Hace 50 años, 1971 fue un año de acontecimientos hasta cierto punto paradójicos. Por una parte, ese año fue publicada una canción de John Lennon que ha sido considerada a lo largo de los años la mejor canción de paz jamás escrita, incluso alcanzó el grado de himno. Pero, por otro lado, en México, a raíz de la realización del Festival de Rock y Ruedas en Avándaro, aquel himno de paz no logró pasar las aduanas del sistema gubernamental de aquella época.
No hacía mucho, casi tres años antes, había ocurrido una de las represiones más violentas contra los estudiantes en la llamada Matanza de Tlatelolco. Y el mismo año de 1971, apenas unos meses antes del Festival de Avándaro, había sucedido una reciente represión nuevamente contra estudiantes en el Casco de Santo Tomás, llamada ésta por el pueblo mexicano como el Halconazo.
En este contexto represivo contra la juventud, fue organizado el Festival de Avándaro, que siempre había sido un evento de carreras de automóviles. Sin embargo, ese año los organizadores quisieron añadir un atractivo a realizarse en la noche previa a las carreras. Así que contrataron a Armando Molina, líder de la banda roquera La Máquina del Sonido, para que contratara un par de grupos musicales de rock a su parecer. Pero ninguna de las bandas que Molina había pensado fue posible contratar: ni Javier Bátiz, quien había pedido mucho más de lo presupuestado, ni La Revolución de Emiliano Zapata, que tenía varias giras ya programadas.
Ante tal situación, Armando Molina optó por invitar a una decena de bandas roqueras de aquel entonces. La lista la completaron los siguientes grupos: Dug Dug’s, El Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace & Love, El Ritual, Bandido, Los Yaki, Tinta Blanca, El Amor y Three Souls in My Mind. Cabe señalar que hubo algunos otros no programados, como la banda La Ley de Herodes, integrada por los hermanos Arau, Sergio y Fernando, y alguna otra.
Al parecer, el rock fue mal visto en México, al grado de que las bandas rockeras han sufrido todo tipo de represiones. En los años sesenta, las autoridades lanzaban razias policiacas contra los “rebeldes sin causa” que acudían a los cafés cantantes de la época, donde los parroquianos tomaban sólo refrescos y café, aunque con la oportunidad de escuchar en vivo algunas agrupaciones musicales que interpretaban piezas fundamentales del rock. Pero, a partir del Festival Rock y Ruedas de Avándaro, las autoridades del país y los medios de comunicación satanizaron el rock al punto de hacerlo proscrito.
En el fondo de estas represiones estaba el temor político que tenían las autoridades a la juventud. La satanización contra los roqueros de Avándaro se sumó a la violencia contra los estudiantes. En medio de esta situación, hubo la necesidad de que el rock buscara la sobrevivencia. Para ello, la mayoría de las bandas que participaron en Avándaro y las nuevas que surgieron con el tiempo ofrecían sus “tocadas” en los hoyos funkies, bautizados así por el escritor Parménides García Saldaña. Los hoyos surgieron en la periferia de la Ciudad de México, básicamente en colonias de las clases bajas, a diferencia de los cafés cantantes, a los que asistían las clases medias. En estos escenarios lumpen, generalmente improvisados para tales “tocadas”, las bandas rockeras y la banda chilanga comulgaron por algunos años, siempre bajo la persecución policiaca, que fue la herencia del Festival de Avándaro.
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