Grandeza arquitectónica

La Plaza de las Tres Culturas
Foto: alcaldiacuauhtemoc.mx

Hoy que se conmemora a Santiago Apóstol, también conocido como El Mayor, para diferenciarlo del otro Santiago, el menor, vamos a recordar lo que escribimos hace unos años. Fue el primer apóstol martirizado y lo decapitaron en Jerusalén. Durante las batallas para expulsar a los moros de lo que habría de ser España, se convirtió en el adalid de ejércitos hispanos, por lo que se conoció como Santiago mata moros.

Con esa fama fue adoptado por los soldados españoles en sus guerras de conquista, tornándose en Santiago mata indios, en lo que fue muy efectivo.

En algunos sitios como Querétaro, existe la leyenda de que, ya prácticamente derrotados por las huestes del valeroso Conín, lo invocaron, y al momento apareció montado en su caballo blanco, empuñando la espada con la que cercenó decenas de cabezas indígenas, dando la victoria a los hispanos. No es de extrañar que fuera el santo elegido por lo franciscanos para ser patrono del imponente templo que levantaron en el siglo XVI en Tlaltelolco. Hoy continúa de pie presidiendo con su grandeza arquitectónica la soberbia Plaza de las Tres Culturas, espacio que muestra las etapas de la ciudad.

En los años 60, como resultado de la construcción del conjunto urbano Nonoalco Tlaltelolco, se desarrolló un proyecto arqueológico que sacó a la luz los monumentos arquitectónicos de la antigua cultura prehispánica. Junto a ellos se erigieron los modernos edificios de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), que desafortunadamente, a pesar de su juventud padecieron daños estructurales por el sismo de 1985 y la cancillería se trasladó a una nueva sede, en el Conjunto Alameda, en el Centro Histórico.

El templo de Santiago, monumental edificio de tezontle, decorado con chiluca gris plata tiene el aspecto de una fortaleza. La mejor descripción la realizó la historiadora de arte Elisa García Barragán, a quien hoy recordamos con cariño, cuando explica que constituye un momento del arte entre el Renacimiento muy acentuado y el barroco ya pleno. Lo considera uno de los mejores ejemplos del manierismo. Hace notar todos los detalles que decoran la fachada, como las dos versiones del escudo franciscano: aquella muy pretérita de las cinco llagas de Cristo y la ya más usual en el siglo XVII, que muestra los brazos de Cristo y San Francisco entrecruzados.

Las torres del templo, de distinto diseño y parca decoración, descansan y despegan de enormes contrafuertes; explica la historiadora que la portada lateral es uno de los ejemplos más extraordinarios en el arte colonial, en la que se aprecia una especie de precoz nacionalismo, sobre todo en el remate de la parte alta.

Ahí se pueden admirar, en el cierre del frontón, macanas y puntas de lanza, referencia indudable a la conquista. Lo más notable es una hermosa talla en altorrelieve del águila mexicana. Es un símbolo referente al amparo que los franciscanos ofrendaron al pueblo mexicano, sincretismo de gran significación para esa época; formas, recordaciones prehispánicas ya asimiladas a la nueva cultura.

El interior es sobrecogedor por sus dimensiones y sobriedad. Despojado de sus preciados tesoros, aún conserva algunas obras de relevante valor histórico y estético. Sobresalen las pechinas que muestran a los cuatro evangelistas, montados cada uno en su símbolo: el águila, el león, el toro y el ángel. Son notables por su tamaño y belleza, al igual que la imagen colosal de San Cristóbal. El patrono Santiago, soberbia talla estofada, está colocado en un tríptico áureo y aparece en tabla policroma acompañado de indígenas vencidos, con facciones romanas y los retratos sugeridos de Hernán Cortés y La Malinche.

En la cercana calle de Violeta, en el 92, se encuentra el restaurante Oaxaca en México, que lo traslada a esa entidad con la decoración, la comida, bebida y, los domingos, hasta marimba. Hay que comenzar con un buen mezcal y una tlayuda con asiento y cecina para compartir. Después viene el dilema de los moles, recuerden que Oaxaca tiene siete diferentes. Optamos por un amarillo con cerdo y el clásico mole negro. De postre, las nieves y la leche quemada. Como dato curioso, todas las casas de la calle están pintadas en distintos tonos de violeta.

Edición: Emilio Gómez