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Juan A. Mateos*
Foto: Reuters
La Jornada Maya

Jueves 25 de julio, 2019

La guerra civil iniciada en Libia en 2011 sobre las ruinas físicas, económicas, políticas y sociales provocadas por la furia desatada por las fuerzas aéreas de la OTAN, principalmente de Estados Unidos y Francia, se aproxima, una vez más, a enfrentamientos violentos entre los dos principales grupos locales: el Ejército Nacional Libio y el Gobierno de Acuerdo Nacional reconocido por la ONU.

Como en todos los conflictos de esa región, en Libia hay muchos actores internacionales involucrados; entre los que se encuentran de manera destacada Italia, Turquía, Rusia, Estados Unidos, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, y otros. Cada uno tiene intereses y objetivos que no necesariamente coinciden. Se dice, por ejemplo, que el general Khalifa Hifter, quien en abril pasado lanzó la ofensiva contra el gobierno reconocido por la ONU en Trípoli, ha llegado a acuerdos informales con Francia y Estados Unidos sobre dividendos económicos (léase petróleo) y políticos, en caso de que la ofensiva tenga éxito, aunque no se sepa con certeza qué significan ni el acuerdo ni el éxito.

Rusia reconoce al Ejército Nacional Libio como una fuerza legitima. Mientras tanto, el gobierno reconocido por la ONU solicita el apoyo de Estados Unidos para contener las ambiciones del general Hifter, quién abiertamente expresa su militancia contra los grupos islamistas en Libia. La última hazaña de este militar es el bombardeo de un centro de retención de migrantes, el pasado 3 de julio, que causó decenas de muertes, incluidos niños. En el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se intentó aprobar una resolución condenando el ataque, pero fue bloqueada por Estados Unidos. Otros actores relevantes, son los Hermanos Musulmanes, el Estado Islámico (ISIS) y otras fuerzas yihadistas.

Todo parece indicar que, en efecto, Hifter mantiene acuerdos con Estados Unidos y Francia. Los acontecimientos y las oscuras alianzas permiten suponer que la violencia continuará y que, por ahora, no hay visos de solución a este trágico conflicto.

Cabe recordar que Libia es un país extenso, con 1.8 millones de kilómetros cuadrados y cerca de 6 millones de habitantes. Antes de su destrucción por Occidente, el país tenía un altísimo nivel de vida que incluía servicios de salud y educativos gratuitos para toda la población. Imposible olvidar que cuenta con enormes reservas de petróleo que, como todos sabemos, los escrituró el diablo.

Lo sucedido en Libia a partir de 2011 es un dramático ejemplo de la destrucción económica, política y social que Occidente y sus aliados en Medio Oriente son capaces de llevar a cabo cuando así conviene a sus intereses inmediatos.

*Ex embajador de México en Kenya, Israel y Marruecos.

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