la valentía de no acostumbrarse demasiado a aquello que, en el fondo, sabemos que debería cambiar.

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.

Lea, de la misma autora: La prisa y la muerte

Edición: Fernando Sierra


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