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del

No quiero pensar

Fue un descanso, una bocanada de aire fresco, ir a la galería Mácula Tierra de Artistas a mirar 'TABÚ'
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

En un par de semanas cumpliremos dos años del tsunami que atropelló todo a su paso y cambió la vida. Nos llenó de miedos e incertidumbre, descubrimos nuestra fragilidad, lo óptimo y lo infame de nosotros mismos. Y lo peor: aún no vemos el final del túnel.

El segundo aniversario de la llegada del Covid-19 y sus variantes nos encontrará hartos, carcomidos, desfondados, en distintos grados de depresión.

La polarización con respecto a la vacuna, que unos llaman experimento y enuncian los efectos físicos que se presentan en los vacunados y otros que, aseguran, el mayor índice de mortalidad se da en los que no la tienen, causa zozobra.

La desconfianza frente a las posturas partidistas de nuestros gobernantes, su cerrazón al diálogo, los recovecos entreverados de lo comprensible, cada uno en busca su interés, angustia.   

Frente a todo lo anterior, ¿Qué nos queda a los de a pie?  El desgaste impide leer, analizar, entender, pensar. A manera de sobrevivir, optamos por “guardarnos,” elegimos lo fácil, lo cómodo: ser entretenidos mientras pasa la tempestad o llega la carroza.

Y se multiplican los videos de entrevistas a artistas que, con tal de no desaparecer, exponen su lado oscuro cubierto de morbo y vestido de vulgaridad. Mientras más colorado, más atrayente.

Estamos dispersos, olvidadizos, vacíos, incapaces de comprometernos, ajenos, distantes. ¿Qué fue lo que pasó? Ahora resulta más cómoda la conexión a través de una pantalla, se evita la realidad que conlleva una relación personal, con sus altas y bajas, sus humores y honestidades, pero que, si te atreves, te llevan a un sitio real de encuentro y no de vivir al chen tutuz, con mentiras a medias, silencios, secretos y cuentas por cobrar.

Por eso fue un descanso, una bocanada de aire fresco, ir a la galería Mácula Tierra de Artistas, en el centro de Mérida, a mirar TABÚ, la exposición pictórica de Mariana Noh, que se atreve asomarse a los laberintos de sus deseos, curiosidades y rompe el tabú de preguntarse. En su obra, Mariana nos da permiso e invita a asomarnos a lo prohibido: a nuestra piel y pliegues que guardan emociones, apetencias y sentimientos. A veces es más fácil disfrutar un chiste “colorado” que arriesgarse, honestamente, a bucear en nuestra intimidad.

Era domingo y Ari Lara, la directora de la galería y su equipo, tenían, además de la exhibición, un programa de jóvenes compartiendo sus talentos. El sitio emanaba la alegría del que eligió relacionarse sin pantallas de por medio. 

Otro regalo resultó la filmografía de Almodóvar que nos ofrece Netflix. Se vale que te guste o no, lo importante es tener la posibilidad de elegir. 

Madres paralelas, su última propuesta me sacudió: intensa, honesta, humana. 

Gracias Mariana, Ari y Almodóvar, por la opción de vida y el contacto con las emociones de otros seres humanos, así como la posibilidad de recuperar la conciencia e intercambiar preguntas, de hilar sueños en lugar de ver desfilar las horas frente a las pantallas que entretienen y dispersan mientras la vida se nos va diluyendo por una alcantarilla infinita.

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Sigue leyendo a la autora: Atrevidas y curiosas


Edición: Estefanía Cardeña


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