Margarita Díaz Rubio
Foto: Jafet Kantún
La Jornada Maya
Viernes 1 de noviembre, 2019
[i]La muerte es un sueño eterno: Joseph Gassendi[/i]
En estos rengloncillos me referiré al Cementerio General de Mérida, cementerio que como todos sabemos, es visitado por innumerables personas con el objetivo de llevar algunas flores o recordar a sus seres queridos en estos tiempos de conmemoración a todos los santos y a los fieles difuntos.
Nuestro cementerio se construyó en 1821 en los terrenos de la estancia ganadera San Antonio Xcoholté, que antes estaba ubicada en el camino Real a Campeche, y fue inaugurado el tres de noviembre de 1821 por el monseñor Pedro Agustín Estévez y Ugarte, XXXII obispo de Yucatán, siendo gobernador y capitán general intendente el mariscal de Camposanto, Juan María Echeverri, último gobernante español de la península de Yucatán.
El primer entierro realizado en ese campo santo fue el del teniente Felipe Trejo, el martes seis de noviembre de ese mismo año.
Antes de todo ello, las cuatro divisiones parroquiales urbanas de Mérida tenían cementerios situados en los atrios de sus iglesias y en las vecindades de otras capillas comprendidas en su jurisdicción, pero en noviembre de 1813 las Cortes de Cádiz prohibieron efectuar entierros dentro de los poblados por razones sanitarias.
Los cementerios son algo que se deben de preservar y cuidar con esmero debido a que tienen puntos referenciales de la sociedad en la que se hallan, aunado a que son interesantes por la variedad de sus tumbas y el colorido que hay en todo ello. En mis recuerdos está el cementerio de la Isla de Malta y el de Flores en Guatemala.
La verdad es que me encantan los cementerios y a donde voy procuro visitarlos.
[i]Mérida, Yucatán[/i]
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